Son las dos y veinte de la madrugada. En un día común, este sería el momento de ir a descansar, de cerrar la jornada. Sin embargo, hace unos minutos, una votación en la Cámara de Diputados me dejó —nos dejó— un sinsabor parecido al de aquella noche en que Milei ganó las elecciones. Con una diferencia sustancial: hoy gran parte del día estuvimos en la calle, habitando una circunstancia que, por su propia disposición, ordena el escenario emocional y también el conceptual. De un lado estaba la policía; del otro, un nosotros heterogéneo, entusiasta, digno. Pero no mucho más que eso.
A diferencia de la derrota electoral —que habilitaba, en el universo inmediato del vecino o del familiar, la posibilidad de un voto funcional a la tragedia colectiva—, en este caso los responsables de la injusticia no estaban entre los pares, sino en los escaños que, por crueldad, traición u obsecuencia, nos impusieron un brutal retroceso en nuestros derechos.
Pero la calle ordena. Ordena sentimientos, ideas y rabias. De un lado ellos; del otro, nosotros. Esa imagen, que parece lo mínimo y evidente, es necesario mirarla, sentirla, asimilarla. Otra vez. Sí, porque desde hace un tiempo la hegemonía pequeño burguesa que se impuso como referencia mediática orientadora del campo popular nos fue quitando capacidad de respuesta. Llegó incluso a sugerir una suerte de indulto a la violencia policial u oligárquica, bajo la consigna de que “el amor vence al odio”: una rendición unilateral ante la brutalidad histórica de los grupos de poder. Una postura sui generis que tiene mucho de ingenuidad y una enorme responsabilidad en la desarticulación de entramados mínimos y necesarios de conciencia para enfrentar la injusticia.
Esa misma hegemonía pareció, en una primera etapa, deslumbrarse con la lógica del “outsider”. Hablaban de lo “asertivo” del discurso de Milei o incluso sostenían que “cuando el enemigo se equivoca, hay que dejarlo hacer”. En esas elucubraciones abandonaron la calle sin que eso les generara contradicción alguna. Algunos de sus referentes se dedicaron a una épica fitness, invirtiendo tiempo en mostrar sus progresos personales en esa disciplina. En esas condiciones conducen el Partido Justicialista y disputan con ferocidad lugares de poder y contratos. Esa conducción, por sus propias comodidades, su escasa trayectoria popular y la falta de experiencia territorial, generó un escenario de indefensión frente a la crueldad.
Las luchas frente a las políticas de Milei necesariamente impondrán un cambio de etapa. Por un lado, porque la reforma laboral y otras medidas del gobierno chocan de lleno contra las condiciones mínimas de vida digna. La sociedad está confrontando con Milei: su lógica impacta directamente en la calidad de vida del laburante. Y, por otro lado, porque esta hegemonía empieza a ser desbordada por la propia gente. Nadie le va a pedir permiso a Máximo, a Grabois o a la CGT para quedarse en la plaza puteando a Milei, a Jaldo, a Jalil y a todos los traidores que hoy votaron contra el pueblo. Se terminó el tiempo de la autoridad moral asimetrica impuesta. Mi dolor y mi rabia me pertenecen, y la calle es el espacio sagrado donde tramitarlos. Si venís, buenísimo; si estás en un cumpleaños, nos veremos otro día.
Hoy una piba, con la cara tapada, nos decía: “¿Y qué querés que haga? Con estos no tengo futuro. Hay que pelear”. Hay una generación que está saliendo porque siente que le arrebatan el porvenir. Eso es ahora. No saben de cargos ni de contratos. Padecen en el cuerpo y en el diseño mismo de su proyecto de vida una presión que los asfixia. De a poco, con sus tiempos y sus formas, están aprendiendo a pelear. Son compañeras, son compañeros. Están llegando. En ellos, y en su vínculo con los jubilados, algo empieza a gestarse.
Es cierto: hoy fue un día de mierda. Pero nos habita la sensación de haber dado pelea y, sobre todo, la certeza de que vamos a seguir. “A mano y sin permiso”, como dijo Carlos, el jubilado de Chacarita, entre lágrimas, segundos antes de ser detenido por un grupo de policías: “El pueblo unido jamás será vencido”.
Hacelo carne. Sentilo en el alma. Nos vemos en la calle. Ahí se tramita la vida, las derrotas y las victorias del porvenir: peleando con y por otros.




