Carlos Bustos nació en Córdoba en 1942 y fue ordenado sacerdote capuchino en 1970. Su recorrido lo llevó por La Rioja, en la línea de Enrique Angelelli, y por Formosa, hasta que en 1972 tomó una decisión que ordenó su vida: irse a vivir a la villa de Ciudad Oculta, en Mataderos y luego en Soldati.
Ahí fijó su lugar. Vivió, trabajó y organizó comunidad. Pinto casas, manejo un taxi, y celebraba misa en una capillita del barrio. Su forma de estar no admitía separación entre palabra y práctica.
En una carta de ese año dejó escrita esa definición:
“Nosotros pensamos que se tiene que vivir el Evangelio en medio de los más pobres. Uno no puede predicar el Evangelio en la comodidad de una vida burguesa, desde la altura solemne de un púlpito. Cristo vivió como un pobre y murió en la más extrema pobreza: hasta sus amigos más cercanos lo abandonaron”.
Y la cerró con una pregunta que sigue abierta:
“¿Y ustedes… de qué lado son?”
Esa posición atravesó toda su trayectoria. Ciudad Oculta primero, Soldati después. Vida cotidiana compartida, trabajo, organización y presencia sostenida en los barrios.
La caracterización más precisa de su figura la dejó Fray Jerónimo Bórmida:
“El Padre Carlos Bustos fue el protector de los santos de la cotidianidad, de los hombres bonachones, de los discípulos ordinarios de Jesús.
La búsqueda lo llevó a lo nuevo y a los márgenes. La villa miseria en los límites de la sociedad. Formosa en los límites del país. Paysandú en los límites de las experiencias normales de vida religiosa. De nuevo en la villa, abriéndose a la dimensión contemplativa con los Hermanitos de Carlos de Foucauld.
No fue un linyera errático por los caminos de la experiencia religiosa. Fue un peregrino que seguía los llamados del Espíritu.
Como la autonomía de Carlos tenía el nombre de la coherencia, no me admitió la huida. No quería ser como tantos curas que, habiendo impulsado y acompañado jóvenes en la lucha por el Reino, los abandonaban a la hora de la verdad, cuando la pasión y la cruz no son mística sino realidad.
El ‘me quedo’ de Carlitos fue para mí el broche de oro que define su martirio.”
En esa descripción se condensa un recorrido: los márgenes como lugar de vida, la coherencia como criterio y la permanencia como decisión.
Su hermano Marcelo lo recuerda en esa misma línea:
“En una de sus cartas, ya ordenado, me decía: ‘hermano, prefiero vivir un día como león y no años como oveja’.
Le propusieron ir a continuar sus estudios en Roma, pero él me decía: ‘yo pertenezco a mi tierra, a mi gente y trabajaré para ellos’.”
Las palabras ordenan la vida. También la explican.
En los años más duros, Bustos participó en la investigación por la muerte de Angelelli y en la denuncia de la represión sobre sectores de la Iglesia comprometidos con el pueblo. Buscó canales institucionales, sostuvo vínculos, mantuvo su presencia en el territorio.
Carlos fue parte del Movimiento Villero Peronista, acompañando y sosteniendo la participacion politica de muchos pibes y piba de las villas, que recuerdan su alegria, su compromiso y su humanidad que dejo una huella en la historia personal de quienes compartieron, vida, misa o militancia con el.
El 8 de abril de 1977, Viernes Santo, fue secuestrado al salir de la Basílica de Nueva Pompeya. Tenía 35 años. Fue visto en el centro clandestino “Club Atlético”. Permanece desaparecido.
La noche anterior había dicho:
“¡Ahora tenemos que vivir nuestro Viernes Santo!”
A 49 años, su recorrido encuentra una síntesis en aquella definición de Bórmida:
protector de los santos de la cotidianidad.
Ahí hay una forma de entender la vida: estar, acompañar, sostener. SER COMPAÑERO