Un albañil de Monte Chingolo apareció en Plaza de Mayo y dijo todo lo que millones sentían y no podían nombrar. Pero no lo dijo desde la pose, ni desde el cálculo, ni desde el lugar de quien busca explicar un fenómeno. Lo dijo desde el cuerpo. Desde la emoción. Desde esa zona donde el barrio piensa, siente y habla sin pedir permiso.
A partir de ese día, Ramón se volvió una voz compartida. Su testimonio empezó a circular con una fuerza enorme y el video se acercó rápidamente al millón de reproducciones. No era solamente un hombre hablando frente a una cámara: era alguien sintetizando un sentimiento colectivo. Alguien diciendo lo que miles no podían decir, o permitiendo sentir lo que muchos todavía no podían terminar de sentir.
Por eso, tenerlo en el estudio de Barrio Adentro fue una de esas cosas fuertes que pasan pocas veces. No como personaje, no como celebridad repentina, sino como amigo, como vecino, como alguien que trae en la voz una historia común. Monte Chingolo e Ingeniero Budge se juntaron en una charla con clima de esquina, de barrio, de encuentro.
Barrio Adentro:
Bienvenido, Ramón, a Barrio Adentro. Queremos hacerle un poquito de magia a esta conversación, así que gracias por estar acá.
Ramón:
Hola, buenas noches. Gracias a vos por invitarme.
Fue todo muy fuerte para mí. De repente empezó a sonar el teléfono. Como dije en la nota, yo estaba por entrar al trabajo. Me llama mi señora, Natalia, mi morocha, a quien le mando un saludo grande.
Yo venía escuchando un programa deportivo, porque me gusta mucho el fútbol también, soy de River. Ella me cuenta la noticia y me bloqueé. Estaba a punto de entrar al trabajo y no sabía si entrar o no. Entré, puse la radio y a los veinte minutos la apagué porque no aguantaba más.
Escuchaba los mensajes de la gente. Puse varias radios, iba haciendo zapping, y fue fuerte. Muy fuerte.
Cuando dijeron que iban a ir a la Plaza, me acerqué. Y era una locura: todos con la misma mirada de tristeza. Sonaba un tema y sonreíamos; terminaba el tema y volvíamos a estar tristes. Fue muy loco.
Después me crucé con la cámara, me dejaron decir esas palabras, y fue lo que salió en el momento. Uno no prepara esas cosas. Necesitaba decirlo. Ya se lo había dicho a mi señora por teléfono, se lo decía a mis hijos, me llamaban mis hermanos, mis amigos del rock and roll. Nos mandábamos mensajes y ninguno lo podía creer.
Prácticamente no trabajé ese día. Si mi jefe escucha esto… bueno, sí trabajé, pero con la cabeza puesta en otra cosa.
Barrio Adentro:
Eso apareció mucho en estas horas: la identidad del laburante, del barrio. Te enterás de una noticia que te conmueve, que te modifica, que te golpea, que te irradia en el pecho, pero tenés que seguir laburando. Tenés que seguir cumpliendo. Está el mango, la guita, los afectos, los hijos. Esa escena de estar triste en el laburo también dice mucho.
Ramón:
Totalmente. Como traté de explicar, nos pasa todo el tiempo. A veces venís triste porque hay poca guita en casa. A veces venís triste por una noticia así. A mí también me pone triste el deporte: pierde River un domingo y estoy dos o tres días bajón.
Pero después esas mismas cosas también te hacen feliz. Escuchar al Indio, por ejemplo. Venís escuchando la radio, pasa un coche con un tema del Indio y ya te cambia el ánimo.
Es fuerte. Es difícil de explicar. Por eso hay mucha gente que quizás no lo entiende.
La gente de barrio vivimos muy pendientes de todo lo que nos falta, social y económicamente. Entonces, cuando recibimos la alegría de escuchar al Indio, de poder ir a verlo, de vivir esas cosas, para nosotros es muy fuerte, porque no es común.
El 90% de nuestro tiempo son preocupaciones: que la guita no llega, que mis hijos salgan y no les pase nada, que todo alcance. Los momentos de felicidad son poquitos. Imaginate lo que es ir a ver al Indio.
Barrio Adentro:
Contame un poco eso: los viajes, los recitales del Indio. ¿Desde cuándo empezaste a ir a recitales?
Ramón:
En realidad, viajes tengo mil. Empecé a ver rock como a los diez años. Mi hermano se compró unos casetes de Fito Páez. Otro hermano mío me llevó a ver a Fito, que tocaba en Palermo, junto con Fabiana Cantilo. Yo tendría once o doce años.
Después, a los trece, mi hermano Lalo Panchi consiguió un casete de Los Redondos. Para nosotros fue algo muy fuerte. Como lo expresó mucha gente: vos sentís que el tipo te está hablando a vos. Decís: “Mirá lo que está diciendo este tipo, es increíble”.
Obviamente, a los trece años hay letras que quizás no entendés del todo, por la metáfora. Pero muchas cosas te llegan igual. Y a medida que uno va creciendo, escucha más la discografía y empieza a entender mejor de qué habla, te pega mucho más.
A mí me pegó un montón. Mi hijo más grande se llama Patricio, por él.
También vi mucho a La Renga. En mi vida debo tener más de doscientos recitales. A La Renga sola la fui a ver entre cincuenta y sesenta veces.
Barrio Adentro:
Aparece con mucha fuerza esto que vos decís: todas las cosas que nos ponen tristes, todas las preocupaciones cotidianas, y después el recital, la música, el fútbol, como lugares donde uno exorciza esa tristeza diaria.
Ramón:
Totalmente. Yo se lo explico a ellos, que no tuvieron la posibilidad de ir a verlo. Estábamos ahí, se apagaban las luces y el Indio generaba eso.
Salía al escenario y no decía ni una palabra. Y se venía abajo el estadio. El solo hecho de verlo salir ya hacía que la gente pegara un grito, un alarido. Se prendían las luces, lo veías parado ahí, y era mágico.
Era un grito de cien mil, doscientas mil, cincuenta mil personas. Eso pasaba siempre. Y aunque lo hubieras visto muchas veces, cada vez era como la primera.
La misma emoción. La misma piel de gallina. Volvías con dolor de garganta de cantar, cansado, con frío. Nos tocó de todo, como a millones de personas: rocío, barro, calor extremo. Pero felices.
Barrio Adentro:
Ramón, ¿qué fue y qué es el Indio en tu vida?
Ramón:
El Indio muchas veces para nosotros fue calor para esas frías noches.
Estar en pleno frío, en una vereda, con el rocío, cagado de frío, escuchando a Los Redondos. Después todo el tiempo pensando: “¿Llegamos o no llegamos?”, “¿Salí a laburar?”, “¿Y si por ahí te roban?”, “¿Y si se te inunda la casa?”.
Porque si no hay cariño, se siente. Calor para esas frías noches.
Y después está eso: llevalo para donde vos quieras. No intentes explicar tanto lo que dice el Indio. Llevalo para donde vos quieras, para donde lo sientas.
Si esa frase te hace recordar a tu abuela, y por ahí el Indio está hablando de la guerra en Rusia, llevala para tu abuela. Llevala al recuerdo de tu abuela.
Después, con el tiempo, por ahí la entendés de otra manera. Pero si en tu cabeza esa frase te llevó para otro lado, dejala que vaya para ese lado.
Te hace bien.
