En un contexto internacional
atravesado por tensiones crecientes y disputas retoricas por el sentido etico de la
política, la derrota electoral de Orban se suma como un dato más de la decadencia de
una corriente neofascista que tuvo un breve veranito a partir de la llegada al
poder de personajes como Donald Trump, Javier Milei o Giorgia
Meloni. Este sector, que venía a romper consensos básicos de respeto a
la condición humana, hoy entra en un estado crítico: acumula derrotas,
desaciertos y, lo más importante, el repudio de una porción significativa de la
sociedad mundial, que comienza a responder —de distintas formas— a la avanzada
autoritaria que esta corriente supo encarnar.
En
este marco, la experiencia argentina permite ver con claridad esta dinámica.
Milei atacó a Papa Francisco porque su
labor humanista y cristiana; representaba, una barrera moral al ensayo
libertario. La ofensa sistemática a una figura querida por el pueblo argentino
y por una parte importante del mundo no fue casual. Francisco fue una brisa de
humanidad en un tiempo complejo, que ya anticipaba algunas de las noticias
terribles que hoy leemos cotidianamente. Con un rasgo casi profético, advirtió
sobre un escenario de “tercera guerra mundial en cuotas”; esa lucidez y
sensibilidad frente a lo humano constituían, sin dudas, un límite para un
proyecto sostenido en discursos de odio y en un ajuste brutal.
En
el contexto actual, el posicionamiento de Papa
León XIV —sucesor de Francisco— recoge un sentido común profundamente
arraigado en amplios sectores de la humanidad: la búsqueda de paz y la
oposición a la guerra, frente a una suerte de dictadura global encabezada por Donald Trump y Benjamin
Netanyahu, que asesina niños y amenaza con genocidios y la desaparición
de civilizaciones.
En estas últimas horas, Donald Trump arremetió contra el Papa León XIV,
calificándolo de “débil” y “terrible” en su posicionamiento internacional, y
llevó la confrontación a un terreno aún más grave al difundirse a sí mismo,
mediante una imagen generada con inteligencia artificial, como una figura similar
a Jesús, generando incluso críticas en sectores religiosos de Estados Unidos
que consideraron el gesto inaceptable.
El
pronunciamiento del Papa, que generó tanto encono en Trump, tiene la potencia
de lo simple y la capacidad de condensar un sentimiento extendido: “¡Basta ya
de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la
fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el
servicio a la vida”.
En
ese punto se vuelve evidente la continuidad entre los distintos casos. Trump
ataca al Papa Leon XIV, como antes Milei lo hizo con Francisco: por expresar
una posición humanista, democrática e inteligente. Elementos tan básicos —y tan
propios de la condición humana— son rápidamente señalados como enemigos por una
lógica neofascista que intentó empujar un cambio de paradigma civilizatorio:
más cruel, menos humano, donde grandes beneficiados son los ricos de siempre, encarnados en estas figuras autoritarias, que, dejando de
lado todo rasgo democrático, pretenden reordenar el mundo en función de los
intereses de unos pocos.
Al
mismo tiempo, una serie de hechos recientes confirman que esta tendencia autoritaria
esta en desgaste. La voz del Papa se suma a la de millones que hoy se expresan,
se posicionan, salen a las calles o votan. La caída de la imagen de Milei, la
derrota de Orban, el empantanamiento político y militar de Trump en Irán, el
distanciamiento de Meloni y la movilización social a nivel global contra
distintas expresiones de esta barbarie neofascista configuran un escenario
donde emerge una respuesta humana, una decisión de confrontar y defender
valores básicos. En nuestra versión criolla, esa defensa se expresa en ideas
como la justicia social, tierra, techo y trabajo para todos, o en algo tan
elemental como afirmar que el hambre y la guerra son crímenes.
En
este clima de época, estas expresiones de dignidad se parecen al sereno que cae
después del atardecer: una señal silenciosa pero persistente y perceptible del
final de una etapa. Son, en definitiva, la confirmación del ocaso de una
corriente neofascista que emergió como coletazo de un orden unipolar que ya venía
mostrando sus límites y su fracaso. En esta contienda civilizatoria, se vuelve
imprescindible el protagonismo de cada uno de nosotros, en la medida de
nuestras posibilidades, para reivindicar el derecho a vivir en paz y con
dignidad.
Hoy,
Papa León XIV dio un paso de alta potencia
simbólica al pronunciar una frase simple, pero que debería resonar como propia
en todos aquellos que creemos en otra posibilidad de humanidad: “No tengo miedo
a Trump. Seguiré hablando contra la guerra”.




