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Cultura “El gobierno hace las cosas que el kirchnerismo hacía mal, pero mucho peor”
10/06/2026 | 69 visitas
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En diálogo con Barrio Adentro, Pablo Semán analizó la despedida popular al Indio Solari, la autonomía simbólica de los sectores populares y la torpeza del gobierno frente a una sensibilidad que no logra comprender.

En diálogo con Barrio Adentro, el sociólogo y antropólogo Pablo Semán analizó la despedida popular al Indio Solari, la autonomía simbólica de los sectores populares, la dimensión política de una cultura que no se deja capturar fácilmente y la torpeza del gobierno frente a una sensibilidad popular que no logra comprender.

La muerte del Indio Solari abrió una escena inesperada: plazas, canciones, llanto, pogo detenido, banderas, duelo colectivo y una multitud que salió a despedir algo más que a un músico. Para Pablo Semán, lo que ocurrió no puede leerse como un simple recital, ni como una movilización partidaria, ni como un hecho traducible automáticamente al lenguaje electoral.

En esta conversación con Barrio Adentro, Semán propone mirar más hondo: allí donde algunos ven desorden o folclore, aparece una cultura popular reflexiva, con memoria, con capacidad poética y con una autonomía política que incomoda tanto al poder como a quienes buscan “capitalizarla”.

En principio, Pablo, quería escucharte. ¿Qué viste? ¿Qué sentiste? Te vi en Villa Domínico. ¿Cómo estás tramitando esto que viene siendo un gran vendaval de emociones y de pueblo?

Pablo Semán:
Yo fui, como siempre voy a esos lugares donde hay mucha gente, sin muchas hipótesis previas. Fui un poco con lo que mi propio sentido común, y el de la gente con la que hablo, me podía llevar a pensar. Y me sorprendí con lo que encontré.

Uno podría mirar algunos signos exteriores separados y decir: había música, había chorizos, había merchandising, cantos, baile, banderas, letras. Bueno, era como un recital. Pero hubo una observación que para mí fue muy sintomática: en los lugares donde había pogo, la gente se ponía a poguear, pero cuando llegaba el clímax del tema, y el clímax eventual del pogo, todo el mundo paraba. Porque muchos se quebraban en llanto. Ahí asumían que el Indio no iba a estar más.

Entonces, lo que desde afuera podía parecer un festejo, en realidad era una forma de duelo muy específico. Una despedida. Una manera de ir asumiendo de a poco que el Indio no iba a estar más.

Y eso se vincula con otra cosa que observé: más allá de que la organización estuvo muy bien, era una multitud que había aprendido a cuidarse. Y además no era presa de capturas políticas fáciles.

Vos podías intentar inducir una pregunta, pero si había un pícaro queriendo llevar la cosa para otro lado, no funcionaba. Yo he votado en los últimos veinte años al peronismo, pero me parece que esa tentativa de poner la marcha y esperar que todo el mundo te aplauda, en ese lugar, no era lo mejor que se podía hacer. Y cuando algunos intentaron hacerlo, fracasaron.

Porque no era un público destinado a ser codificado, como diría el Indio. En ese momento estábamos en otra cosa. Y eso me parece importante porque tiene mucho que ver con las ideas que tenía el Indio sobre la política.

Más allá de que el Indio se reivindicaba como peronista, lo hacía desde una posición muy especial, vinculada con la cultura del rock. Yo vi ahí una multitud influida por esa idea de la cultura del rock y también por sus propias posiciones de distancia respecto de la política, posiciones que huyen de capturas fáciles.

Era una multitud dolida, haciendo un duelo, y huyendo de capturas fáciles. La mayor parte de quienes estaban ahí, calculo yo, eran opositores, pero no hacían valer eso.

Diego Molinas:

Hoy se hablaba de la elegancia espiritual o de la elegancia poética. ¿Te sorprendió ese volumen de capacidad poética, de expresión del pueblo? Porque, como vos decís, hay mucha obviedad, mucha cosa de cartón prearmado. ¿La veías venir o hubo un grado de sorpresa?

Pablo Semán:
Esto que cuento, que vi una multitud elaborando un duelo simbólicamente, organizativamente, colectivamente y al mismo tiempo de forma individual, la verdad es que no esperaba encontrarme eso. No sabía qué me iba a encontrar, pero me sorprendió encontrarme con eso. Y me sorprendió gratamente.

Yo no fui con hipótesis previamente armadas, no quería tenerlas. Pero me sorprendió porque también sabía que eso podía ser entendido como si fuese un show más, o como si fuese algo pasible de ser transportado directamente a la política partidaria o a las confrontaciones políticas de la Argentina. Que no es que estuvieran ausentes, por otro lado. Pero sí: me sorprendió. No porque tuviera una hipótesis previa, sino porque no me imaginaba exactamente lo que iba a pasar. Y pasó esto, que insisto, me sorprendió gratamente.

Yo no fui con hipótesis previamente armadas, no quería tenerlas. Pero me sorprendió porque también sabía que eso podía ser entendido como si fuese un show más, o como si fuese algo pasible de ser transportado directamente a la política partidaria o a las confrontaciones políticas de la Argentina. Que no es que estuvieran ausentes, por otro lado. Pero sí: me sorprendió. No porque tuviera una hipótesis previa, sino porque no me imaginaba exactamente lo que iba a pasar. Y pasó esto, que insisto, me sorprendió gratamente.

Diego Molinas:
Sos uno de los que mejor trabaja la relación entre pueblo y fe, entre mística popular y dimensión teológica. ¿Cómo irrumpió esta liturgia pagana popular y esta idea del “dios roto” o “el dios de los rotos”?

Pablo Semán:
El otro día aprendí de Néstor Borri, un activador del mundo católico, que liturgia quiere decir organizar los juegos. A mí me parece interesante ese significado de liturgia porque lo aleja de cualquier dogma religioso.

En ese contexto, me parece que esta fue una versión específica de ese juego. Pero insisto: connotada por la necesidad de asumir un duelo. Y eso me mostró que esa multitud era profundamente reflexiva.

Eso es algo que se fue gestando en una historia de contacto entre esa multitud y el público del Indio. Porque hubo momentos en que esa multitud no era tan reflexiva.

Por otro lado, me parece que ayer eclosionaron algunos sentidos de la identificación con el Indio que ya eran conocidos. Muchos de los que trabajaron sobre estos temas los conocían. Yo mismo los conocía. Pero creo que apareció más fuerte, no sé si porque el periodismo preguntó o porque era un momento más íntimo, la idea de que el Indio ayudaba a poner en palabras sentimientos y percepciones que mucha gente no había podido nombrar.

Y junto con el mensaje de las canciones, o como parte del mensaje de las canciones del Indio, mucha gente recibió también un aliento. Creo que eso se fue consolidando más plenamente.

Yo, en los años noventa, empecé a escribir sobre Los Redondos, específicamente en relación con lo que representaban frente al orden neoliberal. Y creo que esas intervenciones, las de ahora y las de los noventa, que ya llevan casi treinta años, le dieron al Indio ese lugar de referente moral y de figura querida.

La metáfora con la religión no sé. Entiendo que es una forma de decir, y si la gente lo dice está todo bien, pero creo que es algo diferente. No es exactamente el mismo tipo de experiencia. Yo trabajo sobre religión y quizás por eso puedo suponer una diferencia.

Después hay otra cosa importante, que tiene que ver con lo que vos preguntabas: la intervención de la poética del Indio, en combinación con la poética popular, generó no solamente ese esquema de funcionamiento colectivo que llamamos “la misa”, o como se lo quiera llamar, sino también una construcción de intimidad.

Lo que la gente tomaba de las letras del Indio era una construcción de intimidad. Y eso muestra que individualismo y solidaridad no necesariamente están reñidos. Hay gente que aprendió a nombrar los problemas sociales de la mano del Indio, y hay gente que aprendió a construir sus estados de ánimo también de la mano del Indio. Pasan esas dos cosas al mismo tiempo.

Eso diría sobre la intervención, el valor y los sentidos que ayudó a establecer la presencia y la identidad del Indio en esa multitud. Es un proceso que duró cuarenta años, o un poco más.

Diego Molinas: ¿Dónde ves el hecho político?

Pablo Semán:
Yo partiría de lo siguiente: partiría de lo que dice el Indio, de lo que dijo hace mucho, de lo que dijo hace no tanto y de lo que dijo hace poquito.

El Indio siempre insistió en que su posición en la política, como alguien que era peronista pero venía desde la izquierda, era la de alguien que pertenecía a la cultura del rock. Y la cultura del rock, él la interpretaba como una cultura con valores políticos propios. Por lo tanto, no era asimilable a las culturas políticas partidarias.

Creo que hay que tomarse eso muy en serio. El Indio se lo tomaba muy en serio. Él decía que en otra época estaban las organizaciones armadas y él no estaba ahí, y no quiso estar ahí. Pero también decía que venía de una experiencia fuerte, que era la psicodelia. Y hace poco dijo: “Soy peronista, pero de la generación del 61; soy hippie”, o algo así, en una entrevista con Rosenblatt.

Entonces, para poder responder tu pregunta hay que empezar por ver que la cultura del rock, y específicamente el mundo cultural y simbólico donde intervenía y producía el Indio, no era una masa que pudiera ser capitalizada por la política partidaria.

Al contrario: vista desde la política partidaria, esa cultura podía parecer tibia, cobarde, apolítica. Y de hecho muchas veces fue acusada de eso.

Hay un ejemplo que para mí es muy interesante y ocurrió con Charly García. Su productor, Jorge Álvarez, los veía “tiernitos” políticamente y decidió que se tenían que formar políticamente. Entonces les presentó a David Viñas, que era un intelectual de izquierda.

Muchos dijeron: “Charly García estudió marxismo con David Viñas”. Pero después, cuando uno mira la historia, se habían visto, se habían encontrado, no había pasado mucha cosa. Hay toda una disputa sobre cuánto influyó David Viñas en Charly García.

Lo que yo pienso de esa historia es que lo que nadie se preguntó, y habría que preguntarse, es por qué David Viñas no se dejó influir por Charly García. Ahí había una posición política.

Y lo mismo digo ahora: las distintas posiciones partidarias se dejaron influir poco por esa cultura. Tal vez con buenas razones, no estoy haciendo una crítica a nadie. Lo que digo es que las tradiciones partidarias se dejaron influir poco por esa posición política de la que partía el Indio.

Y hay algo más importante aún: en los sectores populares a veces hay un grado muy grande de afinidad con el peronismo. Pero cuando el peronismo no funciona bien, hay también mucha distancia. Hay una especie de anarquismo de masa popular, un escepticismo, una desconfianza.

Yo no creo que el Indio haya transformado en anarquistas doctrinarios a los sectores populares. Pero su propia posición política de autonomía convergía con la posición de autonomía de una parte de los sectores populares. Esa desconfianza que tiene mucha gente de los sectores populares, incluso perteneciente al peronismo, después de muy malas experiencias con el peronismo, viene de hace cuarenta años. Hay que pensar también la experiencia del menemismo.

Entonces, el hecho político no es un hecho político puntual. No es una masa que se puede contar y capitalizar. Además, últimamente me da problemas la palabra “capitalizar”. Si uno es antineoliberal, ¿por qué habla de capitalizar? ¿Todo es capitalizable? ¿No será que la relación de un proyecto político con los sectores populares puede ser otra cosa que la capitalización? Puede ser metabolización, influencia, integración, diálogo.

Cada vez que alguien dice “capitalizar”, la gente empieza a agarrarse los bolsillos. Mis hijos se llevan la billetera.

Entonces, las relaciones entre cultura y política son complejas. En el mundo popular, incluso en el mundo popular influido por el proyecto cultural del Indio, hay valores, orientaciones, formas de sentir y de pensar que son importantes, aunque no tengan un traslado electoral inmediato.

Te doy otro ejemplo. Una vez, un intelectual que provenía de la clase obrera inglesa, que se había criado en una familia obrera y describió a las familias obreras como nadie, decía: “Yo voy a hacer un libro sobre la ideología de la clase trabajadora, no sobre la ideología del Partido Laborista”.

Él demostraba cómo la ideología de la clase trabajadora, que no estaba en libros ni en manifiestos, sino en canciones, en actitudes y en formas de resolver conflictos, era diferente de la ideología del Partido Laborista. Claro que interactuaba con el Partido Laborista, claro que influía, claro que dialogaba con eso. Pero era una formación simbólica y cultural de mucho peso y de larga duración.

Lo que yo veo es esto: la diferencia entre las culturas político-partidarias, que además últimamente son cada vez más delgadas, más torpes, más fracasadas, más vampirizadoras, y la cultura de los sectores populares, que es muy heterogénea, que tiene distintos núcleos y distintos principios.

El hecho político que vi, en todo caso, es esa autonomía de la cultura y de la producción simbólica de las clases populares. Eso era mayormente lo que estaba ayer, aunque también hubiera algo de clase media. No se trata de sacar una conclusión lineal, tipo: “Esto significa que Kicillof va a ganar la elección”, intentar sacar una conclusión así me parece un proyecto imposible de cumplir.

Diego Molinas:
Pablo, ¿por qué creés que fue tan brutal o tan bestial la respuesta refractaria hacia lo popular desde algunos lugares de lo público más hegemónico?.

Pablo Semán:
Basicamente el gobierno, mirá, porque yo creo que pasan varias cosas. Lo primero es que el gobierno podría haber tenido una actitud mucho más empática —e incluso políticamente más conveniente—. Podría haber dicho: “Condolencias a la familia, les ofrecemos lo que quieran”. Realmente, una actitud así hubiera sido mucho más inteligente.

Es lo mismo que pienso sobre otras disputas simbólicas: hubiera sido mucho más verdaderamente hegemónico que el Centro Cultural Kirchner se llamase Mercedes Sosa, Homero Manzi o Atahualpa Yupanqui. Es decir, figuras capaces de abrazar una sensibilidad popular más amplia.

Pero el gobierno hace las cosas que el kirchnerismo hacía mal, pero mucho peor. No intenta integrar: excluye torpemente de la vista de todo el mundo. Y queda, en el mejor sentido de la palabra, muy maleducado. O algo peor.

Además comete otro error, también contra sí mismo: en el mundo mileísta silvestre, no en el organizado, hay votantes que se identificaron con la música del Indio. De hecho, cuando yo iba a marchas libertarias hasta 2023, veía mucha gente con tatuajes, gorritos, pines o referencias a Los Redondos.

Esa idea de criticar el poder, algunos mileístas la tenían en la piel. Creían que su crítica a “la casta” era una crítica al poder. Y eso también forma parte de su electorado.

Milei, además, usa música de otros músicos que tampoco están a su favor. La Renga, Charly García. Yo no he visto que Charly García sea muy mileísta.

Y también veía, en algunos streamings cercanos al gobierno, gente que decía: “Bueno, a mí me gustaba el Indio”.

Entonces el gobierno actuó mal. Creo que la mayoría de la gente vinculada a sensibilidades populares, incluso mucha gente que no tiene nada que ver con eso, no vio bien ese gesto del gobierno. Fue un gesto excluyente, innecesariamente excluyente. Eso lo celebra solamente lo que llaman el núcleo duro: los que rechazan todo.

Diego Molinas:
¿Hay alguna canción del Indio o de Los Redondos que te guste especialmente, o que para vos sintetice estas horas de sentimientos y emociones?

Pablo Semán:
Hay muchas cosas del Indio que escucho y que me gustan mucho. Hay discos que me gustan especialmente. 

Creo que Juguetes perdidos sintetiza bastante el espíritu de lo que se vivió. Esa sería una.

Y otra que también me parece que expresa algo de ese estado de ánimo, medio pesado, medio denso, es Todo un palo, con esa idea de que “el futuro llegó”. Esa también se escuchaba mucho. Después hubo otra que escuché bastante y que también me parece que condensaba algo del clima emocional: Tarea fina. Así que diría cualquiera de esas tres.


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