La discusión interna del peronismo aparece cada vez más desconectada del momento social que vive la Argentina. No porque no existan diferencias reales, sino porque el modo en que se expresan resulta pobre, autorreferencial y ajeno al malestar general de la sociedad.
La gente la está pasando mal. Hay deterioro del salario, endeudamiento familiar, pérdida de consumo, angustia cotidiana y una sensación extendida de cansancio. El gobierno de Milei atraviesa un proceso de desgaste evidente: la promesa de orden chocó con la precarización de la vida, la motosierra ya no funciona como épica y el oficialismo empieza a mostrar límites políticos, económicos y sociales.
En ese escenario, el peronismo debería estar discutiendo cómo reconstruir una mayoría popular. Debería debatir programa, representación social, organización territorial, vínculo con el mundo del trabajo, formas nuevas de comunidad y estrategia frente a una derecha que gobierna produciendo daño. Sin embargo, buena parte de la escena pública queda ocupada por una interna de bajo nivel.
Las declaraciones de Berenice Iañez son parte de ese problema. No porque no pueda discutirse el lugar de Cristina Kirchner, de Axel Kicillof o de La Cámpora. Esa discusión existe y es legítima. El problema es el modo. La vulgaridad no reemplaza a la política. La provocación no construye síntesis. La sobreactuación de lo popular no vuelve más popular a nadie.
Pero el problema no está solo de un lado. Algunas respuestas del cristinismo duro expresan una lógica similar: cierre identitario, patrimonialización de la representación popular y tendencia a confundir diferencia con traición. En un caso y en el otro aparece una versión empobrecida de la política: poca formación, mucho gesto, poca elaboración, mucha marca de pertenencia.
Ese es el punto central. La interna no aparece como una discusión estratégica sobre el futuro del campo popular, sino como una disputa de voceros que muchas veces no están a la altura del pueblo al que dicen representar.
La despedida del Indio Solari mostró otra cosa. Mostró una multitud con mística, dolor, bronca y pertenencia. Mostró que existe todavía una subjetividad popular sensible, comunitaria y enojada con Milei. Mostró que hay pueblo, pero no necesariamente conducción. Hay energía social, pero no necesariamente traducción política.
Ahí aparece el contraste. Mientras en la calle se expresa una bronca real contra el gobierno, en la política se impone una pelea que parece chica. Mientras el pueblo procesa el ajuste, la dirigencia discute centralidades, lugares, lealtades y nombres propios. Mientras la sociedad busca una salida, sectores del peronismo parecen atrapados en una conversación interna que no organiza esperanza.
La interna boluda no es la existencia de diferencias. Toda fuerza política viva tiene tensiones. La interna boluda es convertir esas tensiones en una escena grotesca, sin densidad conceptual, sin propuesta programática y sin conexión con la vida cotidiana de la mayoría.
Lo popular no es gritar más fuerte, hablar más vulgar o actuar cercanía. Tampoco es clausurar el debate en nombre de una identidad. Lo popular exige comprender el sufrimiento concreto de quienes trabajan, cobran poco, viajan mal, se endeudan y sienten que el futuro se achica.
A esa persona, que se levanta todos los días para ir a laburar, esta interna le resulta refractaria. No porque no le importe la política, sino porque no encuentra ahí una respuesta a sus problemas.
El peronismo tiene por delante una tarea mucho más grande que ordenar una interna: necesita reconstruir una representación social creíble. Para eso requiere formación política, humildad, programa, conducción y capacidad de escuchar. No alcanza con administrar símbolos ni con disputar aparatos.
Frente al derrumbe del gobierno de Milei, el campo popular debería ofrecer una alternativa. No una novela interna. No una competencia de gestos. No una caricatura de pueblo.
La pregunta no es quién grita más fuerte dentro del peronismo. La pregunta es quién puede volver a hablarle seriamente a una sociedad lastimada.




