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Política ¿Democracia?
23/06/2026 | 44 visitas
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Por Diego Molinas_ Una elección puede ser formalmente democrática y, al mismo tiempo, abrirle paso a proyectos autoritarios, que hambrean y reprimen. La pregunta por la democracia excede el momento electoral y se situa en la defensa del buen vivir, en tiempos de algoritmos y autoritarismos.

Mientras avanzan los conteos y escrutinios en Colombia y Perú, hay una señal que excede el resultado final. En sociedades post-pandemicas atravesadas por miedo, cansancio e incertidumbre, ciertas propuestas de derecha logran manipular esas emociones y convertirlas en una performance electoral inmediata. El problema es que esa reacción, muchas veces construida sobre lo emocional, puede devenir en un proyecto estructural de gobierno que deteriora la vida de millones.

Se trata de un problema más profundo: cómo un proceso decisivo para el proyecto histórico de una sociedad —elegir quién gobierna— puede quedar reducido a una descarga frente al malestar. Emociones reales, nacidas de vidas difíciles, inseguridad, frustración o desconfianza, son capturadas por discursos que ofrecen culpables rápidos, promesas de orden y salidas punitivas.

En Colombia, Abelardo de la Espriella expresa una derecha que hizo de la confrontación extrema una forma de identidad política. En Perú, el apellido Fujimori carga una memoria marcada por autoritarismo, corrupción y violaciones a los derechos humanos. No son casos iguales, pero permiten abrir una misma discusión: qué ocurre en una democracia cuando el miedo, la rabia y la incertidumbre son utilizados para volver deseables propuestas que prometen castigo antes que cuidado.

La democracia también puede vaciarse desde adentro

Milei, Bolsonaro y Trump, con sus diferencias nacionales, forman parte de esa misma pregunta. No llegaron necesariamente por fuera de las urnas. Crecieron dentro de democracias realmente existentes, hablaron en nombre de la voluntad popular y utilizaron la legitimidad electoral para impulsar prácticas, lenguajes y sensibilidades que erosionan la convivencia democrática desde adentro.

Ese es el punto más inquietante. La democracia puede ser dañada no solo por su interrupción formal, sino también por su vacio de sentido. Puede seguir habiendo elecciones, campañas, debates, congresos y tribunales, mientras se deteriora aquello que permite que esas instituciones tengan sentido: el reconocimiento del otro, la confianza y la posibilidad de tramitar el conflicto sin convertirlo en odio.

La legitimidad electoral de origen no agota la pregunta democrática. Una fuerza puede ganar legalmente y, aun así, empujar a la sociedad hacia un lugar más cruel, más brutal, incapaz de reconocer al adversario como parte legítima de la comunidad política. Puede invocar al pueblo y, al mismo tiempo, educar a ese pueblo en el desprecio hacia una parte de sí mismo.

Ninguna mejora material habla sola

Para comprender este fenómeno no alcanza con mirar solo la economía, la gestión o los errores de los gobiernos populares. Esos factores importan, claro. Pero no explican todo. Hay una dimensión más compleja: incluso cuando gobiernos de raíz popular producen mejoras materiales reales en la vida de los sectores más postergados, esas mejoras no se traducen automáticamente en adhesión política.

Ese dato no aparece para pedir gratitud ni para idealizar ninguna experiencia. La política no puede pedir gratitud: tiene que construir conciencia, pertenencia y futuro. Aparece para marcar una contradicción profunda: puede haber ampliación de derechos, movilidad social, acceso a educación, políticas de cuidado, presencia estatal o mejoras concretas en la vida cotidiana, y aun así una parte de esos mismos sectores acompañar luego propuestas que anuncian medidas capaces de deteriorar su propia calidad de vida.

Ahí hay algo que no se puede responder con soberbia. No alcanza con decir que la gente vota contra sus intereses. Esa frase, además de políticamente torpe, explica poco. Porque nadie vota solamente desde beneficios materiales. Se vota también desde la frustración, desde el cansancio, desde la sensación de injusticia, desde la necesidad de encontrar una explicación para una vida que muchas veces se vuelve demasiado difícil de ordenar. Hay una complejidad que no puede reducirse unicamente a lo material.

Una política pública puede mejorar la vida de una persona, pero si esa mejora no se convierte en relato compartido, si no produce pertenencia, orgullo y horizonte, puede quedar políticamente desarmada. Lo conquistado puede naturalizarse. Lo que falta puede volverse insoportable. El derecho recibido puede ser vivido como algo dado, mientras el miedo, la inflación, la inseguridad o la frustración se sienten con una intensidad mucho más inmediata.

La política no disputa solamente indicadores. Disputa la historia que una sociedad percibe y narra sobre lo que le ocurre.

No explican mejor la realidad: la simplifican mejor

Ahí aparece una de las claves de época: las derechas radicalizadas logran convertir miedo, rabia e incertidumbre en una historia fácil de entender. No necesariamente explican mejor la realidad. La simplifican mejor. No resuelven el malestar. Lo ordenan. No construyen comprensión. Construyen un culpable. Y en tiempos de ansiedad social, esa operación produce una sensación inmediata de claridad y control.

El odio funciona, entonces, como una forma degradada de explicación. Le dice a una persona cansada, asustada o frustrada que su dolor tiene un responsable visible. Le ofrece una escena simple para interpretar una vida compleja. Le permite transformar angustia en acusación, incertidumbre en certeza, miedo en castigo.

Esa explicación puede ser falsa, injusta o brutal, pero tiene eficacia emocional. Y muchas veces, en sociedades agotadas, una explicación simple puede resultar más seductora que una explicación verdadera pero compleja.

Por eso hay sectores que pueden votar propuestas que anuncian medidas que los afectarán directamente. No votan solo desde un cálculo material inmediato. Votan también desde una emoción organizada. Votan desde el hartazgo, desde la sensación de agravio, desde el rechazo a un orden político percibido como agotado, desde el deseo de que algo se rompa, desde la expectativa de que alguien pague.

En esos casos, el voto no expresa necesariamente una búsqueda de protección. A veces expresa una demanda de castigo. La persona no vota solo por lo que espera ganar, sino por aquello que desea ver caer. No vota únicamente por futuro, sino por revancha. La promesa de ajuste puede ser tolerada si viene envuelta en una promesa mayor: terminar con algo, humillar a alguien, expulsar a quienes fueron señalados como responsables del malestar colectivo.

Ese es uno de los rasgos más inquietantes del presente: el castigo puede volverse más seductor que el "buen vivir". Una sociedad emocionalmente quebrada puede aceptar perder derechos si cree que otros perderán supuestos privilegios. Puede acompañar políticas que la dañan si esas políticas ofrecen una sensación de orden, reparación moral o revancha simbólica.

Las derechas no siempre ganan porque convencen a las mayorías de que vivirán mejor. A veces ganan porque logran convencerlas de que alguien merece vivir peor.

Allí se produce una inversión profunda del sentido democrático. La política deja de ser una herramienta para el buen vivir y se convierte en una administración del resentimiento. La igualdad aparece como amenaza. La solidaridad como ingenuidad. El cuidado como debilidad. Los derechos de otros como pérdidas propias. La crueldad como "honestidad discursiva". La agresión como "libertad".

No es casual que estas experiencias necesiten construir enemigos permanentes. El "zurdo", el "planero", el migrante, el feminismo, el sindicalista, el trabajador estatal, el docente, el militante, el periodista, el Congreso, la universidad, la justicia, la cultura, los "periodistas ensobrados". Cada sociedad tiene su propio repertorio de culpables. Pero el mecanismo se repite: problemas estructurales son traducidos en enemistades inmediatas.

Así se evita mirar la estructura. La desigualdad deja de aparecer como resultado de un orden económico y pasa a ser atribuida al que cobraba un plan social. La inseguridad deja de pensarse en sus causas sociales, territoriales e institucionales, y se convierte en enojo contra los derechos humanos. La precariedad deja de vincularse con modelos de acumulación, la bronca deja de mirar hacia arriba y empieza a golpear hacia los costados o hacia abajo.

Algoritmo y reacción

El algoritmo potencia este proceso porque reorganiza la esfera pública alrededor de la reacción inmediata. No inventa el odio, pero lo acelera. No crea el miedo, pero lo segmenta. No produce por sí solo la bronca, pero la vuelve rentable. Las plataformas premian aquello que captura atención: el insulto, la burla, la sospecha, la indignación, la frase violenta, la humillación del adversario.

La explicación compleja circula mas lenta que el agravio. El matiz exige tiempo; la consigna produce impacto. La democracia necesita conversación; el algoritmo necesita retención. La democracia requiere reconocimiento del otro; el algoritmo monetiza la polarización. La democracia necesita elaborar; el algoritmo empuja a reaccionar.

Esto transforma la subjetividad política. La ciudadanía deja de formarse solamente en partidos, sindicatos, escuelas, universidades, medios o espacios comunitarios. También se forma en burbujas algorítmicas que refuerzan certezas, endurecen identidades y vuelven cada vez más difícil reconocer la humanidad del adversario. El sujeto democrático es tratado cada vez menos como ciudadano y cada vez más como usuario emocionalmente disponible.

En ese escenario, la crisis democrática contemporánea es también una crisis de elaboración emocional. Las sociedades tienen miedo, bronca, cansancio e incertidumbre, pero cada vez menos espacios colectivos para procesar esas emociones. Hay menos conversación, menos mate, menos comunidad organizada, menos mediaciones capaces de transformar malestar en escucha. Cuando no hay elaboración, gana la descarga. Y el odio es una forma rápida de descarga.

La militancia mas alla de lo electoral

Colombia y Perú, con sus procesos electorales inmediatos atravesados por tensiones, márgenes estrechos y sociedades partidas, pueden leerse desde esta clave más amplia. No como casos aislados, sino como parte de un clima de época donde la elección no crea la fractura social, sino que muchas veces la vuelve visible. La urna ordena un resultado, pero no necesariamente recompone la convivencia. El escrutinio puede definir un ganador, pero no resuelve las condiciones necesarias para que el proceso democratico se vea fortalecido.

No da lo mismo que una sociedad organice su malestar por la vía de la restitución de derechos o por la vía de la crueldad. No da lo mismo que una democracia mire hacia las estructuras de poder o que descargue su frustración sobre los sectores más vulnerables. Esa diferencia no es menor: redefine la humanidad de una sociedad y a partir de alli, tambien su calidad democratica.

La democracia necesita ser pensada más allá del momento electoral. El voto es indispensable, pero insuficiente. Define gobiernos, pero no garantiza cultura democrática. Una sociedad puede votar regularmente y, al mismo tiempo, volverse más cruel, más fragmentada, más incapaz de convivir con la diferencia.

También por eso la militancia no puede reducirse a una campaña electoral. Una campaña trabaja sobre una decisión puntual. La militancia, cuando es profunda, trabaja sobre la forma en que una sociedad mira la vida, interpela lo injusto y se organiza frente al dolor.

Militar no puede ser solamente pedir el voto cada cierto tiempo. Tiene que ser una manera de interpelar lo injusto allí donde aparece: en el barrio, en la conversación cotidiana, en las redes, en lo publico. Que la incertidumbre no se vuelva deseo de destrucción. Que el cansancio no se convierta en desprecio por el otro. Militar es tambien disputar el destino de esas emociones. No negarlas, no burlarse de ellas, no subestimarlas. Disputarlas. ¿Quién organiza políticamente todo eso y hacia dónde lo conduce?.

La militancia disruptiva en un sentido profundo es aquella que es capaz de interrumpir la lógica dominante de la época.

La ciudad habitable

La disputa democrática de este tiempo no es solamente institucional. Es cultural, afectiva y narrativa.

Se disputa qué emociones van a organizar la vida pública. Se disputa si la sociedad se pensará como una comunidad capaz de cuidarse o como una suma de individuos enfrentados.

Los procesos populares tienen allí un desafío enorme. No alcanza con gestionar mejor. No alcanza con mostrar datos. No alcanza con enumerar derechos conquistados. Todo eso importa, pero no alcanza si no se convierte en experiencia colectiva de dignidad.

Una mejora material necesita una narración que la vuelva sentido común. Una política de inclusión necesita una comunidad que la reconozca como justicia y no como amenaza. Una democracia necesita algo más que votantes: necesita sujetos capaces de imaginar una vida común.

El deterioro democrático no empieza únicamente cuando se suspenden elecciones o se desconocen resultados. Empieza antes, cuando una sociedad deja de poder elaborar su dolor sin convertirlo en odio manipulable. Cuando la política ya no organiza esperanza, sino castigo. Cuando la palabra pública se degrada hasta volver imposible cualquier reconocimiento del otro. 

El malestar social no desaparece porque se lo niegue. Necesita ser escuchado, nombrado y organizado en un horizonte común. Cuando la política  no logra transformar el dolor en conciencia, la bronca en organización y la incertidumbre en futuro, la derecha encuentra allí su oportunidad: ofrece culpables donde debería haber causas, castigo donde debería haber justicia, revancha donde debería haber comunidad.

Por eso la democracia no se juega solamente en quién gana una elección. Se juega tambien en el destino político de las emociones colectivas. El miedo puede volverse comunidad o pedido de mano dura. La rabia puede mirar hacia las estructuras que producen injusticia o descargarse sobre los sectores más vulnerables. El cansancio puede abrir una búsqueda colectiva o convertirse en autorización para la crueldad.

Esa es la disputa de época. No entre enojo y moderación, porque motivos para enojarse sobran. La disputa es entre una política capaz de convertir el malestar en organización popular y una derecha que necesita convertirlo en odio para gobernar contra las mayorías.

Por eso preguntarnos por la democracia no es un gesto pesimista ni una impugnación abstracta. Es, por el contrario, una pregunta profundamente necesaria. Una democracia que no se interroga a sí misma corre el riesgo de reducirse a procedimiento, a calendario electoral, a conteo de votos.

¿Democracia? es preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo. Es preguntarnos si alcanza con votar cada cierto tiempo o si la democracia exige también comunidad, cuidado, justicia, memoria, organización popular y capacidad de reconocer al otro como parte de un destino compartido.

La pregunta, entonces, no debilita la democracia. La cuida. La vuelve exigente. Nos recuerda que no alcanza con que una sociedad elija gobiernos: también tiene que poder construir condiciones para que las mayorías vivan con dignidad, para que el conflicto no derive en odio y para que el malestar no sea usado contra el propio pueblo.

En tiempos donde el autoritarismo llega al poder por las urnas, sostener esa pregunta es una forma de responsabilidad política. Una democracia que deja de preguntarse por su contenido humano, popular y comunitario puede seguir funcionando en la superficie pero al mismo tiempo que ejercer un programa autoritario. En ese caso, la vitalidad democratica no este en los mecanismos institucionales sino en las fuerzas sociales y politicas que siguen defediendo y construyendo un programa politico para el buen vivir de las mayorias.  

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