Si algo quedó claro después del 3 a 0 de ayer es que nuestra amada celeste y blanca sigue llenándonos de orgullo. En el fútbol, como en otros espacios de la vida nacional, la Argentina demuestra que tiene un enorme nivel técnico, profesional y humano. Cuando hay trabajo, conducción, disciplina y sentido de pertenencia, aparece una potencia colectiva que expresa lo mejor de nuestro país.
Algo parecido se vio en las filas para despedir al Indio Solari. La sorpresa de muchos entrevistadores frente a hombres y mujeres de barrio poniendo en palabras sentimientos y reflexiones profundas volvió a mostrar una distancia evidente entre el pueblo real y la caricatura que muchas veces se hace de él. Allí había sensibilidad, pensamiento, memoria y una capacidad de elaboración que no necesita pedirle permiso a la academia para existir.
Al mismo tiempo, en los barrios hay ámbitos donde la política sigue siendo parte de lo cotidiano. Espacios de discusión donde se analiza lo inmediato, pero también la geopolítica; el barrio y el mundo; la asamblea barrial y los grandes debates nacionales e internacionales. El barrio no es ausencia de pensamiento. Muchas veces es el lugar donde la realidad se piensa con más crudeza, menos maquillaje y más honestidad.
Nada de eso se condice con lo que públicamente se evidencia como “la política”. Hay una distancia enorme entre la inteligencia real de nuestro pueblo y la representación berreta que muchas veces aparece en la escena pública. El punto más bajo de esa caricatura del quehacer político llegó con la performance libertaria: gente que pasó de disfrazarse de superhéroe de historieta a disfrazarse de diputada, funcionario o presidente. La política convertida en espectáculo, delirio individual, grito y consumo mediático.
Pero esta berretización de la política no empezó ahí ni pertenece sólo al oficialismo. Tuvo episodios estelares en Victoria Xipolitakis y José Ottavis bailando por un sueño, como síntoma de una política que empezó a confundirse con farándula, exposición personal y televisión barata.
También aparece en Máximo Kirchner y Mayra Mendoza, que haciendo una versión de bajo presupuesto de En el barro, cada dos por tres nos muestran una versión horrible de lo popular: falsas poses de paraavalanchas, choripanes condimentados excesivamente y una impostación de barrio que probablemente no sería soportada por estómagos acostumbrados a comiditas bastante más sanas. Hay ahí una sobreactuación de lo popular que no expresa al pueblo, sino que lo usa como escenografía.
Del mismo modo, en estas horas vimos a la legisladora Berenice ensayar un revisionismo histórico torpe y berreta, con definiciones ofensivas que nada tienen que ver con la forma en que el común de la gente discute, se expresa o se trata. La falta de respeto no es popular. Es apenas una limitación retórica. Evidencia poca formación política, poco compromiso con la elaboración de lo que se va a decir y una pereza intelectual que se disfraza de grito, gesto grotesco o supuesto desparpajo popular.
El problema no es solamente estético. No se trata de si alguien habla mejor o peor, si usa determinado tono o si viene de tal o cual recorrido. El problema es político: se degradaron los criterios con los que se valida la representación pública. Se empezó a aceptar que alcanza con aparecer, gritar, tener un cargo, ocupar una pantalla o sobreactuar una pertenencia para ser reconocido como dirigente.
¿Cómo llegamos a esto?
Cada uno de los que lea esta modesta columna tendrá seguramente una respuesta bien fundamentada, ensayo la mía.
La mercantilización de la política transformó, en muchos casos, a la militancia en una suma de satisfacciones individuales. Allí donde debía haber proyecto colectivo, formación, organización y vocación transformadora, empezó a imponerse la acumulación de cargos, recursos, privilegios, lugares en listas, visibilidad y pequeñas cuotas de poder.
Hay un sector que se autoconvenció de merecer lo que otros no. Y, al mismo tiempo, ubicó patológicamente en el rótulo, en el cargo, en el sello o en la rosca la razón de ser de su vida. Eso llevó a hacer cualquier cosa por estar. A cualquier costo. Estar, figurar, pertenecer al círculo, aparecer en la foto, sostener una identidad personal construida alrededor de una cuota mínima de poder.
Este fenómeno de berretización de la política es transversal al arco oficialista y opositor. Cambian las estéticas, los lenguajes y los disfraces, pero la lógica se repite: la política reducida a espectáculo, narcisismo, supervivencia individual y desesperación permanente por ocupar un lugar.
Un segundo elemento tiene que ver con carencias de autoestima que deberían ser tratadas en un ámbito terapéutico, pero que muchas veces se compensan con goce de poder. Así se potencian individualidades delirantes que van desde el brote místico —sionista, cristiano o de cualquier otro tipo— hasta la autopercepción de marginal popular habitando pisos de parqué en Palermo o departamentos con vistas altas en Puerto Madero.
Esa combinación produjo un ser mórbido: el político mediático. No tiene anclaje real en un territorio, no tiene buen discurso, no muestra grandes aciertos ni capacidades evidentes, pero está ahí. Aparece, opina, grita, actúa, performa. No construye demasiado, pero ocupa espacio. No representa demasiado, pero habla en nombre de muchos. No elabora demasiado, pero consigue cámara. Y lo peor es que nos acostumbramos.
Ese acostumbramiento es parte del problema. Porque cuando una fuerza política naturaliza la mediocridad, pierde capacidad de conducir procesos históricos. La política no se degrada solamente cuando gobiernan los malos, los crueles o los enemigos del pueblo. También se degrada cuando quienes dicen enfrentarlos aceptan como normal la improvisación, la impostura y la falta de formación.
Es así que, distantes de las virtudes del ser nacional, padecemos la tramitación de la política en manos de algunas de las expresiones más mediocres de la sociedad. Mientras nuestro pueblo demuestra dignidad, inteligencia, sensibilidad y capacidad de organización, una parte de la representación pública se hunde en la chatura, la rosca y el espectáculo.
Superar lo berreta, entonces, trasciende cualquier proceso electoral. No alcanza con cambiar nombres en una boleta ni con ordenar una interna. Supone disputar lo público en un sentido más profundo: recuperar mecanismos de formación, promover cuadros, reconstruir una cultura política seria y volver a discutir programa, estrategia y sentido histórico.
El enemigo real sigue siendo la oligarquía, no el compañero que piensa distinto. Pero para enfrentarla hace falta mucho más que gritos, imposturas o frases pensadas para el algoritmo. Hace falta formación, organización, humildad, territorio y una palabra política capaz de volver a representar algo verdadero.
La chatura mediática no va a soltar fácilmente la lapicera. Esa lapicera les asegura cargos, visibilidad y un protagonismo que, en otras condiciones, les sería esquivo. Es tarea de todos los que nos sentimos parte de una logica politica transformadora, disputar legítimamente el sentido de lo público.
Disputar la política también es disputar qué se premia, qué se tolera y qué se legitima. Si se premia la rosca vacía, sobraran rosqueros. Si se premia el grito, aparecerán gritones. Si se premia la impostura, aparecerán impostores. Si se premia la formación, el territorio y la construcción paciente, habrá más compañeros y compañeras dispuestos a formarse, caminar y construir.
Superar lo berreta requiere poner en valor la militancia cotidiana. Esquivar el algoritmo. Formarse. Recuperar la palabra. No legitimar histrionismos urgentes que nos dejan sin programa, sin visión estratégica y sin horizonte.
También supone reconstruir un criterio de validación política. Que no alcance con aparecer, gritar, tener un cargo o acumular visibilidad. Que vuelva a importar la formación, la inserción territorial, la capacidad de conducir, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, y el aporte real a una estrategia colectiva.
Que hacer política berreta vuelva a dar vergüenza significa eso: que la política deje de premiar la impostura, la improvisación y el narcisismo. No como gesto moralista, sino como condición para recuperar eficacia histórica. Una fuerza política que naturaliza la mediocridad termina perdiendo capacidad de transformar la realidad.
La berretada no es pueblo. Es la degradación de su representación.
Superar lo berreta no es un problema de estilo: es una tarea política. Implica disputar poder, pero también disputar los criterios con los que se construye, se reconoce y se legitima a quienes pretenden hablar en nombre del pueblo.




