Para comprender el escenario internacional actual suele ponerse el foco exclusivamente en las potencias contemporáneas, en particular en el rol de Estados Unidos. Sin embargo, según el análisis de Gastón Harispe, buena parte de la arquitectura geopolítica del mundo responde a estrategias diseñadas mucho antes, en el período de expansión imperial británica.
Desde esa perspectiva, numerosos territorios y configuraciones estatales surgieron o se consolidaron bajo la lógica de los “estados tapón”, países cuya función estratégica fue equilibrar fuerzas regionales y asegurar el control de rutas comerciales fundamentales para el sistema mundial.
“Eso nos lleva a la conclusión de los estados tapón. Salvo Kuwait, después Bahréin, los seis emiratos de los Emiratos Árabes Unidos y Omán —que fue durante siglos un gran imperio regional— hoy funcionan como países enclave dentro de los intereses británicos.”
Según explica Harispe, varios de estos territorios del Golfo Pérsico fueron durante décadas protectorados británicos, una forma de dominio indirecto que permitía a Londres sostener su influencia estratégica sin asumir el costo de una administración colonial directa.
“Bahréin y Catar en 1971, y poco después el resto de los emiratos, son hijos de un protectorado británico que venía desde el siglo XIX.”
Durante el siglo XIX, el imperio británico consolidó su presencia en la región mediante acuerdos con tribus y grupos locales que controlaban territorios costeros del Golfo. En ese período esos territorios fueron conocidos como los “estados de la tregua”.
“Eran tribus, bandas locales que guerreaban con los ingleses de la India y hacían piratería. Los ingleses ocupan esas tierras, los someten y durante el siglo XIX se los conoce como los estados de la tregua: treguas con grupos que hacían bandolerías en el mar, pero que en realidad eran pequeñas naciones. A todos les dan protección y los someten.”
Este sistema permitió a Gran Bretaña asegurar el control de una región clave para la navegación y el comercio internacional.
“Así se garantiza frente a los persas el control de toda una costa del Golfo y además se le quita esa salida a Arabia Saudita, que era el gran territorio sunita del siglo XIX.”
Para Harispe, esta lógica geopolítica no se limitó al Golfo Pérsico. El imperio británico aplicó estrategias similares en distintas regiones del mundo mediante enclaves territoriales o estados diseñados para equilibrar fuerzas entre potencias regionales.
“Hay una relación también para hacer con Uruguay y su condición de estado tapón, o con Bélgica. Hay otros ejemplos también, como Bangladesh.”
Uno de los casos más conocidos de esta estrategia fue Hong Kong, territorio que permitió a Gran Bretaña intervenir directamente en el comercio con China durante más de un siglo.
“Podemos hablar del pedazo que le sacan a China con Hong Kong para controlar el comercio marítimo.”
En todos estos casos, sostiene Harispe, la lógica estratégica es la misma: asegurar el control de las rutas marítimas y de los territorios por donde circulan los bienes fundamentales del sistema económico global.
“Los ingleses siempre están pensando en las vías navegables, en el comercio exterior de los países, pero sobre todo en los lugares donde circulan fuertes producciones necesarias para la división internacional del trabajo.”
Desde esta perspectiva, el orden internacional contemporáneo no puede explicarse únicamente a partir del poder visible de Estados Unidos. Según Harispe, la diplomacia británica continúa desempeñando un papel decisivo en muchos conflictos actuales, aunque muchas veces lo haga de manera menos visible.
“Hablan poco y empujan mucho. No son los que aparecen: aparecen los norteamericanos, pero cuando se requiere un reaseguro… aparecen los ingleses.”
Para el dirigente, esa influencia responde a una continuidad estratégica que atraviesa siglos de política exterior británica.
“Hay una diplomacia inglesa, una visión estratégica inglesa, que tiene una continuidad, una coherencia de cientos de años.”
Las tensiones contemporáneas en torno al Golfo Pérsico muestran hasta qué punto la disputa por las rutas marítimas y los territorios estratégicos sigue siendo uno de los ejes centrales del poder mundial. Pero esa misma lógica también aparece en otros espacios geopolíticos.
En el Río de la Plata, uno de los principales corredores de salida de la producción sudamericana hacia el comercio internacional, se desarrolla hoy una disputa silenciosa por el control de las rutas de navegación.
“Hoy el Río de la Plata está en disputa como uno de los pasos estratégicos del comercio mundial. La concesión de la vía troncal de navegación forma parte de un diseño de las rutas comerciales que favorece al capital global, pero también a la consolidación de Montevideo como puerto de aguas profundas.”
Según explica Harispe, el esquema logístico que se está consolidando en la región tiende a reorganizar el sistema portuario del Cono Sur en torno al puerto uruguayo.
“El dragado y el acceso al puerto dentro de la vía troncal de navegación conectan el corazón productivo de Sudamérica con el océano. Los ríos argentinos desembocan allí y esa dinámica fortalece la consolidación de Montevideo.”
Esa reorganización logística no tiene solamente consecuencias comerciales. También impacta directamente en la proyección geopolítica argentina en el Atlántico Sur.
“Eso condiciona la geopolítica argentina en el Atlántico Sur, porque en Montevideo operan, se reparan y se abastecen los barcos y las empresas que exploran o explotan los recursos del Atlántico Sur, desde la pesca hasta el petróleo.”
En ese marco, el control del Río de la Plata adquiere una dimensión estratégica mucho más amplia que la discusión portuaria.
“El control del Río de la Plata es el control de las rutas marítimas por donde salen los productos alimentarios y minerales de Sudamérica hacia el mundo.”
Desde esa perspectiva, Harispe advierte que la disputa por el sistema fluvial y marítimo del Cono Sur forma parte de la misma lógica geopolítica que organiza otras regiones estratégicas del planeta.
“El sometimiento en el Golfo Pérsico tuvo siglos de guerras. En el Río de la Plata el proceso fue distinto: hubo episodios de resistencia como la Vuelta de Obligado, pero también una diplomacia silenciosa y muchas decisiones políticas que, a lo largo de los años, terminaron condicionando la soberanía argentina sobre sus propias rutas de navegación.”
Visto en perspectiva, el vínculo entre el Golfo Pérsico y el Río de la Plata no es casual ni meramente analógico. En ambos casos aparece la misma lógica estratégica: el control de corredores marítimos por donde circulan recursos esenciales para la economía mundial. Si en el Golfo el objetivo histórico fue asegurar el dominio sobre las rutas energéticas y los estrechos que conectan Asia con Europa, en el Cono Sur la disputa gira en torno al control de las vías fluviales y portuarias por donde salen los alimentos, minerales y materias primas de Sudamérica.
En ese sentido, lo que Harispe describe no es simplemente una sucesión de conflictos regionales, sino una arquitectura geopolítica de larga duración, donde el control de los puntos de paso del comercio mundial —estrechos, estuarios, puertos y rutas navegables— constituye uno de los pilares del poder internacional. Del Golfo Pérsico al Río de la Plata, la disputa por las rutas marítimas revela hasta qué punto la lógica estratégica que organizó el imperio británico continúa proyectándose sobre el mapa del siglo XXI.




