Durante meses el gobierno construyó una identidad política muy clara. Se presentó como la fuerza que venía a terminar con los privilegios de la política tradicional, a enfrentar a la “casta” y a canalizar el enojo de millones de argentinos frente a una dirigencia que parecía vivir en otro mundo.
Pero con el correr del tiempo ese discurso empezó a vaciarse. Aquella épica moral contra los privilegios empezó a mostrarse cada vez más como un relato que ya no encuentra respaldo en la realidad. CHAMUYO
Porque mientras a la sociedad se le pide sacrificio permanente, el estilo de vida del gobierno, de sus funcionarios y de su entorno empieza a mostrar otra cosa.
Detrás de la retórica moral apareció algo distinto: una filosofía política fría, deshumanizante, que exige sacrificios sociales mientras preserva beneficios para quienes gobiernan y para los sectores que orbitan alrededor del poder.
Ese quiebre no apareció de un día para otro. Se fue insinuando en distintos episodios que, tomados por separado, podrían parecer menores. Pero cuando uno los mira juntos empiezan a mostrar otra cosa.
El caso que en redes sociales se bautizó como #DeslomarseGate terminó funcionando como una especie de síntesis de ese malestar.
La polémica por el viaje de la pareja de Manuel Adorni en el avión presidencial rumbo a Nueva York probablemente no habría tenido mayor trascendencia en otro momento. Pero ocurrió en un contexto donde la vida cotidiana de millones de argentinos se volvió cada vez más difícil y donde cada gesto del poder se observa con otra lupa.
La frase del propio funcionario terminó de encender todo. Dijo que viajaba a Nueva York a “deslomarse” trabajando.
En Argentina esa palabra tiene un significado muy concreto.
Deslomarse es levantarse antes de que salga el sol para ir a trabajar.
Deslomarse es encadenar dos o tres trabajos para sostener la casa.
Deslomarse es viajar horas en transporte público.
Deslomarse es mirar el precio de la carne y decidir llevar menos porque el sueldo no alcanza.
Deslomarse es la vida de millones de trabajadores.
Por eso la escena cayó tan mal: un funcionario hablando de deslomarse mientras viaja en avión oficial, se hospeda en hoteles cinco estrellas en Nueva York y lo hace acompañado por su pareja, en una gira pagada por el Estado.
El problema no es solamente el viaje.
El problema es lo que representa.
Mientras millones de argentinos ajustan el consumo, hacen cuentas todos los días o terminan atrapados en el circuito de prestamistas para poder llegar a fin de mes, desde el poder se pide comprensión por el “costado humano” de un funcionario que dice extrañar a sus hijos mientras viaja en avión oficial.
Ese contraste no genera solo críticas.
Genera bronca.
Bronca en quienes salen a trabajar cuando todavía es de noche.
Bronca en quienes hacen malabares para llegar a fin de mes.
Bronca en quienes no pueden darle a sus hijos la vida que quisieran.
Porque mientras la sociedad vive en modo ajuste permanente, desde el poder se ve otra lógica.
En ese contexto empiezan a acumularse otros factores que van erosionando la autoridad moral del gobierno: desde las revelaciones del escándalo cripto que salpicó al entorno del poder hasta una reforma laboral que muchos trabajadores perciben como una profundización de su precariedad.
El contraste es evidente.
Más sacrificio para los trabajadores.
Más flexibilidad laboral.
Más presión sobre la vida cotidiana de la gente.
Mientras tanto, privilegios intactos para quienes gobiernan y para los sectores económicos que se benefician del nuevo esquema.
Cuando esas piezas empiezan a juntarse, los episodios dejan de ser anécdotas.
Se transforman en símbolos.
Símbolos de una distancia creciente entre el gobierno casta y la vida real de la gente.
Símbolos de una narrativa moral que empieza a resquebrajarse.
La política argentina tiene una larga historia de cambios bruscos en el humor social. Ningún ciclo es eterno.
Porque cuando la economía funciona, muchas cosas se perdonan.
Pero cuando la vida cotidiana se vuelve más dura, cuando el esfuerzo no alcanza y cuando la esperanza no aparece, cualquier gesto del poder empieza a pesar el doble.
Tal vez por eso este episodio resonó tanto.
No porque explique por sí solo el malestar social.
Sino porque lo puso en evidencia.
Porque condensó frustraciones acumuladas.
Porque dejó ver la distancia entre el discurso y la realidad. Por que genera bronca.
Y porque dejó flotando una sensación que cada vez se escucha más en la calle:que el gobierno que prometió terminar con la casta es la verdadera casta.




