La semana que pasó nos dejó postales tristes de la realidad de nuestro país. Por un lado, un presidente de la Nación insultando, dando vergüenza, pero al mismo tiempo, en un tono similar de despropósito político, la imagen patética de un entredicho a cielo abierto entre dos sectores de una parte del peronismo: “nombrala a Cristina”, “Axel presidente”.
Dibujada la escena, tendría ahora que hacer un análisis profundo de estas imágenes, intentando poner a disposición de la reflexión colectiva todos los recursos acumulados en la formación y la experiencia política. Sin embargo, transcribiré textualmente algo que escuché: “nos estamos cagando de hambre, nos gobierna un loco de mierda y estos pelotudos se pelean entre sí”.
¿Hay acaso una descripción más cabal de orfandad? ¿No habita en ese enojo un diagnóstico evidente de las serias dificultades que tiene el peronismo para representar el sentimiento popular en un momento en que el hambre y la locura de Estado acechan la mesa y la vida de los argentinos?
Esto representa la infértil continuidad de lo que ya pasó durante el gobierno de Alberto Fernández: cartas y discusiones públicas concentrando energías que deberían estar puestas en resolver los problemas concretos de la gente. Pero hoy ocurre en un contexto terrible para nuestro pueblo. Mientras cobradores de préstamos usureros recorren los barrios con cascos negros y armados, acosando a trabajadores endeudados, algunos creen que la solución pasa por un escrache que agudice la microdiscusión interna.
¿Cómo se le explica a una sociedad agredida por Milei semejante miseria política, tanta chatura, falta de creatividad y ombliguismo?
La respuesta más sincera es que es inexplicable, que genera bronca y desgano, y que solo entusiasma a quienes tienen el miserable “privilegio” de sentirse parte del reducido núcleo que, en medio de tanto dolor, concibe el vanguardismo como una discusión interna de cartelitos y consignas, en un espacio cerrado en el cual la sociedad y sus dramas cotidianos quedan excluidos.
Quizás la rebeldía mayor hoy a Milei y al internismo miserable sea asumir lo simple. A mí nadie me preguntó si esa “acción” visibilizadora de las contradicciones internas era oportuna. Yo estaba preparando la presentación de un libro, otro u otra podrá decir “yo estaba preparando la olla”, habrá quien podrá decir “yo estaba en una asamblea en un barrio”, “en la actividad por los pibes de Budge”, “dándole una mano a mi primo a llenar la loza”, y así se pueden multiplicar por miles y miles quienes, en medio de este contexto, construyen escenas cotidianas más saludables que el presidente y con mayor jerarquía política que lo que hace “nuestra conducción”, devenida en novela barata con pocos espectadores.
No tenemos que, ni debemos hacernos cargo de actitudes políticas que no están a la altura de las circunstancias y que contrastan con la militancia cotidiana de muchos y muchas que todos los días hacen algo para cambiar la realidad. Qué simple: eso es la militancia, un acto de dignidad para cambiar lo que está mal. Todo aquello que no sea un aporte concreto a mejorar la vida de la gente y a que esta pesadilla se termine es funcional a Milei.
De un tiempo a esta parte se construyó una lógica de la foto, en la cual el militante territorial tiene que mostrarse para que lo vean desde arriba y lo habiliten a ser parte de la representación política. Es al revés: el abajo, que sostiene la relación con la sociedad, con la realidad, mira a los que tienen responsabilidad en la representación política y, en función de su capacidad de diseñar futuro y mejorar el presente, los habilita o no. Eso es lo sano. Todo lo otro es rosca y aparatismo, un mecanismo agotado, promotor del pesimismo y la derrota sistemática.
Ayer escuchaba a una diputada provincial dar un discurso en un barrio. Horrible. Habló de lo mal que estamos, sin horizonte, ni salida, sin programa ni proyecto. Por suerte, al rato tocó una banda de rock y el barrio bailó. Hoy hay más sentido revolucionario en la danza irredenta de la calle que en el discurso triste de una dirigente.
La vanguardia no está en los cargos, está en la militancia cotidiana. Por eso quienes transitamos esa cotidianidad tenemos esperanza: nos juntamos para ayudarnos y trabajamos para que Milei se vaya. En el dolor cotidiano no hay espacio para esas diferencias miserables. Me decís “Cristina libre”, te digo que sí, es lo justo, cómo no. Me decís “Axel presidente”, te digo que sí, es necesario construir hacia el futuro, pero también escuchá cuando te dicen “que el pueblo coma”, “queremos vivir mejor”.
Complejizar más el análisis muchas veces contribuye a la confusión. Hay cosas simples de este presente que no están tan mal: Milei y su gobierno van para atrás, la gente los odia, en los barrios hay solidaridad y reflejos de humanidad frente a la crueldad, la gente no cierra las puertas. Que lo de arriba se ordene rápido porque abajo hay urgencia y ganas de cambiar las cosas.




