Durante los
últimos dias, buena parte de la discusión pública sobre la Argentina quedó
atrapada en la superficie del conflicto. Las redes sociales se poblaron de
agravios, caricaturas y descalificaciones; los medios reprodujeron lecturas
simplificadas; los algoritmos multiplicaron el impacto de discursos que
reducían la complejidad de un pueblo a una etiqueta. La reacción inmediata fue,
naturalmente, emocional: responder, desmentir, señalar contradicciones,
disputar cada publicación. Sin embargo, permanecer en ese plano implica aceptar
las reglas del juego impuestas por quienes administran la economía global de la
atención.
Cuando un
fenómeno alcanza una escala internacional, involucra a múltiples actores y se
reproduce con una velocidad que supera cualquier discusión racional, deja de
ser un problema comunicacional para convertirse en un hecho geopolítico. La
pregunta, entonces, no es quién nos insultó ni cómo responder a cada agresión.
La verdadera pregunta consiste en comprender qué expresa esa hostilidad sobre
el momento histórico que atraviesa el sistema internacional y qué oportunidades
abre para la Argentina.
El agotamiento del paradigma
occidental
Durante más de
un siglo, buena parte de las élites argentinas organizó su proyecto nacional
alrededor de una premisa: nuestro destino consistía en ser la expresión más
europea de América Latina. Esa idea moldeó la política exterior, la formación
diplomática, los imaginarios culturales e incluso la manera en que amplios
sectores de la dirigencia entendieron el desarrollo nacional. Hoy ese paradigma se encuentra
profundamente agotado.
El mundo ya no
gira exclusivamente alrededor del Atlántico Norte. El crecimiento de Asia, la
consolidación de los BRICS, la emergencia de nuevas instituciones financieras
internacionales y el desplazamiento del centro económico mundial anuncian una
transición histórica hacia un orden crecientemente multipolar. Lo que está en
crisis no es solamente la posición relativa de determinadas potencias
occidentales, sino la pretensión de monopolizar la definición de qué pueblos
son legítimos, modernos o civilizados.
Sin embargo,
buena parte de nuestra dirigencia continúa actuando como si ese viejo orden
permaneciera intacto. Se sigue buscando reconocimiento donde ya no reside el
único centro de gravedad del sistema internacional.
El algoritmo como dispositivo
geopolítico
La hostilidad
contemporánea no puede comprenderse únicamente desde categorías morales.
Las plataformas
digitales han transformado la indignación en un modelo de negocios. Sus
algoritmos privilegian los contenidos que generan mayor reacción emocional,
favoreciendo la circulación de simplificaciones, estigmatizaciones y lecturas
binarias. En ese contexto, los pueblos dejan de ser comprendidos en su
complejidad histórica para convertirse en objetos fácilmente clasificables
dentro de narrativas funcionales a la economía de la atención.
La Argentina no
quedó al margen de esa lógica.
Durante estos
días asistimos a un proceso en el que una parte significativa de la
conversación internacional redujo la historia, la cultura y la diversidad del
pueblo argentino a una caricatura construida sobre prejuicios. No importaron
los matices, las explicaciones ni los contextos. Lo importante era producir una
imagen capaz de circular rápidamente y generar millones de interacciones.
La velocidad
algorítmica reemplazó al análisis político.
Por eso el
problema excede ampliamente el contenido de determinadas publicaciones. Lo que
está en discusión es la capacidad de los dispositivos tecnológicos para
intervenir en la construcción de legitimidades internacionales.
La ausencia de una política
exterior con capacidad de incidencia
Frente a ese
escenario, la Argentina mostró otra debilidad estructural.
Todo Estado
moderno desarrolla instrumentos de diplomacia pública. No alcanza con mantener
embajadas o negociar acuerdos comerciales. La política exterior también
consiste en intervenir en la conversación global, producir narrativas
nacionales, responder campañas de desinformación y construir prestigio
internacional. Nada de eso ocurrió.
Mientras se
multiplicaban las representaciones distorsionadas sobre nuestro país, el
servicio exterior argentino permaneció prácticamente ausente. La Cancillería no
logró instalar una voz consistente capaz de explicar la posición argentina ni
de disputar el sentido de esas narrativas.
Esa ausencia no
constituye un detalle administrativo. Refleja una política exterior que ha
perdido capacidad de iniciativa y que, bajo el gobierno de Javier Milei,
renunció en gran medida a construir una estrategia internacional propia para
limitarse a reproducir alineamientos automáticos. Cuando un Estado abandona la
disputa por el sentido, otros ocupan inevitablemente ese espacio.
Del rechazo occidental a la
oportunidad del Sur Global
Es precisamente
allí donde aparece la oportunidad.
Durante
décadas, numerosos países del denominado Sur Global aprendieron a convivir con
campañas sistemáticas de deslegitimación internacional. Rusia, China, India,
Cuba y muchos países de Asia, África y América Latina desarrollaron
experiencias históricas muy diferentes entre sí, pero compartieron un
aprendizaje fundamental: construir legitimidad nacional sin depender
exclusivamente del reconocimiento de las potencias occidentales.
La Argentina
comienza, quizás por primera vez en mucho tiempo, a experimentar esa tensión. Y
eso obliga a revisar una vieja premisa de nuestra política exterior: la idea de
que el reconocimiento europeo o norteamericano constituye la condición
indispensable para nuestra inserción internacional.
En este
contexto adquiere un significado especial el gesto del embajador de la
Federación de Rusia en la República Argentina, Dmitry Feoktistov. En
medio de una campaña de desprestigio brutal contra nuestro país, amplificada
por medios internacionales, redes sociales y dinámicas algorítmicas que
redujeron la complejidad del pueblo argentino a una caricatura degradante,
Feoktistov eligió vestir públicamente la camiseta de la Selección Argentina y
destacar las afinidades entre ambos pueblos, reivindicando valores como la
fortaleza, la gallardía y la capacidad de resistencia.
Ese gesto
merece ser valorado porque expresa una forma de reconocimiento político y
cultural hacia una identidad nacional que, mientras es deslegitimada desde
determinados sectores del Norte global, comienza a ser observada con interés y
respeto desde otros espacios del sistema internacional. La fotografía del
embajador ruso sintetiza, en una escena sencilla, una transformación mucho más
profunda: la Argentina puede construir relaciones internacionales desde el
respeto mutuo y la cooperación, sin asumir que el único horizonte posible es la
aprobación de los viejos centros de poder.
No se trata
solamente de diversificar vínculos diplomáticos. Se trata de comprender que el
desplazamiento hacia un mundo multipolar permite pensar una inserción
internacional basada en la autonomía, la reciprocidad y el reconocimiento entre
pueblos que conocen, desde trayectorias distintas, las consecuencias del
colonialismo, de la subordinación y de las disputas por la soberanía.
La tradición anticolonial
argentina
Esa posibilidad
no constituye una ruptura con nuestra historia. Por el contrario, supone
recuperar una tradición nacional frecuentemente invisibilizada.
La Argentina
nació enfrentando a un imperio europeo durante las Invasiones Inglesas. La
Vuelta de Obligado representó la defensa de la soberanía frente a las
principales potencias navales del siglo XIX. La causa Malvinas continúa
expresando la persistencia de una situación colonial incompatible con el
derecho internacional contemporáneo. Existe
una continuidad histórica entre esos acontecimientos.
No porque
pertenezcan al mismo contexto, sino porque todos forman parte de una memoria
nacional construida alrededor de la defensa de la soberanía. Esa tradición
también se expresa en la cultura popular. La literatura, la música, el deporte
y particularmente el fútbol incorporaron esos episodios como parte de un
lenguaje compartido. Los goles de Diego Maradona frente a Inglaterra en el
Mundial de 1986 exceden ampliamente la dimensión deportiva porque fueron
apropiados simbólicamente por amplios sectores del pueblo como una reafirmación
de dignidad después de la derrota de Malvinas.
La identidad argentina no se construyó
únicamente mirando hacia Europa. También se construyó resistiendo distintas
formas de subordinación.
La Argentina como actor del Sur
Global
Asumir esta
perspectiva implica revisar profundamente la manera en que pensamos nuestra
política exterior.
El desafío ya
no consiste en obtener certificados de pertenencia a Occidente ni en reproducir
alineamientos automáticos con alguno de los polos del sistema internacional.
Tampoco se trata de sustituir una dependencia por otra. El desafío consiste en construir autonomía.
Eso supone
fortalecer la integración latinoamericana, ampliar la cooperación con África y
Asia, consolidar relaciones estratégicas con China, Rusia, India y otros
actores emergentes, participar activamente de las nuevas arquitecturas
multilaterales y recuperar una diplomacia capaz de defender los intereses
nacionales con independencia y profesionalismo. El Sur Global no constituye
solamente una categoría geográfica.
Es la expresión
política de un conjunto de pueblos que disputan la distribución del poder
mundial y que buscan construir un orden internacional más plural, menos
jerárquico y más respetuoso de las distintas trayectorias históricas. La Argentina tiene condiciones para formar
parte de ese proceso.
No únicamente
por razones económicas o estratégicas, sino porque su propia historia nacional
contiene una tradición profundamente vinculada con la defensa de la soberanía,
la autodeterminación y la resistencia frente a las formas de dominación
colonial.
Convertir la agresión en oportunidad geopolítica
Los cambios de
época suelen manifestarse primero como crisis.
Lo que hoy
aparece como una campaña de desprestigio contra la Argentina puede ser leído
únicamente como una agresión o puede convertirse en una oportunidad para
revisar las bases sobre las cuales pensamos nuestra inserción internacional.
La historia
demuestra que los pueblos no construyen su lugar en el mundo esperando
reconocimiento, sino desarrollando la capacidad de definir por sí mismos sus
intereses, sus alianzas y su horizonte histórico.
Quizás la
principal enseñanza de este momento sea precisamente esa. El viejo paradigma
que invitaba a la Argentina a pensarse como una periferia cultural de Europa ha
comenzado a agotarse. Frente a un orden internacional que se reorganiza
aceleradamente, el desafío consiste en recuperar una política exterior soberana
y una conciencia nacional capaz de reconocerse como parte de un Sur Global que
ya no acepta ocupar un lugar subordinado en la historia.
El odio que hoy
proviene de ciertos sectores del Norte global no debe condicionar nuestra
autoestima ni determinar nuestra agenda. Puede convertirse, si sabemos
interpretarlo, en el impulso necesario para construir una Argentina que deje de
buscar legitimidad en la mirada ajena y comience a ejercer, con plena
conciencia de su historia y de sus capacidades, una presencia propia en el
mundo multipolar que está naciendo.




