Es lo que se ve
La fotografía como evidencia
Hay una fotografía que es una evidencia: Delcy Rodríguez y Donald Trump, juntos, sonrientes, en Nueva York. Se pueden construir alrededor de esa fotografía cientos de relatos, elaborar explicaciones diplomáticas, tácticas o estratégicas, hablar de pragmatismo, de relaciones de fuerza, de negociación o de necesidad política. Todo eso podrá discutirse. Pero hay algo que permanece antes de cualquier relato: la fotografía es una evidencia y muestra una escena concreta. Y esa escena es difícil de conciliar con buena parte de la tradición política de la que proviene Delcy Rodríguez.
Porque hay otra imagen del mismo día que completa la escena: Delcy Rodríguez acercándose a Pedro Sánchez mientras él habla por teléfono, esperando que termine para poder saludarlo. La imagen transmite algo difícil de conciliar con la potencia del liderazgo histórico de la Revolución Bolivariana: un afán de acercamiento, casi de estudiante que espera que el otro deje el teléfono para poder saludarlo; una actitud que aparece muy lejos de la dignidad y de la autoridad con las que alguna vez el chavismo se plantó frente a los poderes del mundo. Y unas horas después aparece la fotografía con Trump. Dos imágenes del mismo día que hablan por sí solas, porque una cosa es la diplomacia y otra es la posición desde la que se ejerce; una cosa es negociar y otra es mostrar subordinación. Es lo que se ve.
Lo que alguna vez representó el chavismo
Y lo que se ve dista mucho de aquel “váyanse a la mierda, yanquis de mierda” de Hugo Chávez. Dista mucho de aquel chavismo contestatario que podía enfrentarse al rey de España, que podía confrontar públicamente a los Estados Unidos y que construyó buena parte de su identidad política alrededor de una idea de soberanía, dignidad y resistencia frente al poder imperial. Había allí una potencia política, una capacidad de plantarse frente al poder, una forma de ejercer el liderazgo que hoy cuesta encontrar en estas imágenes.
Cuando el relato ocupa el lugar de la realidad
Vivimos, al mismo tiempo, en un mundo distópico en el que la inteligencia artificial, los avances tecnológicos y los algoritmos nos llevan muchas veces a desconocer la realidad o a habitarla desde un lugar distinto de aquello que efectivamente se constata. Podemos construir relatos, narrativas y universos enteros alrededor de una escena hasta conseguir que el relato termine ocupando el lugar de la realidad. Mientras los ricos del mundo hablan de irse a vivir a Marte o de colonizar otros planetas, quizás el debate más grande que tenemos sea mucho más elemental: hacer coincidir los relatos, las narrativas y las corrientes algorítmicas con la realidad.
Considerar que la realidad es algo diferente de lo que se ve muchas veces nos lleva a transitar las ideas, las utopías o incluso los posicionamientos políticos desde un lugar cada vez más alejado de aquello que efectivamente ocurre. Y quizás hoy un salto revolucionario sea poder hacer coincidir la realidad con aquello que se relata o se narra. Las ideas, las utopías y los posicionamientos políticos necesitan partir de la realidad y no de una realidad construida para que coincida con aquello que necesitamos creer. Cuando el relato comienza a ocupar el lugar de los hechos, dejamos de interpretar la realidad para empezar a acomodarla a nuestras necesidades.
La potencia está en lo que se ve
Por eso la potencia está en lo que se ve. Y lo que se ve no es solamente una fotografía entre Delcy Rodríguez y Donald Trump. Esa fotografía aparece después de una intervención militar estadounidense en Venezuela, después de la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores y después de que Trump reivindicara públicamente la operación. Lo que se ve es a Delcy Rodríguez frente al hombre que reivindica esa intervención y que presenta el resultado de la misma como una victoria. Y esto importa porque la fotografía no está flotando en el vacío: tiene un contexto, tiene muertos, tiene una intervención militar, tiene un presidente venezolano capturado, tiene recursos estratégicos en discusión y tiene a un presidente estadounidense reivindicando el resultado de esa operación.
En estas horas, paradójicamente, sorprendentemente, aparece toda una épica del triunfo, de la diplomacia de la paz, una grandilocuencia alrededor de una supuesta victoria. Y lo importante es decir algo muy sencillo: la derrota no tiene épica. Una derrota puede ser una derrota. Lo que se puede discutir es cómo se la enfrenta, qué posición se adopta frente a ella y qué dignidad se conserva cuando las condiciones son adversas. Pero una derrota no se transforma en victoria simplemente porque construyamos alrededor de ella un relato grandilocuente. La realidad conserva una dimensión que el discurso no puede borrar.
Las palabras del vencedor
Lo que se ve es una Delcy Rodríguez que tolera que Trump diga las barbaridades que dijo. Trump habló de la operación estadounidense en Venezuela en términos de victoria y de vencedor, reivindicó el uso de la fuerza y habló incluso de los beneficios que corresponden al vencedor. Eso es un oprobio ofensivo a los muertos, que no son solamente muertos venezolanos, sino también cubanos, pero fundamentalmente muertos en una intervención sobre territorio latinoamericano. Ese contexto no desaparece porque después se construya una fotografía diplomática ni porque se encuentre una explicación estratégica para cada gesto.
Eso sucedió. Y resulta incomprensible que después Delcy Rodríguez aparezca en actitud victoriosa, sonriente, frente a esa demostración de poder y frente a quien tiene capturado al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y a Cilia Flores. Podemos discutir las razones de la negociación, las relaciones de fuerza, las necesidades tácticas, las circunstancias y las alternativas. Todo eso forma parte de la política y puede ser analizado. Pero hay algo que está antes de todas esas explicaciones: lo que sucedió.
La táctica y la coherencia
Y ahí aparece una pregunta que no deberíamos esquivar: ¿cuál es la diferencia entre la actitud de Milei y la actitud de Delcy Rodríguez? Seguramente en estas horas aparecerán explicaciones destinadas a establecer diferencias profundas entre una y otra, y se nos dirá que una responde a una lógica y la otra a otra, que una expresa subordinación y la otra una táctica, que una expresa un proyecto político y la otra una necesidad histórica. Todo eso podrá discutirse. Pero es importante mirar la actitud concreta, porque si la política puede ser explicada siempre como táctica, entonces la coherencia empieza a no tener ningún peso específico. Y cuando la coherencia pierde peso específico, casi cualquier cosa puede convertirse en una estrategia: una concesión puede ser presentada como una victoria, una subordinación como pragmatismo, una derrota como diplomacia de paz y una fotografía como una épica. La realidad, sin embargo, sigue estando ahí.
Una referencia de dignidad
Si hoy hay que mirar una referencia, como la vimos el 3 de enero, esa referencia fue la dignidad cubana, que combatió hasta el final frente a las tropas norteamericanas y produjo una respuesta durísima, dignísima, a pesar de estar en inferioridad de medios y en inferioridad de condiciones de todo tipo. También ayer fue la delegación cubana la que se levantó y se fue. Allí aparece una referencia de dignidad, una referencia desde la cual pelear y desde la cual mirarnos. Hay momentos en los que la política necesita recuperar la capacidad de establecer un límite frente al poder.
Y esto importa especialmente para quienes nos pensamos desde una tradición de izquierda, de soberanía, de emancipación y de transformación. Porque no podemos perder la capacidad de reconocer una referencia cuando la vemos. No podemos construir una épica artificial alrededor de aquello que no nos ofrece ninguna referencia. Y no podemos convertir una escena de subordinación en una escena revolucionaria simplemente porque necesitamos preservar una determinada narrativa.
La entrega también es conceptual
Porque si caemos en esta lógica pragmática, táctica, donde la coherencia parece no tener demasiado peso específico y la realidad puede trastocarse mediante un discurso grandilocuente, perdemos algo mucho más importante que una discusión política coyuntural: perdemos la capacidad de pensar. Lo que se ve es a una Delcy Rodríguez muy contenta acerca de Trump. Lo que se ve es a un proceso histórico venezolano al que hemos admirado pero que ya no aparece como referencia, porque hoy forma parte de dispositivos que fortalecen a Donald Trump y de una entrega estratégica de recursos, no solamente naturales sino también conceptuales e ideológicos.
Y esto último es quizás todavía más importante, porque no se trata solamente de petróleo, de recursos naturales o de acuerdos económicos. También se entregan símbolos, referencias, palabras y tradiciones políticas. Una tradición que durante años se construyó alrededor de la resistencia al imperialismo puede terminar siendo utilizada para legitimar una nueva relación de subordinación. Y cuando eso sucede, la entrega no es solamente material: también es conceptual. Se entrega una parte de aquello que durante años permitió construir una mirada sobre el mundo, una forma de interpretar la soberanía y una manera de entender la emancipación.
No traicionar el intelecto
Entonces no hay más vuelta. Por una cuestión de dignidad, como militantes, es importante no traicionar el intelecto y caer en la cuenta de que es lo que se ve.
Saldrán en estas horas algunos a decir: “No, es una táctica”. Bueno, pero ningún proceso revolucionario llegó así. ¿Se imaginan a Fidel Castro celebrando con Kennedy después de Playa Girón? Sería más o menos así. La comparación puede parecer brutal, pero justamente permite comprender el problema: una cosa es negociar con el adversario y otra construir una escena de celebración con quien acaba de reivindicar una intervención militar; una cosa es administrar una derrota y otra construir una épica de la derrota.
Volver a la realidad
Y quizás el problema de nuestro tiempo sea justamente ese: hemos aprendido a construir relatos capaces de modificar nuestra percepción de la realidad. La inteligencia artificial puede hacerlo, los algoritmos pueden hacerlo, las narrativas políticas pueden hacerlo, las grandes potencias pueden hacerlo y nosotros mismos podemos hacerlo cuando necesitamos que la realidad se parezca a aquello que queremos creer. Por eso quizás hoy un salto revolucionario sea algo mucho más elemental y, al mismo tiempo, mucho más difícil: volver a la realidad, hacer coincidir aquello que es con aquello que se relata y se narra, no abandonar las utopías sino evitar que las utopías se conviertan en una excusa para desconocer los hechos, no abandonar la política sino evitar que la política nos obligue a negar aquello que tenemos delante, no dejar de pensar estratégicamente sino recuperar la coherencia como una dimensión de la estrategia.
Y quizás la primera obligación de quienes todavía creemos que la política puede transformar la realidad sea no traicionar el intelecto para salvar el relato. Mirar la realidad, pensar desde ella y sostener las ideas frente a aquello que efectivamente ocurre. Porque antes de cualquier explicación, antes de cualquier épica y antes de cualquier construcción narrativa, hay algo que permanece delante de nosotros.
Es lo que se ve.




