¡Lula ganó! Y su victoria es una gran noticia para los pueblos de América Latina. En tiempos de avance de las derechas, discursos de odio y ataques contra los derechos sociales, Brasil vuelve a demostrar que la historia no está escrita y que los pueblos tienen capacidad para disputar su destino.
Hay una imagen que resume esta disputa: Lula reivindicando su identidad de trabajador frente a los insultos de sus adversarios. Como señalábamos en un artículo anterior, desde esa identidad pudo ponerle un límite a la prepotencia de los Bolsonaro y afirmar, con la fuerza de su propia historia: usted no me va a insultar.
No es un detalle. Lula no esconde su identidad para construir mayorías. Su historia de trabajador es parte de su fuerza política. Y esa identidad conecta con millones de brasileños que conocen la lucha por el trabajo, la dignidad y los derechos conquistados. El peso del voto del Nordeste expresa también esa memoria popular: allí donde la desigualdad golpeó históricamente con más fuerza, la política tiene un significado concreto y la justicia social forma parte de la experiencia cotidiana.
Pero esta victoria también deja otra enseñanza fundamental: la construcción territorial, la militancia barrial y la organización popular siguen siendo decisivas.
En un mundo donde los poderosos invierten fortunas para manipular las conversaciones públicas, condicionar elecciones y concentrar el poder de las plataformas digitales, Brasil nos recuerda que la política no se agota en las redes sociales. Los algoritmos pueden amplificar mensajes, instalar temas y multiplicar operaciones, pero no reemplazan la construcción de vínculos, la organización cotidiana ni la presencia militante en el territorio.
Frente al poder de Meta y de las grandes corporaciones tecnológicas, la capilaridad de una construcción popular histórica conserva una fuerza propia. Es la militancia que camina los barrios, conversa con los vecinos, organiza a los trabajadores y sostiene una presencia concreta aun cuando las cámaras se apagan y las campañas terminan.
Las redes importan, pero las calles son decisivas. La política no se construye solamente conquistando el algoritmo: se construye también estando donde vive, trabaja y se organiza el pueblo.
La victoria de Lula reivindica esa historia. Frente a la violencia y la retracción promovidas por el bolsonarismo, la militancia volvió a ocupar las calles y a disputar el sentido de la política desde abajo. La identidad popular no fue un obstáculo que hubiera que disimular: fue una fuerza para construir mayorías.
También hay una dimensión geopolítica. Lula representa una tradición de defensa de la soberanía brasileña y de búsqueda de un mundo multipolar. Frente a quienes pretenden que América Latina se subordine a Estados Unidos, Brasil vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de construir una política propia.
La victoria interpela directamente al paradigma de Javier Milei y Donald Trump: un modelo que promueve el individualismo, debilita las organizaciones colectivas y busca convertir los derechos sociales en privilegios.
Pero los pueblos no son espectadores pasivos de la historia. Cuando existe organización, identidad y voluntad colectiva, pueden enfrentar a quienes concentran el poder económico, mediático y tecnológico.
Lula ganó. Y esta victoria nos recuerda algo que nunca debimos olvidar: ningún algoritmo reemplaza a un pueblo organizado.
Hoy Brasil celebra y América Latina encuentra razones para recuperar la iniciativa. Porque la fuerza capaz de poner límites a los proyectos autoritarios y antipopulares sigue estando en los trabajadores, en los barrios, en la militancia cotidiana y en los pueblos que no renuncian a protagonizar su propia historia.




