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Internacionales Lula Pueblo
24/10/2026 | 112 visitas
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Por Diego Molinas_ Lula respondió al insulto de «nueve dedos» reivindicando su historia de trabajador y la dignidad del pueblo frente a la arrogancia de los poderosos. Una escena que puede incidir en las elecciones de Brasil y pone en valor la fuerza política de un dirigente que no solo habla del pueblo: viene de él.

La dignidad del trabajador frente a la arrogancia del poder

En el debate presidencial brasileño, Flávio Bolsonaro llamó despectivamente «nueve dedos» a Lula, burlándose de la pérdida de un dedo mientras trabajaba. Lula decidió no dejar pasar el insulto. Anunció que no se llevaría esa ofensa a su casa y que utilizaría su minuto para responder.

Entonces reivindicó su historia: comenzó a trabajar a los 17 años, perdió un dedo trabajando de noche y, aunque era ilegal que trabajara en esas condiciones, tuvo que hacerlo porque, si no trabajaba, no comía. Frente a esa experiencia, le recordó a Flávio Bolsonaro que el nunca había trabajado y que su primer y único empleo había sido, un puesto trucho creado por su padre.

Después pronunció una frase contundente: «No voy a permitir que un miliciano me llame nueve dedos». La referencia a las milicias brasileñas, vinculadas con organizaciones criminales, elevó el tono de la confrontación. Lula le exigió respeto y recordó que el pueblo trabajador estaba mirando.

Lo que ocurrió en ese intercambio tiene una fuerza política particular. Lula no aceptó que su historia de trabajador fuera utilizada para humillarlo. Por el contrario, la convirtió en el fundamento de su respuesta. Frente a un adversario que pretendía colocarse por encima de él, reivindicó su propia trayectoria y le puso un límite a la arrogancia.

Esa respuesta expresa algo que va más allá de la confrontación personal. Lula conoce el mundo del trabajo, comenzó su militancia en la organización sindical y construyó su liderazgo a partir de esa experiencia. Cuando defiende su dignidad, también reivindica la de millones de trabajadores que conocen el esfuerzo cotidiano y que muchas veces deben soportar el desprecio de quienes se consideran superiores por su posición económica o social.

Estoy convencido de que esta escena va a tener incidencia en el resultado electoral de Brasil. A un día de las elecciones, Lula expresa en ese gesto una relación histórica con el pueblo brasileño y una necesidad que atraviesa a los sectores populares: poner un límite a la arrogancia de los ricos y los poderosos.

La política en tiempos de algoritmos

Los procesos electorales están cada vez más atravesados por la intervención de las grandes corporaciones digitales. Los algoritmos condicionan la circulación de la información, distribuyen la visibilidad de los candidatos y pueden favorecer determinadas corrientes de opinión. La disputa democrática se desarrolla, cada vez más, en plataformas controladas por empresas que concentran un enorme poder sobre la comunicación pública.

Durante este proceso electoral brasileño se denunciaron restricciones en herramientas digitales vinculadas con contenidos de Lula. Entre ellas, dificultades para acceder a determinada información o generar imágenes políticas mediante aplicaciones de inteligencia artificial. Estos señalamientos  ponen de manifiesto una preocupación central: ¿qué igualdad existe en una elección cuando la comunicación política depende de herramientas controladas por unos pocos actores privados?

El poder de estas plataformas no se limita a mostrar u ocultar información. También tienen capacidad para intervenir sobre las emociones, orientar percepciones y condicionar la manera en que las personas interpretan la realidad. El miedo, el resentimiento, la indignación y el desprecio pueden convertirse en instrumentos de construcción política.

En un tiempo en que la comunicación circula cada vez más por esos canales, la concentración del poder digital plantea un problema democrático de primer orden. Sin embargo, la política no se reduce a la visibilidad que un candidato consigue en las redes ni a las emociones que una campaña logra despertar.

También existen historias compartidas, experiencias sociales y esperanzas que se construyen a lo largo de generaciones. Allí aparece la potencia de Lula: su capacidad de expresar las construcciones históricas del pueblo brasileño, una identidad política que no nació con una campaña electoral ni puede explicarse solamente a través de una estrategia de comunicación.

La escena del debate permite ver esa relación. Mientras su adversario intenta convertir una marca de su cuerpo en motivo de burla, Lula reivindica la historia que lo vincula con los trabajadores. En esa respuesta hay una experiencia colectiva que puede reconocerse más allá de las plataformas y de los algoritmos.

Cuando la política deja de parecerse al pueblo

En los últimos años, la política se ha ido convirtiendo cada vez más en patrimonio de profesionales, tecnócratas, especialistas en comunicación y sectores medios. Se consolida un estereotipo de dirigente asociado a determinados códigos culturales, estéticos y sociales que muchas veces poco tienen que ver con la experiencia de un trabajador.

La apariencia, el lenguaje, las credenciales profesionales y la aceptación dentro de ciertos circuitos sociales adquieren un peso creciente en la construcción de candidaturas. La lógica de las plataformas puede profundizar esa tendencia al favorecer determinadas imágenes y estilos de comunicación.

Este es uno de los grandes problemas de los procesos populares y progresistas. En la búsqueda de una figura electoralmente aceptada, se puede terminar privilegiando una imagen socialmente hegemónica y excluyendo a quienes no encajan en ella. Los trabajadores, los dirigentes barriales y los referentes de los sectores populares quedan relegados porque sus trayectorias, sus formas de expresarse o sus condiciones sociales no responden al estereotipo dominante.

Así, los sectores populares son convocados a votar, militar y acompañar proyectos políticos, pero no siempre ocupan un lugar equivalente en las listas, las candidaturas y los espacios de conducción. El pueblo aparece como destinatario de las políticas, mientras otros se reservan el derecho de representarlo.

El problema no es la formación profesional ni el conocimiento técnico. El problema aparece cuando esos atributos se convierten en criterios excluyentes y la política deja de reconocer el valor de las experiencias populares como fuente de pensamiento, organización y conducción.

Lula representa una trayectoria distinta. Es uno de los dirigentes que todavía expresan de manera directa esa relación entre el mundo del trabajo, la organización sindical y la construcción política. No necesita adaptar su historia a una estética determinada para demostrar que pertenece a ese mundo.

Por eso su respuesta a Flávio Bolsonaro tiene una potencia que no puede reducirse a la eficacia de una intervención en un debate. Lula se planta frente a un adversario que pretende humillarlo y lo hace desde una identidad política construida a lo largo de su vida.

La fibra de lo popular

Hay una diferencia fundamental que los movimientos populares necesitan recuperar: no es lo mismo sentirse sensibilizado por lo popular que tener la fibra de lo popular.

Sentirse sensibilizado puede llevar a reconocer las injusticias y defender políticas destinadas a mejorar las condiciones de vida de los trabajadores. Tener la fibra de lo popular supone una relación más profunda con sus experiencias, sus formas de organización, sus conflictos y sus condiciones concretas de existencia.

Esa fibra no se construye con una estética barrial, un lenguaje aprendido o una campaña que busca transmitir cercanía. Se construye en una trayectoria y en una relación política con quienes viven de su trabajo. La procedencia social, por sí sola, tampoco garantiza una representación auténtica: esa relación tiene que expresarse en la organización, las decisiones y la capacidad de construir poder colectivo.

Lula pudo ponerle ese límite al bolsonarismo porque tiene esa fibra de lo popular. Cuando Flávio Bolsonaro se burla de su dedo, Lula no responde desde una identidad construida para la ocasión. Responde desde su historia de trabajador, desde una experiencia que comparte con millones de brasileños.

Cuando falta esa fibra, la política corre el riesgo de divagar sobre conflictos ajenos al pueblo, de hablar en su nombre sin incorporar sus experiencias y de convertir sus necesidades en un recurso electoral.

La arrogancia que Lula enfrenta en el debate también está presente en la vida cotidiana. Es habitual que los sectores populares sean tratados con desprecio por personas que muchas veces son sus empleadores o tienen trabajadores bajo su dependencia. Ese desprecio expresa una forma de concebir las relaciones sociales: algunos se atribuyen el derecho de humillar y otros parecen obligados a soportarlo.

Esa costumbre tiene que encontrar un límite. Y ese límite no puede ponerlo solamente quien se siente sensibilizado por lo popular, pero busca parecerse estética y simbólicamente a los sectores medios altos. También debe ponerlo quien procede de los sectores populares, conoce sus experiencias y tiene la fibra para defender su dignidad.

Esa es la belleza y la irreverencia de la posición de Lula. Un trabajador que no acepta la humillación de un poderoso y le exige respeto frente a un pueblo que está mirando. Al defender su propia historia, reivindica la dignidad de quienes trabajan y conocen el esfuerzo de ganarse la vida.

Hablar de pueblo o ser de pueblo

A un día de las elecciones en Brasil, estoy convencido de que esta escena va a incidir en el resultado electoral. No solamente por la contundencia de la respuesta, sino porque expresa una trayectoria histórica, una relación con el pueblo y una necesidad de los sectores populares que atraviesa Brasil, Argentina y otras partes del mundo.

La disputa por la representación popular no se resuelve únicamente con programas, discursos o estrategias de comunicación. También se juega en la posibilidad de que los trabajadores y los sectores populares se reconozcan en quienes aspiran a conducirlos. Y esa identificación necesita algo más que sensibilidad social: necesita historia, experiencia y compromiso con la organización del pueblo.

En un tiempo en que los algoritmos condicionan la comunicación y los estereotipos sociales pueden determinar quién tiene posibilidades de ocupar una candidatura, Lula pone en escena el valor de una trayectoria que no se puede fabricar. Su historia de trabajador y dirigente sindical le permite responder a la provocación desde un lugar propio y convertir una ofensa personal en una reivindicación colectiva.

Esa es una enseñanza para los movimientos populares. Los trabajadores y los habitantes de los barrios no pueden quedar reducidos al lugar de destinatarios de políticas o de votantes convocados cada cuatro años. Necesitan ser protagonistas de las candidaturas, de las organizaciones y de las decisiones.

Porque la representación popular requiere dirigentes capaces de poner límites a la arrogancia de los poderosos, pero también organizaciones dispuestas a reconocer y promover la conducción de quienes proceden del pueblo.

No alcanza con hablar en nombre del pueblo ni con sentirse sensibilizado por sus problemas. Hace falta tener la fibra de lo popular. Lula lo expresó en el debate, y estoy convencido de que el pueblo brasileño va a reconocer la fuerza política de ese gesto en las urnas.

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