En la madrugada de hoy, dentro del perímetro de la Quinta de Olivos, un soldado del Ejército Argentino de 21 años fue hallado muerto de un disparo en la cabeza. Cumplía funciones de seguridad. El arma utilizada habría sido la reglamentaria, un fusil FAL. El hecho fue tratado como un incidente operativo más. La agenda presidencial no se modificó.
La escena es elocuente no por lo que exhibe, sino por lo que confirma: una vida joven no alcanza para interrumpir el funcionamiento del poder. No hubo pausa institucional, no hubo mensaje político, no hubo explicación pública. La muerte quedó encapsulada en un parte judicial. El gobierno siguió.
Según las primeras informaciones, junto al cuerpo se habría encontrado una carta. Aunque su contenido no fue confirmado oficialmente, la hipótesis principal indica que el joven atravesaba una situación de endeudamiento extremo, con compromisos que rondaban los dos millones de pesos frente a distintas entidades bancarias que reclamaban el pago de un déficit imposible de afrontar con su ingreso. Esa presión económica habría sido el factor determinante de la decisión.
No se trata de un drama privado. No es una tragedia individual. Es el resultado de un modelo económico que empuja, acorrala y luego se desentiende.
Javier Milei ha dicho que no le interesa la “micro”. Que su gobierno se ocupa de las grandes variables, de los equilibrios macroeconómicos, de los mercados. Esta muerte expone el contenido real de esa definición. Cuando la política se desentiende de la vida concreta, se cobra en cuerpos, en nuestras vidas la respuesta son silencios administrativos, en agendas que continúan como si nada hubiera ocurrido.
La deuda, en el modelo de Milei, no es un problema social a resolver: es un dispositivo de crueldad. El que no puede pagar es señalado como responsable. La culpa se internaliza. El fracaso se vuelve moral. El Estado no acompaña, no contiene, no interviene: se corre.
Este caso no es una excepción. En los barrios populares, escenas similares se repiten todos los días. Allí el endeudamiento no siempre pasa por bancos o tarjetas: lo imponen prestamistas usureros y redes delictivas, con intereses abusivos, amenazas y violencia directa. El miedo reemplaza al resumen bancario. La angustia se vuelve permanente. Las salidas se achican hasta desaparecer. Esas muertes no llegan a los medios. No alteran ninguna agenda.
La crueldad del modelo no se expresa solo en estas muertes. Se expresa también en todo lo que nos roba cotidianamente:
nos roba derechos laborales, salarios, vacaciones, descanso, remedios, tratamientos, tiempo, disfrute, felicidad. Nos roba la posibilidad de planificar la vida, de vivir sin miedo, de proyectar futuro. Nos roba y nos deja deuda.
Por eso decir Milei nos debe no es una consigna: es una acusación política.
Milei nos debe las vidas que su modelo arrasa.
Nos debe el dolor que naturaliza.
Nos debe los derechos que recorta.
Nos debe la felicidad que confisca en nombre del mercado.
La imagen de un pibe de 21 años muerto dentro del lugar más custodiado del país no es una anécdota trágica: es la evidencia más concreta de que este modelo económico mata. Y cuando un gobierno decide gobernar desde la crueldad y la indiferencia, todas esas muertes y todos esos dolores tienen responsables.
Milei nos debe porque convirtió la deuda en castigo y la vida en variable de ajuste.
Nos debe porque gobierna para los acreedores y abandona a los endeudados.
Nos debe porque mientras predica libertad, nos quita lo indispensable para vivirla.
Esa deuda no prescribe.




