“Qué fácil de apuntalar sale la vieja moral
que se disfraza de barricada
de los que nunca tuvieron nada.
Qué bien prepara su máscara el pequeño burgués.”
El escenario que se configura después del 3 de enero —bombas, muertos, guerra cognitiva, amenazas explícitas de Trump— no constituye solo un episodio de violencia internacional. Marca un punto de quiebre histórico. No únicamente en el orden geopolítico, sino en las formas políticas, los lenguajes y las prácticas militantes que durante años funcionaron con relativa estabilidad. Ese escenario exige definiciones y vuelve insuficientes las agendas superficiales que habían sido elevadas a moral retórica por un progresismo con horizonte pequeño burgués.
Durante un tiempo prolongado, ese progresismo logró imponer un lenguaje eficaz en determinados circuitos, pero crecientemente ineficaz para interpretar la experiencia cotidiana de las mayorías. "Toda disociación tiene un límite. Cuando la distancia entre el relato y la vida concreta se vuelve demasiado grande, el lenguaje pierde eficacia política. La sociedad comenzó a percibir que la llamada “batalla cultural” operaba como un lujo de quienes tenían las necesidades básicas resueltas", mientras la vida material se volvía más dura, más violenta y más precaria.
Este desplazamiento no fue accidental. La crisis que atravesamos no es únicamente económica o institucional: es civilizatoria. Se expresa en los vínculos, en la subjetividad, en la política y en la naturalización de la crueldad como método. Frente a una perspectiva deshumanizante que avanza —bombas, exterminio, disciplinamiento global, muerte administrada— el problema central vuelve a ser un problema de humanidad. Y ese problema no puede ser abordado desde la corrección discursiva ni desde el confort simbólico.
En este contexto, la militancia deja de ser una identidad y vuelve a ser una práctica. Ser militante no remite a la gestión de espacios, al ordenamiento de pertenencias ni a la administración de trayectorias individuales. Remite a la capacidad de intervenir en la realidad, de disputar el destino común y el rumbo de la historia. Esa definición no es nostálgica ni romántica: es histórica. Era eso, es eso y será eso.
En este esquema, una parte del progresismo terminó ocupando un lugar preciso. En la búsqueda de no perder privilegios, se volvió conservador, reformista y dejó de ser revolucionario. La militancia se vació de destino histórico y fue reemplazada por la administración de trayectorias personales, estatus y condiciones materiales de existencia. Las consignas se volvieron mediocres no por falta de inteligencia, sino por ausencia de pueblo. En ese desplazamiento, el cargo, el gimnasio y la autorrealización individual pasaron a ocupar el lugar de la transformación colectiva. Así, el progresismo dejó de tensionar el orden existente y comenzó a defenderlo, porque ese mundo injusto garantizaba su propia reproducción.
Este corrimiento tuvo consecuencias políticas profundas. Sumergido en sus privilegios, el progresismo se volvió antipopular, no solo en términos discursivos, sino en sus prácticas concretas. Reprodujo mecanismos de ordenamiento político que replican lógicas del conservadurismo oligárquico: racismo, paternalismo, supremacismo moral. Ingenierías políticas que hablan en nombre del pueblo mientras lo sustituyen, que administran lo social sin asumir el conflicto real.
A esto se suma una lectura errónea del escenario multipolar. En una lógica de la política como negocio, muchos referentes y dirigentes privilegiaron intereses propios, vínculos funcionales y conveniencias personales. En ese movimiento, se transformaron en operadores de intereses extranjeros que entran en contradicción directa con el interés nacional y con los conceptos políticos que dicen enunciar como propios. No se trata de desvíos individuales, sino de una forma degradada de leer el tiempo histórico.
Frente a este escenario, la salida no puede pensarse en términos de recambio estético, actualización discursiva o reposicionamiento táctico. Requiere una épica patriótica que el pueblo reconoce cuando es auténtica. No como consigna vacía, sino como horizonte de sentido. Esa épica supone militantes capaces de asumir un destino histórico, de poner en segundo plano el interés individual y de recuperar el altruismo y la fibra independentista de los procesos emancipatorios latinoamericanos.
Implica también una dirigencia capaz de leer lo popular más allá de la moda, de la estética y del algoritmo, y un militante con capacidad amorosa, capaz de creer en lo que enuncia y de sostenerlo en la práctica, sin necesidad de anestesiar de múltiples formas la realidad. Una militancia que no tenga miedo de pelearse con Trump o Milei, declarados enemigos de la humanidad, y que asuma la dignidad como horizonte político. Una militancia que supere la lógica del privilegio como forma de hacer política, una desviación histórica que es necesario dejar atrás.
El mundo en el que el progresismo podía operar cómodamente sus privilegios, surfeando el tacticismo y administrando discursos, ya no existe. Como emergen nuevos autoritarismos, también emergen —o están emergiendo— nuevas rebeldías. Rebeldías que no se estructuran desde el privilegio ni desde la política como negocio, sino desde la necesidad histórica de intervenir en un mundo injusto que amenaza el futuro de la humanidad.
En ese punto se juega el postprogresismo.
No como etiqueta identitaria ni como reacción emocional, sino como categoría para pensar el fin de un ciclo, la crisis de una forma de hacer política y las condiciones para reconstruir una militancia con densidad histórica, capaz de volver a disputar el sentido del mundo desde la dignidad.




