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Sociedad El barrio como proyecto de mundo
15/03/2026 | 30 visitas
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Por Diego Molinas_Una reflexión sobre por qué, en medio de una crisis global que paraliza y fragmenta, la vida comunitaria de los barrios puede pensarse como una clave para imaginar otro modo de organizar el mundo.

El espanto como dispositivo de inmovilización

El desafio de nuestro tiempo no es solamente lo que ocurre, sino tambien cómo se procesa lo que ocurre.

Las guerras, las imágenes de muerte, la saturación informativa, la sucesión permanente de malas noticias, la circulación incesante de escenas de destrucción, angustia y amenaza, producen algo más que preocupación. Producen una pedagogía. Una manera de enseñar a sentir. Una manera de habituar la sensibilidad a un cierto modo de estar en el mundo. Y esa pedagogía, en la época que vivimos, adopta cada vez más la forma del espanto.

No se trata solo de que el horror exista. El horror existió en muchos momentos de la historia. Lo específico de nuestro tiempo es la manera en que el horror es administrado, distribuido, repetido, amplificado y metabolizado socialmente. La tragedia ya no irrumpe solamente como acontecimiento; se vuelve flujo, secuencia, atmósfera. El ciudadano contemporáneo no recibe simplemente información: habita un clima de conmoción permanente.

Por eso conviene hablar de una pedagogía del espanto.

Una pedagogía que no busca únicamente informar, sino producir una disposición emocional específica: desaliento, impotencia, parálisis, sensación de insignificancia frente a escalas de poder que parecen demasiado grandes para ser alteradas. La guerra cognitiva actúa exactamente ahí: no solo sobre las ideas, sino sobre las emociones; no solo sobre los diagnósticos, sino sobre la capacidad de una sociedad de sentirse parte de la historia.

Lo que está en disputa no es únicamente la interpretación de los hechos. Está en disputa la relación subjetiva con el tiempo histórico.

Cuando el espanto se vuelve permanente, las mayorías dejan de sentirse protagonistas y comienzan a sentirse víctimas. Y cuando una sociedad se piensa a sí misma como víctima, la inacción aparece como una respuesta casi natural. El ciudadano se repliega. La comunidad se fragmenta. La voluntad colectiva se deshilacha. La política deja de ser imaginada como práctica transformadora y empieza a ser percibida como espectáculo ajeno, como maquinaria lejana o como ritual impotente.

Ese es uno de los riesgos más profundos de nuestra época: no solamente la crueldad del mundo, sino la consolidación de una humanidad convencida de que ya no tiene lugar en la historia.

Y esa convicción no es neutra. Le sirve a los poderosos.

Porque toda época que necesita administrar desigualdades extremas, guerras interminables, precarización de la vida, automatización del trabajo, crisis de representación y concentración tecnológica, necesita también administrar subjetividades fatigadas. Necesita pueblos cansados, espectadores aturdidos, mayorías emocionalmente desarmadas. Necesita que la experiencia de lo común se debilite y que la idea misma de intervenir sobre el curso de las cosas comience a parecer ingenua, ridícula o imposible.

Por eso el espanto no es solo un efecto colateral de la época. Es también una tecnología política de inmovilización.

El barrio como respuesta histórica concreta

Frente a esa escala inabarcable del caos global aparece algo que muchas veces es subestimado por las lecturas dominantes: la trama comunitaria.

El barrio no como refugio romántico ni como postal sentimental de un pasado mejor, sino como respuesta histórica concreta.

La fuerza del barrio no reside en estar fuera del conflicto, sino en otra cosa: en que aun dentro del conflicto, aun bajo condiciones adversas, aun atravesado por carencias, desigualdades, violencia y abandono, sigue siendo un espacio donde la vida se organiza con otros. Allí se comparte lo poco, se inventan salidas económicas, se sostienen redes de ayuda mutua, se cuidan los espacios comunes, se acompañan las trayectorias de los hijos, se conversa en la vereda, se enciende una parrilla, se levanta una pared, se hace una vaquita, se presta una herramienta, se escucha música, se va pensando entre varios cómo seguir.

Eso no es un detalle menor. Eso es un ensayo cotidiano de civilización.

El barrio funciona así como propuesta de humanidad.

No porque sea puro. No porque carezca de tensiones. No porque todo en él sea virtuoso. Sino porque allí, en medio de la aspereza de la vida, persiste una ética práctica de la convivencia. Una ética no formulada en tratados, sino encarnada en decisiones elementales: acompañar, compartir, cuidar, organizar, embellecer, sostener. Una ética que no pasa necesariamente por el lenguaje de las grandes teorías, pero que contiene una comprensión profunda de lo que significa vivir dignamente.

En un mundo que empuja hacia el aislamiento, el barrio sigue afirmando, muchas veces sin nombrarlo así, que la vida no se sostiene sola.

Por eso lo comunitario no debería leerse apenas como resistencia moral frente a la fragmentación. Es algo más hondo: es una microarquitectura civilizatoria. En los barrios se siguen produciendo arreglos concretos entre necesidad y deseo, entre urgencia y cuidado, entre esfuerzo material y simbolización de la vida. Se decide dejar espacio para la cancha, para la escuela, para la salita, para la capilla. Se decide que el frente tenga flores. Se decide que la belleza no sea privilegio exclusivo de quienes tienen dinero. Se decide que aun en contextos duros la vida merece forma, color, reunión, misa, música, afecto.

Todo eso constituye una respuesta práctica al orden de deshumanización contemporáneo.

El individualismo no se combate solo con discursos. Se combate produciendo situaciones en las que el otro vuelve a ser condición de posibilidad y no mera competencia o amenaza. Se combate creando escenas de reciprocidad. Se combate construyendo espacio compartido. Se combate restituyendo densidad comunitaria a una existencia que el mercado, la pantalla y la angustia intentan atomizar.

Ahí el barrio revela su potencia mayor: no solo protege. Recompone mundo.

La distancia entre dirigencias y pueblo

Sin embargo, esta persistencia de lo comunitario convive con una fractura cada vez más visible y más grave.

Mientras parte de las dirigencias políticas, sindicales o mediáticas se dedica a describir la crisis, millones de personas la enfrentan todos los días con creatividad y esfuerzo. Hay una política que administra el diagnóstico. Y hay una comunidad que administra la vida.

Esta distancia no es solamente económica. Es cognitiva, cultural, afectiva y moral. No remite solo a ingresos o estilos de vida, sino a una diferencia de relación con la realidad. Hay sectores dirigentes que narran el sufrimiento social como si fueran comentaristas externos. Lo analizan, lo enumeran, lo editorializan. Muchas veces lo hacen con lucidez. Pero la lucidez no siempre compensa la lejanía.

Porque una cosa es hablar de la carne que aumenta y otra es volver a tu casa, después de una jornada de trabajo agotadora, sabiendo que todavía tenés que hacer alguna changa mas para sumar unos pesos más. Una cosa es denunciar la inseguridad en televisión y otra es organizar con un vecino a qué hora salen juntos de la parada para no exponerse solos. Una cosa es teorizar sobre la crisis de representación y otra es sentir que nadie representa la posibilidad de resolucion a tus problemas.

En esa diferencia se juega algo central.

No solo hay crisis de representación porque los discursos tradicionales perdieron eficacia, o porque las mediaciones políticas clásicas se erosionaron, o porque cambió el ecosistema comunicacional. También hay crisis de representación porque una parte de las dirigencias dejó de experimentar la realidad popular como problema propio. Habla de ella, pero no desde ella. La interpreta, pero no la habita. La representa formalmente, pero no logra ya metabolizar sus ritmos, sus lenguajes, sus urgencias, sus modos de invención.

Y ahí aparece una paradoja fuerte de la época: mientras en ciertos espacios del privilegio se profesionaliza el comentario sobre la derrota, en muchos territorios populares persiste una ética del hacer.

No porque el pueblo sea moralmente superior por naturaleza. Esa idea sería ingenua y torpe. Sino porque la necesidad obliga a una relación más directa con lo real. En los barrios, la crisis no puede ser un género discursivo. Tiene que ser tramitada. Y esa tramitación produce conocimiento. Produce una inteligencia práctica que no siempre encuentra traducción institucional, pero que resulta decisiva para sostener la vida.

Por eso la distancia entre dirigencias y pueblo no debe leerse solo como una falla electoral o comunicacional. Es una fractura más profunda: la ruptura entre una política que describe y una comunidad que hace.

La potencia popular como productora de futuro

Aquí aparece uno de los núcleos decisivos.

Los sectores populares no solo resisten. También producen futuro.

Y este punto es fundamental, porque sin esto el barrio quedaría reducido a espacio de contención o retaguardia moral. Pero el barrio es más que eso. En él existe una inteligencia práctica que organiza la vida bajo urgencia. Existe una estética que embellece incluso en medio de la precariedad. Existe una moral del cuidado que protege lo común. Existe una capacidad organizativa que hace posible sostener proyectos colectivos en condiciones que, desde afuera, parecerían imposibles.

Todo eso contiene algo más que supervivencia.
Contiene una orientación temporal.
Contiene una imagen de lo que vale la pena construir.
Contiene, en sentido fuerte, un proyecto de país en estado vivo.

Cuando una comunidad decide dejar espacio para una escuela, una cancha o una salita, está imaginando futuro. Cuando los vecinos acuerdan que el barrio tiene que tener flores hacia la calle, que el frente debe ser digno, que la estética también es una forma de afirmación comunitaria, están produciendo más que decoración: están inscribiendo dignidad. Cuando se sostiene la vida cotidiana, no solo está resolviendo una urgencia: está conservando la posibilidad misma de una existencia compartida.

Ahí se ve algo que muchas veces las elites no alcanzan a registrar: los sectores populares no solo padecen la historia, intervienen en ella.

La elaboran en un sentido concreto. Con sus manos, sus vínculos, sus prioridades, sus sacrificios, sus deseos minúsculos y enormes. Quiero que mi hijo estudie. Quiero terminar el baño. Quiero poner cerámica. Quiero que la calle esté mejor. Quiero una canchita para los pibes. Quiero una salita. Quiero escuchar música el fin de semana, comer algo rico, que no todo sea bajon. Quiero un jardín en el fondo. Quiero que el barrio se vea lindo. Quiero llegar a mi casa sin sentir que bajo del colectivo para entrar en una zona de descarte.

Todo eso es mucho más que deseo privado. Es producción popular de horizonte.

Por eso conviene decirlo con claridad: en los barrios no solo se administra la necesidad. Se administra también la esperanza. No una esperanza abstracta, no una consigna vacía, no una promesa de campaña. Una esperanza concreta, territorial, trabajada con esfuerzo. Una esperanza que se vuelve pared, vereda, murga, canchita, comedor, flor.

Eso es elaboración histórica. Y, más profundamente todavía, es elaboración civilizatoria.

Porque cada una de esas prácticas responde, aunque no lo haga en lenguaje académico, a una pregunta enorme: cómo organizar la vida humana en común de modo que la dignidad, el cuidado y la promesa de futuro sigan siendo posibles.

Contra la nostalgia: disputar el porvenir

Pero reconocer esa potencia no alcanza.

También es necesario disputar el futuro.

Una de las tentaciones de esta época es la nostalgia. La idea de que todo tiempo pasado fue mejor, de que las grandes experiencias políticas ya ocurrieron, de que el presente es pura decadencia y de que solo queda administrar el daño o cultivar una melancolía más o menos elegante. Esa operación, aunque a veces se disfrace de lucidez, conduce a la parálisis.

La nostalgia puede servir para conservar memoria. Pero no alcanza para producir historia.

Y una política que se limita a administrar recuerdos, por nobles que sean, termina cediendo el porvenir a fuerzas que sí tienen proyecto, aunque ese proyecto sea de desposesión, guerra, crueldad o deshumanización. La derecha contemporánea entendió eso: no se limita a gestionar el presente, trabaja sobre las sensibilidades, sobre las aspiraciones, sobre los imaginarios de futuro. Frente a eso, una política popular no puede limitarse a lamentar lo perdido.

Tiene que volver a producir horizonte.

Eso implica volver a leer, volver a formarse, volver a encontrarse con otros, volver a militar, volver a crear espacios de pensamiento, organización, conversación y cultura. No para repetir esquemas agotados, sino para reabrir el tiempo. Para impedir que el espanto se vuelva sentido común. Para sostener la convicción de que el futuro no está clausurado.

Disputar el porvenir implica asumir que las respuestas no vendrán únicamente desde arriba, desde las cúpulas, desde los centros del poder o desde las elites intelectuales. No porque esas escalas no importen, sino porque muchas veces el primer movimiento de respuesta histórica empieza abajo, allí donde la vida sigue obligando a inventar caminos.

El barrio, en este punto, no es solo objeto de una política futura. Es ya uno de los lugares donde esa política empieza a gestarse.

No como programa acabado. No como pureza ideológica. Sino como reservorio vivo de prácticas, valores, temporalidades, intuiciones y modos de cuidar la existencia que podrían constituir la materia prima de una nueva imaginación colectiva.

Por eso la disputa del porvenir no consiste únicamente en ofrecer una promesa. Consiste en reconocer, interpretar, organizar y proyectar aquello que en la vida popular ya viene ocurriendo como potencia dispersa.

Del átomo a la galaxia

Por eso pensar el barrio como proyecto de mundo no significa encerrarse en lo pequeño.

Significa construir un puente entre escalas.

Entre la geopolítica y la vida cotidiana.
Entre la inteligencia artificial utilizada en la guerra y la parrilla que se prende en la vereda para llegar a fin de mes.
Entre el Pentágono y Costa Esperanza.
Entre el algoritmo que selecciona objetivos y la mano que acomoda una planta en la ventana para que el barrio se vea un poco más digno.
Entre la gran transformación tecnológica del sistema y la forma en que una comunidad tramita su fe, sus victorias y sus derrotas.

Del átomo a la galaxia.

Esa fórmula no es un recurso poético menor. Es una clave metodológica. Porque el error del análisis contemporáneo suele ser doble: o se queda en la gran escala y pierde de vista dónde se metaboliza realmente la historia, o se encierra en lo local y deja de comprender las fuerzas más amplias que moldean la vida social.

Hay que hacer el movimiento completo. Hay que ir y venir.

Porque los grandes procesos históricos siempre terminan atravesando la vida concreta de los pueblos. Pero también ocurre lo inverso: muchas veces las primeras respuestas históricas aparecen en la vida concreta antes de llegar a los centros del poder. Antes de ser doctrina, institución o política pública, una época nueva suele nacer como práctica dispersa, como intuición popular, como ensayo social de otra forma de vivir.

En ese sentido, el barrio no es solamente territorio.
Es perspectiva.
Es método.

Desde él se puede releer el mundo de otra manera.

Porque allí donde la lógica del capital produce descarte, el barrio recompone valor. Allí donde la guerra cognitiva produce espectadores fatigados, el barrio obliga a seguir actuando. Allí donde la tecnología amenaza con volver abstracta la existencia, el barrio devuelve cuerpo, proximidad, roce, conversación, conflicto compartido. Allí donde el orden global naturaliza que las personas sean datos, target, recurso humano o población sobrante, el barrio insiste en asumirse como vecinos, pibes, madres, laburantes, amigos, compañeros.

Por eso el barrio puede ser pensado no solo como proyecto de país, sino como proyecto de mundo.

No porque en él esté resuelto el drama civilizatorio de nuestro tiempo. No porque encarne una inocencia perdida. No porque deba ser idealizado. Sino porque preserva, en forma práctica, algo que el mundo contemporáneo pone cada vez más en riesgo: la posibilidad de una vida organizada en torno al cuidado, la reciprocidad, la dignidad y la promesa de futuro.

Y esa no es una cuestión secundaria.
Es la cuestión decisiva.

Una civilización no se define únicamente por su capacidad técnica, por sus innovaciones productivas o por su potencia militar. Se define, en último término, por el tipo de humanidad que es capaz de sostener. Por cómo trata a los débiles. Por qué hace con los hijos. Por qué lugar le da a la belleza. Por cuánto espacio reserva para lo común. Por qué vínculo establece entre progreso y dignidad. Por si admite o no que la vida de las mayorías se convierta en material descartable de una maquinaria sin alma.

En ese examen, los barrios populares dicen más sobre el porvenir de nuestra sociedad que muchos foros internacionales, muchos laboratorios de inteligencia estratégica o muchas mesas de comentaristas.

Porque allí, entre la dificultad y la invención, entre la herida y el deseo, entre la injusticia y la comunidad, todavía se ensaya algo decisivo: una forma humana de estar en el mundo.

Quizás por eso hoy convenga invertir la mirada. No empezar por las cumbres del poder y luego “bajar” al territorio como quien desciende a lo anecdótico, sino comenzar allí donde la vida sigue produciendo respuestas y desde ahí releer la época. No porque el barrio explique todo, sino porque en él se vuelve visible una verdad que otras escalas suelen ocultar: que incluso en tiempos de espanto, los pueblos no solo resisten. También crean. También cuidan. También piensan. También producen futuro.

Y cuando eso ocurre, el barrio deja de ser solamente barrio.

Empieza a volverse proyecto de mundo.

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