La reforma laboral no es solo un paquete de modificaciones técnicas sobre contratos, indemnizaciones o jornadas. Es una intervención profunda sobre las condiciones de vida. Y, por lo tanto, sobre la subjetividad.
Golpea en al menos dos dimensiones potentes.
Por un lado, agudiza la complejidad de este tiempo histórico, que ya es difícil de tramitar. Vivimos una época atravesada por incertidumbre económica, fragmentación social, sobrecarga informativa y erosión de horizontes colectivos. En ese contexto, precarizar el trabajo no es un dato más: intensifica la sensación de indefensión, de impotencia, de estar a merced de fuerzas que no se controlan. No se trata de fragilidades individuales, sino de condiciones estructurales que producen desamparo.
Por otro lado, el propio articulado de la ley configura una dimensión de futuro angustiante. Cuando se debilitan derechos laborales, se afecta directamente la posibilidad de proyectar. El trabajo no es solo ingreso: es previsibilidad, es marco, es organización del tiempo vital. Si las reglas se vuelven inestables y desprotectoras, planificar se vuelve un ejercicio casi imposible. El proyecto personal queda suspendido en un presente continuo impuesto por decisiones gubernamentales que no ofrecen garantías. Sin horizonte, el futuro deja de ser promesa y se convierte en amenaza.
Frente a esto, la bronca no es un problema: es una energía necesaria. La bronca rompe la parálisis individual, cuestiona el techo impuesto por una conducción que no logra —o no quiere— diseñar estrategias que siquiera se adelanten una semana a lo que el gobierno impone. En estas horas no hemos visto dirigentes sindicales o políticos capaces de construir una táctica anticipatoria, una propuesta que ordene, que cuide, que marque rumbo.
En ese vacío, la calle reaparece.
La calle se vuelve un lugar de proximidad y de realidad. Es cierto que la represión genera temor y rabia. Pero también genera solidaridad y organización. En la calle, el miedo no se tramita en soledad: se enfrenta, se discute, se transforma.
Reivindicar la militancia como territorio creativo frente a la adversidad es central. Asumir la bronca como una respuesta honesta y humana frente a la crueldad. Recuperar la calle como espacio para hablar con otro, para tocar lo tangible fuera del algoritmo y las redes. Lo humano se completa y se complementa en otro humano. No hay subjetividad sin lazo.
La movilizacion permite pensar colectivamente. Habilita ver otras opciones por fuera de la derrota y la depresión. Porque impide que, en la soledad de la casa y la pantalla, naufragemos en hipótesis apocalípticas que dañan el alma tanto como ciertas palabras vertidas irresponsablemente en redes o televisión.
Hay un uso irresponsable de la palabra. Dirigentes que asumen la pose de comentaristas para relatarnos nuestras propias tragedias diarias, muchas de las cuales les son ajenas. Periodistas sin militancia que bajan línea moral sobre lo que está bien y lo que está mal, pero sin asumir las consecuencias concretas de esas afirmaciones en la vida cotidiana de millones. Ese discurso contribuye a configurar un territorio de desamparo, a mirar únicamente el lado vacío del vaso.
La diferencia con la calle es que allí la palabra tiene cuerpo. Tiene riesgo. Tiene vínculo. Tiene solidaridad.
Por eso tienen un enorme valor los compañeros y compañeras que están en la calle. Su palabra no es abstracta ni editorial: es situada, es compartida, es real. En un contexto de precarización e incertidumbre, esa palabra construye comunidad y restituye dignidad.
La bronca, cuando se organiza, deja de ser descarga y se convierte en potencia. Es energía que imagina, que propone, que ensaya respuestas allí donde otros solo administran la derrota. No es odio: es sensibilidad frente a la injusticia transformada en acción colectiva.
La calle, lejos de ser un mero escenario de protesta, es un espacio humanizante. Allí el cuerpo vuelve a tener presencia, el otro deja de ser avatar y recupera rostro, voz, historia. En la proximidad se reconstruye el lazo que el discurso del miedo intenta romper. Se discute, se aprende, se corrige, se inventa.
La militancia, en ese sentido, no es nostalgia ni rito vacío: es ámbito de iniciativa. Es el lugar donde la adversidad no paraliza sino que obliga a pensar estratégicamente, a crear formas nuevas, a recuperar la capacidad de intervenir sobre lo real. Frente a un proyecto que impone incertidumbre y angustia de futuro, la organización colectiva vuelve a abrir horizonte.
La reforma laboral intenta disciplinar el presente y achicar el porvenir. La respuesta no puede ser retraimiento ni resignación. Allí donde se busca producir desamparo, la tarea es producir comunidad. Allí donde se intenta naturalizar la impotencia, la tarea es reconstruir poder colectivo.
Y eso empieza —siempre— cuando la bronca encuentra cauce, la calle se vuelve encuentro y la militancia asume la responsabilidad de crear respuestas donde otros solo describen el desastre.
FOTO: Kaloian Santos




