La aparición de Javier Milei en Neura y Carajo mostró algo más serio que una sucesión de insultos o exabruptos. Expuso un modo de ejercicio del poder cada vez más sostenido sobre el desborde emocional, la lógica conspirativa y la necesidad permanente de enemigos.
Cuando un Presidente interpreta toda crítica como conspiración, toda diferencia como sabotaje y todo límite como intento de desestabilización, deja de construir racionalidad política para empezar a organizar el poder desde la paranoia y la confrontación constante.
Las referencias a “espías cubanos”, los supuestos intentos de golpe de Estado impulsados por periodistas, empresarios y opositores, los ataques personales y la degradación sistemática del lenguaje público no aparecen ya como excesos aislados. Empiezan a constituir una forma de gobierno basada en la hiperreacción emocional, la construcción paranoica del adversario y la necesidad permanente de radicalizar el conflicto para sostener cohesión política.
Ahí empieza a aparecer uno de los límites estructurales del mileísmo.
El dispositivo que le permitió crecer como outsider —la furia, el shock, la demolición simbólica del adversario y la transgresión permanente— empieza a mostrar dificultades cada vez más evidentes para transformarse en racionalidad de gobierno. Porque gobernar exige producir previsibilidad, administrar complejidad y construir algún tipo de estabilidad social. Milei, en cambio, parece cada vez más atrapado en una dinámica donde sólo puede conservar centralidad aumentando el nivel de confrontación y degradando permanentemente el debate público.
La escena con Débora Plager condensó con claridad esa lógica. Milei no buscó disputar argumentos ni construir legitimidad política a través de la persuasión, sino disciplinar emocionalmente mediante la humillación pública y la demonización moral del adversario. Ese corrimiento es importante porque transforma toda diferencia política en enfrentamiento existencial y erosiona la posibilidad misma de comunidad democrática.
El problema de fondo no es solamente discursivo. Una sociedad sometida de manera permanente a una atmósfera de odio, sospecha y guerra cultural empieza a deteriorar sus propios vínculos colectivos y sus mecanismos básicos de convivencia. El adversario deja de ser alguien con quien disputar un proyecto de país para convertirse en enemigo absoluto. Y cuando esa lógica es impulsada desde la propia presidencia, el deterioro institucional deja de ser solamente político para transformarse también en un problema cultural y social.
Por eso empieza a abrirse otra discusión: el postmileísmo.
No como consigna electoral vacía ni como simple expectativa opositora, sino como necesidad política estructural frente a un gobierno que parece cada vez más absorbido por su propia dinámica de desborde emocional. El peronismo y el conjunto de la oposición tienen una enorme responsabilidad histórica frente a eso. Salir de las internas poco fértiles, abandonar la comodidad de lo políticamente correcto y recuperar capacidad de interpretación sensible frente al dolor concreto de la sociedad se vuelve una condición indispensable para construir una alternativa real.
Porque frente a un proceso de deterioro político, institucional y emocional de esta magnitud, ya no alcanza con esperar el desgaste natural del gobierno. El nivel de daño social acumulado empieza a exigir una discusión de fondo sobre cómo reconstruir estabilidad, comunidad y horizonte histórico después del mileísmo.
Tanto daño requiere pensar un proceso estructural hacia el futuro. Y si la política no empieza a discutir seriamente el después, la Argentina corre el riesgo de enfermarse junto con el propio clima de violencia emocional, paranoia y degradación colectiva que el mileísmo convirtió en forma cotidiana de ejercicio del poder.




