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noticias barriales “Le duela a quien le duela” Somos Nosotros
16/07/2026 | 51 visitas
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“Hay gente que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes, que la estan peleando, lo que nos toco a nosotros siempre, orgulloso y feliz de regalarle esta alegría a todo el pueblo argentino” Lionel Messi, capitán de la selección Argentina

Este texto es con rabia. La rabia arrogante de la bandera malvinera en medio del triunfo, la rabia, hermosa rabia de los que pelean contra la policía cuando nos reprimen cada festejo en el Obelisco, la rabia por nuestros caídos, la rabia villera, barrial, esa que no entendés; rabia contra los ingleses, rabia independentista, rabia contra el consignista aburguesado, rabia irreverente, antirracista y nunca, nunca colonizado.

“Le duela a quien le duela” somos nosotros, negros libertos independentistas, custodios de lo sagrado, originarios agazapados en la periferia, valientes soldados de tez morena enfrentando al pirata inglés hasta la última bala, con más sapucay que pertrecho. No me ves porque me mirás de arriba, pero si te animaste a juzgarme, a apuntarme, bancate el vuelto.

Ese nosotros no pertenece al pasado. No es una imagen congelada, una nostalgia nacional ni un recuerdo que se visita en las fechas patrias. Es una fuerza que irrumpe en la historia argentina cada vez que alguien pretende decidir desde arriba qué país somos, qué memoria debemos conservar y hasta dónde puede llegar el pueblo cuando toma la palabra.

Lo llamaron indio, negro, gaucho, montonero, cabecita negra, villero, zurdo, kuka, tirapiedras. Cada época inventó una palabra para degradarlo, porque reconocerlo implicaba aceptar que la Argentina nunca fue hecha solamente por sus instituciones ni por quienes después ocuparon sus retratos. Fue hecha también por un sujeto popular que se negó una y otra vez a aceptar el lugar subordinado que le reservaban.

La historia oficial intentó romper esa continuidad. Separó al indígena del gaucho, al negro liberto del soldado, al trabajador del combatiente de Malvinas, como si cada lucha hubiera surgido de la nada. Convirtió procesos colectivos en episodios aislados y a sus protagonistas en figuras sin herederos. Había que impedir que pudieran reconocerse entre sí y que nosotros pudiéramos reconocernos en ellos.

Porque cuando esos fragmentos vuelven a unirse aparece una verdad que la Argentina oficial necesita mantener enterrada: la patria no fue construida por quienes después se apropiaron de su nombre, sino por los cuerpos que mandaron a pelear y luego borraron del relato. Negros libertos, originarios, gauchos, trabajadores y soldados defendieron una nación que muchas veces les negó tierra, derechos y hasta ciudadanía. Pusieron la sangre para conquistar la independencia, sostener el territorio y ampliar la libertad; otros pusieron la firma, ocuparon los retratos y se declararon dueños de la historia.

La dimensión anticolonial de la Argentina vive en esa contradicción. Los sectores que enfrentaron a los imperios fueron también los más despreciados por las clases que buscaban parecerse a Europa. El país quiso pensarse blanco mientras sus guerras eran peleadas por indígenas, negros, mestizos, gauchos y pobres. Quiso narrarse desde los salones mientras su existencia concreta se defendía en los márgenes.

Ese nosotros persiste porque no es apenas una identidad cultural ni una pertenencia política. Es un sujeto histórico. Cada vez que la Argentina enfrenta una disputa por su soberanía, por el sentido de la comunidad o por quién tiene derecho a decidir el destino colectivo, ese sujeto vuelve a irrumpir. No porque repita siempre las mismas formas, sino porque ocupa el mismo lugar: el de quienes rechazan que la nación sea organizada desde arriba y para afuera.

Su continuidad no depende de una doctrina transmitida sin interrupciones. Es una memoria histórica más profunda, capaz de reconocer el despojo aunque cambie de nombre. Distingue al imperio aunque ya no desembarque siempre con uniforme. Reconoce que la ocupación territorial, la dependencia económica, el desprecio cultural y la exclusión política son distintas formas de una misma subordinación.

Por eso tienen miedo cuando irrumpimos. No porque seamos una amenaza imaginada, sino porque ya irrumpimos antes y seguimos haciéndolo. Irrumpimos cuando los cuerpos destinados a obedecer se reconocen como pueblo. Cuando quienes eran convocados solamente para pelear deciden también discutir el sentido de la patria. Cuando los de abajo dejan de ser objeto de la historia y se convierten en sus protagonistas.

La historia argentina no es solamente una sucesión de gobiernos, constituciones y dirigentes. Es también la lucha permanente entre quienes intentan clausurar la participación popular y ese nosotros que vuelve a abrir la historia. La independencia, las resistencias federales, la irrupción de los trabajadores y la causa Malvinas no son acontecimientos idénticos. Pero en todos aparece la misma pregunta: quién tiene derecho a decidir qué país somos y para quién debe existir la Argentina.

Malvinas forma parte de esa continuidad. No como una excepción heroica ni como un episodio cerrado en 1982, sino como una de las formas en que ese sujeto histórico vuelve a hacerse visible. El mismo pueblo que peleó la independencia, resistió la organización oligárquica del país e irrumpió para ampliar derechos reconoció en Malvinas una causa propia. No porque alguien se la entregara desde arriba, sino porque supo verla como parte de una lucha más larga contra la subordinación.

Y volvió a suceder en este partido. A pesar de la prohibición del gobierno de Milei y de la FIFA de exhibir insignias de Malvinas, los jugadores mostraron una bandera pintada a mano por un hincha sobre una sábana de hotel. No era una pieza institucional ni un símbolo producido para la ocasión. Era un trapo hecho desde abajo que atravesó la prohibición y llegó hasta el centro de la escena. En ese gesto, la Argentina popular volvió a irrumpir.

La prohibición pretendía ordenar el sentido del festejo, separar el triunfo deportivo de la memoria nacional y establecer qué podía mostrarse. Pero la bandera rompió ese límite. No pidió autorización, no esperó el momento adecuado ni aceptó el lugar que le habían asignado. Apareció porque ese nosotros no se deja administrar del todo.

Por eso la bandera malvinera en medio del triunfo no cae como una consigna ajena: desata la fiesta. Ese trapo heroico baja al barrio, se mezcla con los bombos, suena a cumbia y tiene sabor a deseo de asado. No separa la patria de la vida popular: las vuelve una misma cosa. Malvinas deja de ser una ceremonia distante y se vuelve parte de la mesa compartida, de la calle ocupada y del abrazo después de la victoria. Ahí la soberanía no se explica desde afuera: se vuelve experiencia, memoria y cuerpo colectivo.

El pueblo no profana los símbolos cuando se apropia de ellos. Los rescata de quienes intentan volverlos inofensivos. Una bandera mezclada con cumbia, humo, tribuna y deseo de asado no pierde su carácter sagrado. Recupera su sentido. Vuelve a pertenecer a aquellos que ponen el cuerpo cuando la patria entra en disputa.

Eso incomoda al consignista aburguesado, que necesita una patria limpia, ordenada y administrada. Puede repetir las palabras correctas, pero desconfía cuando el pueblo se apropia de ellas y las convierte en vida. Quiere símbolos nacionales sin sujeto popular, memoria sin conflicto y soberanía sin confrontación con el poder que la niega.

Hay también un nacionalismo de salón que pretende custodiar la patria desde arriba, como si Malvinas tuviera albaceas. Algunos, incluso Victoria Villarruel, llegaron a la causa creyendo que podían administrarla. Llegaron tarde. El pueblo ya la había sacado del protocolo, bajado del bronce y llevado al barrio, a la tribuna, a la esquina y a la mesa familiar.

Esa apropiación es irreverente porque no pide permiso. No acepta que otros decidan cuándo se puede hablar de Malvinas, de qué manera debe recordarse o qué tono corresponde usar. La convierte en una causa viva, ligada a la experiencia de un pueblo que sabe que la independencia argentina quedó incompleta.

Para nosotros, Malvinas no es una consigna prestada. Es una herida que se une con todas las formas de despojo. Es territorio ocupado por una potencia extranjera, pero también dependencia, saqueo y subordinación. Es la prueba de que el colonialismo no terminó: cambió sus métodos, sus lenguajes y sus intermediarios.

Por eso nuestra rabia no es una emoción pasajera ni un exceso sin pensamiento. Es memoria histórica. Es la memoria de quienes tuvieron que pelear dos veces: primero contra el imperio y después contra el desprecio de sus propias élites. Es la conciencia de que los cuerpos convocados para defender la patria fueron muchas veces los mismos que luego quedaron afuera de sus beneficios y de su relato.

Nuestra rabia es anticolonial porque rechaza la idea de que la subordinación sea inevitable. Es antirracista porque reconoce quiénes pusieron históricamente el cuerpo mientras otros se apropiaban de la representación de la nación. Es popular porque entiende que no existe soberanía sin una comunidad capaz de decidir sobre sus recursos, su territorio, su memoria y su destino.

La irreverencia consiste en no aceptar que otros administren nuestros símbolos, ordenen nuestra memoria o definan los límites de nuestra identidad. En negarnos a ser explicados siempre desde arriba. En asumirnos como un sujeto político con voz, intereses y experiencia propia.

“No me ves porque me mirás de arriba” no es una frase sobre invisibilidad. Es una denuncia de la jerarquía desde la cual algunos se reservan el derecho a hablar y reducen al pueblo a objeto de análisis, tutela o sospecha. Pero nosotros no somos una anomalía dentro de la historia argentina. Somos una de sus fuerzas constitutivas.

Y si te animaste a juzgarnos, a reducir nuestra rabia a una falta de educación o a señalar nuestra irreverencia como un defecto moral, bancate el vuelto. Porque esa rabia no nace de la ausencia de pensamiento. Nace de haber reconocido la continuidad entre el desprecio de ayer y el de hoy, entre el poder extranjero y sus custodios locales, entre los cuerpos borrados del pasado y los barrios todavía mirados desde arriba.

Irrumpimos.

Irrumpimos cada vez que quieren cerrar la historia sin nosotros. Irrumpimos si me señalas en nombre de ideas mías pero con formas blancas.

Irrumpimos cuando pretenden prohibir nuestras banderas

Irrumpimos porque seguimos siendo la Argentina que no pudieron ordenar, domesticar ni colonizar. Irrumpimos NOSOTROS.

Diego Molinas, de Budge


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