Lo que Javier Milei planteó en el Colegio ORT choca de
frente con la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia. No se trata de una
diferencia menor sobre política económica ni de una discusión acerca de cuánto
Estado o cuánto mercado necesita una sociedad. El problema aparece cuando una
determinada concepción del capitalismo es presentada como parte del orden
querido por Dios y, a partir de allí, se utiliza esa supuesta voluntad divina
para legitimar las relaciones económicas y sociales que ese sistema produce.
Milei sostuvo que “el capitalismo es el sistema que Dios
preparó” después de la caída del hombre y que los seres humanos no lo
inventaron, sino que lo descubrieron al obedecer una ley divina. En su
interpretación, los Diez Mandamientos contienen los principios que hacen
posible ese orden: la no agresión, la propiedad privada y los contratos. La
prosperidad material aparece como consecuencia de la obediencia a ese sistema y
el capitalismo como el camino para “traer el paraíso a la Tierra”.
Esta concepción entra en tensión directa con el corazón
de la Doctrina Social de la Iglesia porque invierte la relación entre economía
y persona. Para la tradición social cristiana, la economía existe para servir a
la persona y al bien común; ninguna estructura económica puede convertirse en
el criterio último desde el cual se determina el valor de una vida. La
propiedad, el trabajo, el mercado y la riqueza tienen una función social y
deben ser juzgados por su relación con la dignidad humana.
No es una cuestión abstracta. Desde los Padres de la
Iglesia hasta la tradición contemporánea, existe una continuidad muy clara: los
bienes tienen un destino que excede su apropiación individual y la riqueza
implica una responsabilidad frente a la comunidad. Santo Tomás de Aquino
reconoce la propiedad privada, pero la comprende dentro del destino universal
de los bienes y del bien común. Rerum
Novarum incorpora después la dignidad del trabajador, el salario
justo, el derecho de asociación y la responsabilidad de las instituciones
frente a la cuestión social.
La diferencia con Milei aparece precisamente allí. La Doctrina Social no busca
encontrar una justificación religiosa para un sistema económico determinado.
Busca establecer desde la dignidad humana los criterios con los cuales
cualquier sistema económico debe ser juzgado. Por eso puede reconocer la
propiedad privada y, al mismo tiempo, cuestionar su concentración; puede
reconocer la iniciativa individual y, al mismo tiempo, defender el trabajo y la
organización colectiva; puede reconocer la función del mercado y, al mismo
tiempo, exigir que la economía esté subordinada al bien común.
La cuestión central es quién ocupa el centro.
Para Milei, en su discurso de ORT, ese centro parece
estar ocupado por la libertad económica y por las instituciones que permiten su
desarrollo. Para la tradición cristiana, el centro es la persona concreta,
especialmente cuando su dignidad se encuentra amenazada.
Esta diferencia se vuelve todavía más profunda cuando
aparece la pobreza. Porque una concepción económica puede defenderse en
términos de eficiencia, crecimiento o libertad, pero cuando se la presenta como
voluntad de Dios aparece un problema moral mucho más grave: el sufrimiento
producido por las relaciones económicas corre el riesgo de ser interpretado
como una consecuencia inevitable —e incluso justa— del orden existente.
Y ahí es donde la utilización de Dios resulta
particularmente preocupante.
Si la prosperidad es consecuencia de la obediencia al
orden económico y la pobreza aparece como resultado de la incapacidad de
adaptarse a él, el sufrimiento deja de ser una pregunta dirigida a la sociedad
y comienza a convertirse en un problema individual. El que queda afuera no
interpela al sistema: debe encontrar la manera de volver a entrar. El que
pierde, simplemente no logró competir. El que no puede consumir, producir o
acumular queda fuera de aquello que el discurso presenta como el camino hacia
el paraíso.
La tradición bíblica plantea exactamente lo contrario.
El Dios del Éxodo no aparece celebrando el éxito de los
poderosos. Aparece escuchando el clamor de los esclavos. Esa diferencia es
decisiva. La primera gran intervención de Dios en la historia bíblica está
asociada a la liberación de un pueblo sometido y no a la legitimación de la
estructura que lo sometía.
Por eso la tradición bíblica puede ser profundamente
crítica frente a cualquier forma de poder que produzca humillación o exclusión.
Los profetas no preguntan solamente cuánto produce una sociedad. Preguntan qué
ocurre con sus pobres, con sus trabajadores, con los extranjeros, con quienes
no tienen poder. La riqueza nunca constituye por sí misma una prueba de virtud
y la pobreza nunca puede convertirse automáticamente en una condena moral de
quien la padece.
Francisco retoma esta tradición y la lleva directamente
al corazón del capitalismo contemporáneo. En Evangelii
Gaudium habla de la “idolatría del dinero” y denuncia una economía
que termina funcionando con una lógica propia, indiferente a la dignidad de las
personas. También habla de una “economía de la exclusión” y de una “cultura del
descarte”.
La palabra “idolatría” es particularmente significativa
para leer lo que dijo Milei. Un ídolo es una realidad humana que termina
ocupando el lugar de aquello que debería estar por encima de ella. Cuando el
dinero, el mercado o la propiedad pasan a convertirse en criterios absolutos de
la vida social, ya no estamos simplemente frente a una determinada organización
económica. Estamos frente a una concepción del ser humano subordinada a esa
organización.
Y cuando además se afirma que ese orden económico es
querido por Dios, la operación se vuelve todavía más grave: Dios deja de ser el criterio desde el cual
juzgamos nuestras estructuras y pasa a ser utilizado para justificarlas.
Eso es exactamente lo que la tradición social cristiana
intenta evitar.
Francisco nunca cuestionó la necesidad de producir
riqueza ni convirtió al mercado en el enemigo de la sociedad. Su crítica apunta
a otra cosa: al momento en que la economía pierde su finalidad humana. En Laudato si' advierte que el
mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral ni la inclusión
social. La afirmación supone reconocer tanto la utilidad del mercado como sus
límites.
La diferencia con Milei vuelve a aparecer allí. Una cosa
es afirmar que el mercado puede ser un mecanismo eficaz para organizar
determinadas relaciones económicas. Otra muy diferente es convertirlo en una
explicación general de la sociedad y, finalmente, encontrar en Dios la garantía
de su legitimidad.
Porque una economía no puede ser juzgada solamente desde
quienes ganan con ella.
También debe ser juzgada desde quienes padecen sus
consecuencias.
Esa es una de las razones por las que la Doctrina Social
de la Iglesia coloca en el centro al pobre. No para idealizar la pobreza ni
para negar el esfuerzo individual, sino porque una sociedad revela mucho de sí
misma en la forma en que trata a quienes tienen menos recursos y menos
capacidad para defender sus intereses.
Esta mirada resulta particularmente fuerte en América
Latina. La Teología del Pueblo comprendió que la persona no puede ser separada
de la comunidad en la que vive. El pueblo es una realidad histórica y cultural
que produce vínculos, solidaridad, memoria y sentido. La vida social no puede
reducirse a la suma de individuos que intercambian bienes y celebran contratos.
Esta concepción permite también cuestionar una idea de
libertad reducida exclusivamente a la autonomía económica. La libertad es real
cuando las personas cuentan con condiciones concretas para desarrollar su vida.
El trabajo, la educación, la vivienda, la salud y la posibilidad de participar
de una comunidad no son obstáculos externos a la libertad. Son parte de las
condiciones que permiten ejercerla.
Por eso el cristianismo social no puede aceptar que el
sufrimiento de los demás sea presentado como una consecuencia natural del
funcionamiento económico. Cuando una persona queda excluida, cuando un
trabajador pierde las condiciones para vivir dignamente o cuando una familia no
puede acceder a los bienes fundamentales, la respuesta cristiana no puede
consistir en explicar por qué el mercado funciona de esa manera y dar el
problema por resuelto.
La existencia del que sufre constituye una pregunta sobre
nosotros mismos y sobre la sociedad que hemos construido.
Ese es el punto que vuelve particularmente problemática
la utilización de Dios en el discurso de Milei. Porque cuando Dios es colocado
detrás del mercado, el sufrimiento de quienes quedan debajo puede terminar
siendo presentado como parte de un orden necesario. Y cuando eso ocurre, la
religión deja de ser una voz que interpela al poder y se convierte en una
herramienta para justificarlo.
Es difícil encontrar algo más alejado de la tradición
profética del cristianismo.
La fe cristiana tiene una enorme fuerza crítica
precisamente porque no permite considerar intocable ninguna estructura humana.
El poder económico puede ser cuestionado. El poder político puede ser
cuestionado. La propiedad puede ser cuestionada cuando se transforma en abuso.
El Estado puede ser cuestionado cuando se convierte en dominación. Todos deben
responder ante un criterio que los trasciende: la dignidad de la persona y el bien
común.
Cuando el adversario político es convertido en enemigo
moral y cuando el sistema económico es presentado como parte del orden divino,
la discusión democrática pierde espacio. Ya no se debate solamente qué política
produce mejores resultados. Se pretende establecer quién está del lado correcto
de Dios.
La dignidad humana, no es una opción económica. Es el
criterio desde el cual la economía debe ser juzgada.
Por eso la discusión que propone Milei no debería
llevarnos a preguntar si Dios está con el mercado o contra él. Debería
llevarnos a una pregunta bastante más incómoda: qué ocurre cuando utilizamos a Dios para justificar un orden
económico en el que el sufrimiento de otros aparece como un costo inevitable de
la libertad.
Frente
a una concepción que pretende encontrar en Dios la legitimidad del mercado, el
cristianismo conserva una exigencia mucho más profunda: que Dios vuelva a ser la razón para
defender la dignidad de quienes sufren y no el argumento utilizado para
explicar por qué deben seguir sufriendo.




