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Política Milei y la teologia de mercado
28/08/2026 | 46 visitas
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Por Diego Molinas _ Milei presentó al capitalismo como parte del orden querido por Dios. Frente a esa teología del mercado, la tradición cristiana pone en el centro la dignidad humana, el bien común y la justicia con los más pobres. Una disputa que no es solamente económica: es por el sentido mismo de la vida en sociedad.

Lo que Javier Milei planteó en el Colegio ORT choca de frente con la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia. No se trata de una diferencia menor sobre política económica ni de una discusión acerca de cuánto Estado o cuánto mercado necesita una sociedad. El problema aparece cuando una determinada concepción del capitalismo es presentada como parte del orden querido por Dios y, a partir de allí, se utiliza esa supuesta voluntad divina para legitimar las relaciones económicas y sociales que ese sistema produce.

Milei sostuvo que “el capitalismo es el sistema que Dios preparó” después de la caída del hombre y que los seres humanos no lo inventaron, sino que lo descubrieron al obedecer una ley divina. En su interpretación, los Diez Mandamientos contienen los principios que hacen posible ese orden: la no agresión, la propiedad privada y los contratos. La prosperidad material aparece como consecuencia de la obediencia a ese sistema y el capitalismo como el camino para “traer el paraíso a la Tierra”.

Esta concepción entra en tensión directa con el corazón de la Doctrina Social de la Iglesia porque invierte la relación entre economía y persona. Para la tradición social cristiana, la economía existe para servir a la persona y al bien común; ninguna estructura económica puede convertirse en el criterio último desde el cual se determina el valor de una vida. La propiedad, el trabajo, el mercado y la riqueza tienen una función social y deben ser juzgados por su relación con la dignidad humana.

No es una cuestión abstracta. Desde los Padres de la Iglesia hasta la tradición contemporánea, existe una continuidad muy clara: los bienes tienen un destino que excede su apropiación individual y la riqueza implica una responsabilidad frente a la comunidad. Santo Tomás de Aquino reconoce la propiedad privada, pero la comprende dentro del destino universal de los bienes y del bien común. Rerum Novarum incorpora después la dignidad del trabajador, el salario justo, el derecho de asociación y la responsabilidad de las instituciones frente a la cuestión social.
La diferencia con Milei aparece precisamente allí. La Doctrina Social no busca encontrar una justificación religiosa para un sistema económico determinado. Busca establecer desde la dignidad humana los criterios con los cuales cualquier sistema económico debe ser juzgado. Por eso puede reconocer la propiedad privada y, al mismo tiempo, cuestionar su concentración; puede reconocer la iniciativa individual y, al mismo tiempo, defender el trabajo y la organización colectiva; puede reconocer la función del mercado y, al mismo tiempo, exigir que la economía esté subordinada al bien común.

La cuestión central es quién ocupa el centro.

Para Milei, en su discurso de ORT, ese centro parece estar ocupado por la libertad económica y por las instituciones que permiten su desarrollo. Para la tradición cristiana, el centro es la persona concreta, especialmente cuando su dignidad se encuentra amenazada.

Esta diferencia se vuelve todavía más profunda cuando aparece la pobreza. Porque una concepción económica puede defenderse en términos de eficiencia, crecimiento o libertad, pero cuando se la presenta como voluntad de Dios aparece un problema moral mucho más grave: el sufrimiento producido por las relaciones económicas corre el riesgo de ser interpretado como una consecuencia inevitable —e incluso justa— del orden existente.

Y ahí es donde la utilización de Dios resulta particularmente preocupante.

Si la prosperidad es consecuencia de la obediencia al orden económico y la pobreza aparece como resultado de la incapacidad de adaptarse a él, el sufrimiento deja de ser una pregunta dirigida a la sociedad y comienza a convertirse en un problema individual. El que queda afuera no interpela al sistema: debe encontrar la manera de volver a entrar. El que pierde, simplemente no logró competir. El que no puede consumir, producir o acumular queda fuera de aquello que el discurso presenta como el camino hacia el paraíso.

La tradición bíblica plantea exactamente lo contrario.

El Dios del Éxodo no aparece celebrando el éxito de los poderosos. Aparece escuchando el clamor de los esclavos. Esa diferencia es decisiva. La primera gran intervención de Dios en la historia bíblica está asociada a la liberación de un pueblo sometido y no a la legitimación de la estructura que lo sometía.

Por eso la tradición bíblica puede ser profundamente crítica frente a cualquier forma de poder que produzca humillación o exclusión. Los profetas no preguntan solamente cuánto produce una sociedad. Preguntan qué ocurre con sus pobres, con sus trabajadores, con los extranjeros, con quienes no tienen poder. La riqueza nunca constituye por sí misma una prueba de virtud y la pobreza nunca puede convertirse automáticamente en una condena moral de quien la padece.

Francisco retoma esta tradición y la lleva directamente al corazón del capitalismo contemporáneo. En Evangelii Gaudium habla de la “idolatría del dinero” y denuncia una economía que termina funcionando con una lógica propia, indiferente a la dignidad de las personas. También habla de una “economía de la exclusión” y de una “cultura del descarte”.

La palabra “idolatría” es particularmente significativa para leer lo que dijo Milei. Un ídolo es una realidad humana que termina ocupando el lugar de aquello que debería estar por encima de ella. Cuando el dinero, el mercado o la propiedad pasan a convertirse en criterios absolutos de la vida social, ya no estamos simplemente frente a una determinada organización económica. Estamos frente a una concepción del ser humano subordinada a esa organización.

Y cuando además se afirma que ese orden económico es querido por Dios, la operación se vuelve todavía más grave: Dios deja de ser el criterio desde el cual juzgamos nuestras estructuras y pasa a ser utilizado para justificarlas.

Eso es exactamente lo que la tradición social cristiana intenta evitar.

Francisco nunca cuestionó la necesidad de producir riqueza ni convirtió al mercado en el enemigo de la sociedad. Su crítica apunta a otra cosa: al momento en que la economía pierde su finalidad humana. En Laudato si' advierte que el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral ni la inclusión social. La afirmación supone reconocer tanto la utilidad del mercado como sus límites.

La diferencia con Milei vuelve a aparecer allí. Una cosa es afirmar que el mercado puede ser un mecanismo eficaz para organizar determinadas relaciones económicas. Otra muy diferente es convertirlo en una explicación general de la sociedad y, finalmente, encontrar en Dios la garantía de su legitimidad.

Porque una economía no puede ser juzgada solamente desde quienes ganan con ella.

También debe ser juzgada desde quienes padecen sus consecuencias.

Esa es una de las razones por las que la Doctrina Social de la Iglesia coloca en el centro al pobre. No para idealizar la pobreza ni para negar el esfuerzo individual, sino porque una sociedad revela mucho de sí misma en la forma en que trata a quienes tienen menos recursos y menos capacidad para defender sus intereses.

Esta mirada resulta particularmente fuerte en América Latina. La Teología del Pueblo comprendió que la persona no puede ser separada de la comunidad en la que vive. El pueblo es una realidad histórica y cultural que produce vínculos, solidaridad, memoria y sentido. La vida social no puede reducirse a la suma de individuos que intercambian bienes y celebran contratos.

Esta concepción permite también cuestionar una idea de libertad reducida exclusivamente a la autonomía económica. La libertad es real cuando las personas cuentan con condiciones concretas para desarrollar su vida. El trabajo, la educación, la vivienda, la salud y la posibilidad de participar de una comunidad no son obstáculos externos a la libertad. Son parte de las condiciones que permiten ejercerla.

Por eso el cristianismo social no puede aceptar que el sufrimiento de los demás sea presentado como una consecuencia natural del funcionamiento económico. Cuando una persona queda excluida, cuando un trabajador pierde las condiciones para vivir dignamente o cuando una familia no puede acceder a los bienes fundamentales, la respuesta cristiana no puede consistir en explicar por qué el mercado funciona de esa manera y dar el problema por resuelto.

La existencia del que sufre constituye una pregunta sobre nosotros mismos y sobre la sociedad que hemos construido.

Ese es el punto que vuelve particularmente problemática la utilización de Dios en el discurso de Milei. Porque cuando Dios es colocado detrás del mercado, el sufrimiento de quienes quedan debajo puede terminar siendo presentado como parte de un orden necesario. Y cuando eso ocurre, la religión deja de ser una voz que interpela al poder y se convierte en una herramienta para justificarlo.

Es difícil encontrar algo más alejado de la tradición profética del cristianismo.

La fe cristiana tiene una enorme fuerza crítica precisamente porque no permite considerar intocable ninguna estructura humana. El poder económico puede ser cuestionado. El poder político puede ser cuestionado. La propiedad puede ser cuestionada cuando se transforma en abuso. El Estado puede ser cuestionado cuando se convierte en dominación. Todos deben responder ante un criterio que los trasciende: la dignidad de la persona y el bien común.

Cuando el adversario político es convertido en enemigo moral y cuando el sistema económico es presentado como parte del orden divino, la discusión democrática pierde espacio. Ya no se debate solamente qué política produce mejores resultados. Se pretende establecer quién está del lado correcto de Dios.

La dignidad humana, no es una opción económica. Es el criterio desde el cual la economía debe ser juzgada.

Por eso la discusión que propone Milei no debería llevarnos a preguntar si Dios está con el mercado o contra él. Debería llevarnos a una pregunta bastante más incómoda: qué ocurre cuando utilizamos a Dios para justificar un orden económico en el que el sufrimiento de otros aparece como un costo inevitable de la libertad.

Frente a una concepción que pretende encontrar en Dios la legitimidad del mercado, el cristianismo conserva una exigencia mucho más profunda: que Dios vuelva a ser la razón para defender la dignidad de quienes sufren y no el argumento utilizado para explicar por qué deben seguir sufriendo.

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