El Gobierno reprime en el centro de la Ciudad de Buenos Aires. Fuerzas de seguridad avanzaron sobre la movilización frente al Congreso con gases lacrimógenos, balas de goma e hidrantes. Hubo heridos y detenidos y trabajadores de prensa denunciaron haber sido alcanzados mientras cubrían la protesta.
Miles de personas habían llegado al Congreso, bajo la lluvia y el frío, para movilizarse en defensa de la tierra y la soberanía. La represión fue la respuesta del Gobierno a una protesta que se mantuvo durante horas en las calles.
Y ocurre después de un retroceso político concreto. Milei no consiguió los votos para avanzar con los cambios sobre las tierras rurales y tuvo que retirar ese capítulo del proyecto.
El Gobierno quiso avanzar y no pudo. La defensa de la tierra consiguió reunir una resistencia social y política que terminó poniendo un límite a una de las iniciativas oficiales.
Pero la protesta no se desarmó. La gente siguió en la calle y la respuesta fue una represión de enorme magnitud en pleno centro porteño.
La secuencia es clara: Milei tuvo que retroceder y después reprimió.
No es la primera vez. Jubilados, trabajadores, estudiantes y organizaciones sociales ya enfrentaron gases y palos durante este Gobierno. La represión se convirtió en una respuesta habitual frente a quienes salen a cuestionar sus políticas.
Pero hoy aparece algo diferente. La calle no solamente protesta: empieza a poner límites.
La discusión sobre las tierras logró además reunir un malestar que va mucho más allá de una ley. Tierra, recursos naturales, trabajo y soberanía empiezan a formar parte de una misma discusión frente a un Gobierno que ajusta hacia adentro mientras avanza sobre áreas estratégicas del país.
A pesar de la lluvia, el frío y la represión, la gente siguió en la calle.
Ese es el dato político de estas horas: el Gobierno empieza a encontrar en la calle un límite que hasta ahora no encontraba. El conflicto social escala, la gente pierde el miedo y desafia la agenda del gobierno en la calle.




