La parroquia Nuestra Señora del Rosario, en el barrio Costa Esperanza, fue escenario de la presentación de En la tierra como en el cielo. La tierra prometida es la justicia social, de Diego Molinas. El encuentro reunió al autor con el padre Adolfo Benassi y Domingo Bresci, sacerdote integrante del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y compañero de militancia de Carlos Mugica.
La fecha aportó una resonancia especial: el 8 de octubre, un día después del aniversario número 96 del nacimiento de Mugica, la presentación convocó a recuperar una tradición de compromiso cristiano con los sectores populares y a ponerla en diálogo con los desafíos del presente.
La elección del lugar tampoco fue un detalle menor. Costa Esperanza, un barrio surgido como asentamiento y construido por familias trabajadoras y comunidades migrantes, ofreció el marco concreto para una obra que propone pensar la Doctrina Social de la Iglesia desde la experiencia popular. Allí, donde la vida comunitaria se construye en medio de dificultades y esperanzas compartidas, la pregunta por la justicia social dejó de ser una formulación abstracta para vincularse con las condiciones reales en las que viven y se organizan las comunidades.
El libro propone un recorrido por la tradición social de la Iglesia, desde las raíces bíblicas hasta el pensamiento latinoamericano contemporáneo. Su planteo central es que la dignidad humana constituye el fundamento de una sociedad justa y que los pueblos, con su historia, su cultura y su capacidad de organización, son protagonistas indispensables de esa construcción.
El primero en tomar la palabra fue el padre Adolfo Benassi, quien planteó que la Doctrina Social de la Iglesia no constituye una dimensión secundaria de la fe, sino una manera de llevar el Evangelio a la vida de la sociedad.
A partir de esa convicción, repasó principios como la dignidad de la persona humana, el bien común, el destino universal de los bienes, la solidaridad, la subsidiariedad, la participación, el trabajo digno y el cuidado de la casa común.
Su exposición puso el acento en las consecuencias concretas de esa tradición. La propiedad tiene una función social, el trabajo debe desarrollarse en condiciones dignas y el bien común exige prestar especial atención a quienes atraviesan situaciones de sufrimiento y exclusión.
Benassi también señaló la actualidad de estos principios frente a los cuestionamientos que recibe la justicia social. La misión de la Iglesia, sostuvo, requiere iluminar la realidad desde el Evangelio y reconocer a la persona concreta, con sus luchas, esperanzas y necesidades, como centro de su acción.
En un barrio como Costa Esperanza, esas palabras encontraron un escenario elocuente: una comunidad en la que la vida cotidiana pone a prueba, día tras día, la capacidad de construir respuestas colectivas.
La intervención de Diego Molinas puso en el centro una de las ideas que atraviesan En la tierra como en el cielo: los barrios populares no son solamente territorios donde se expresan las desigualdades sociales, sino también espacios donde se producen conocimientos, cultura, organización y sentido.
Frente a una época marcada por la incertidumbre y la pérdida de referencias éticas y políticas, la experiencia comunitaria ofrece una perspectiva desde la cual volver a pensar el mundo. La capacidad de construir vínculos, acompañar a quienes atraviesan dificultades y organizar respuestas colectivas revela una inteligencia que supera la lógica individual y reconoce en la comunidad una condición fundamental de la vida social.
De allí una de las afirmaciones que sintetizaron el planteo del autor: «Nuestro barrio es una hipótesis del mundo». La frase propone reconocer al barrio como un marco desde el cual interpretar la realidad y producir pensamiento. Sus habitantes no son meros destinatarios de políticas públicas ni objetos de estudio: son sujetos históricos capaces de construir respuestas, transmitir saberes y participar en la organización de la sociedad.
Esta perspectiva tampoco supone idealizar la pobreza ni romantizar las dificultades que atraviesan las comunidades. Reconocer el valor de la organización popular no vuelve aceptables las carencias materiales ni reemplaza la obligación de garantizar derechos. Por el contrario, permite reconocer tanto las injusticias que padecen los barrios como las capacidades que allí se desarrollan para transformar la realidad.
El planteo se vincula con el recorrido teológico del libro. Desde el Génesis, que afirma la dignidad de cada ser humano, hasta el Éxodo, donde Dios escucha el clamor de un pueblo sometido, y la denuncia profética de la injusticia, la tradición bíblica presenta la dignidad como fundamento de una vida social que debe transformarse. En Jesús, esa perspectiva se expresa en la cercanía con los excluidos, la restitución de vínculos y la construcción de comunidad.
A partir de ese horizonte, la obra pone en diálogo la Doctrina Social de la Iglesia, la Teología de la Liberación y la Teología del Pueblo. La primera permite examinar las estructuras económicas y sociales que producen desigualdad; la segunda reconoce la capacidad histórica de los pueblos para crear cultura, expresar su fe y organizar la vida colectiva.
En ese recorrido, el pensamiento del papa Francisco ocupa un lugar central. Su insistencia en la cultura del encuentro, la fraternidad, la amistad social y la opción por los pobres recupera una convicción fundamental: los pueblos no son espectadores de la historia, sino protagonistas capaces de producir sentido y construir comunidad.
Francisco también cuestionó la idolatría del dinero y una economía que descarta personas, y convocó a recuperar una mirada en la que el valor de la vida humana prevalezca sobre los intereses económicos. El libro recoge esa perspectiva y la vincula con la experiencia de los barrios populares, donde la fe, la memoria y la organización forman parte de una misma trama comunitaria.
La religiosidad popular aparece así no como una expresión marginal, sino como una forma en que los pueblos elaboran su experiencia, sostienen su esperanza y construyen pertenencia. En esta perspectiva, la fe no se separa de la historia: encuentra en la vida concreta de las comunidades un lugar para expresarse y comprometerse con la dignidad humana.
El recorrido llega también a los desafíos contemporáneos de la inteligencia artificial, la automatización y la concentración del poder económico. La cuestión no es solamente qué pueden hacer las nuevas tecnologías, sino qué lugar ocupa la persona en un modelo de sociedad que corre el riesgo de privilegiar la productividad y la rentabilidad por encima de los vínculos y las necesidades humanas.
Desde esta mirada, la comunidad organizada trasciende la respuesta inmediata a las dificultades: constituye una forma de pensar y construir la sociedad, reconociendo al pueblo como protagonista de su historia.
La tercera intervención estuvo a cargo de Domingo Bresci, cuya trayectoria conecta la presentación con una etapa decisiva de la historia de la Iglesia argentina.
Con 88 años y 64 de sacerdocio, Bresci recordó su participación en el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y el clima de transformación que atravesó a la Iglesia y a la sociedad durante las décadas de 1960 y 1970. El Concilio Vaticano II había abierto un horizonte de renovación que, en América Latina, se expresó también en el compromiso de numerosos sacerdotes con los sectores empobrecidos.
La cercanía de la fecha con el aniversario del nacimiento de Carlos Mugica reforzó el significado de su presencia. Bresci compartió con Mugica aquella experiencia de militancia cristiana que buscaba vincular el Evangelio con la transformación de las estructuras sociales.
Al referirse al libro, destacó que su reflexión parte de las experiencias de los barrios populares y de sus militancias, y no solamente de una elaboración académica. También valoró la articulación de la teología con la historia, la sociología y el magisterio de la Iglesia.
Para Bresci, la importancia de esa perspectiva reside en reconocer la sabiduría popular y la capacidad de las comunidades para convertirse en protagonistas de su destino.
Su diagnóstico sobre el presente estuvo atravesado por un contraste histórico. Si durante su juventud muchos militantes luchaban por transformar un sistema que explotaba, degradaba y excluía, hoy, señaló, buena parte de la sociedad se encuentra concentrada en cómo sobrevivir dentro de él.
También advirtió sobre los riesgos de una organización social que subordina a las personas a la eficiencia, el rendimiento y la rentabilidad. La tecnología puede abrir posibilidades, pero el problema aparece cuando el capital prevalece sobre el trabajo, el individuo sobre la comunidad y el hacer sobre el ser.
La reflexión de Bresci conectó así la memoria de las luchas de los años sesenta y setenta con los desafíos actuales. Su intervención fue el testimonio de una generación que sigue buscando caminos para construir una sociedad más justa.
Bresci expresó su deseo de que encuentros como el de Costa Esperanza se conviertan en espacios de diálogo, donde los participantes puedan compartir sus experiencias y pensar colectivamente nuevas respuestas. La propuesta coincidió con el espíritu de una obra que reconoce en las comunidades populares una fuente de pensamiento y acción.
En ese horizonte apareció una de las afirmaciones más significativas de su intervención: «Nadie se salva solo». Bresci amplió la idea al señalar que ningún barrio ni ningún país se salva por sí mismo y que América Latina necesita construir respuestas compartidas frente a los desafíos de su tiempo.
La frase encontró una resonancia particular en Costa Esperanza, donde las familias trabajadoras y las comunidades migrantes construyen diariamente vínculos y formas de organización para sostener la vida.
La presentación puso así en diálogo tres perspectivas: la reflexión pastoral de Benassi, el planteo de Molinas sobre el barrio como productor de conocimiento y la memoria de Bresci, protagonista de una generación que buscó transformar la Iglesia y la sociedad.
A 96 años del nacimiento de Carlos Mugica, su legado volvió a aparecer en una comunidad popular, no como una evocación detenida en el pasado, sino como una pregunta dirigida al presente: qué significa comprometerse con la dignidad humana y qué sociedad es necesario construir para hacerla efectiva.
En la tierra como en el cielo propone una respuesta que recorre la Biblia, la tradición social de la Iglesia y el pensamiento latinoamericano, pero que también invita a reconocer la capacidad de los pueblos para construir organización, comunidad y un futuro compartido.
La tierra prometida no es una recompensa lejana ni un privilegio reservado para unos pocos. Es la posibilidad de que cada persona viva con dignidad y de que la sociedad organice sus recursos, su economía y su política al servicio de la vida.
La tierra prometida es la justicia social. Y la comunidad organizada es el ensayo cotidiano de un mundo mejor.




