En tiempos donde la
narrativa dominante sobre Palestina se escribe desde el poder y la censura, la
voz de Rafael Araya Masry llega como una ráfaga de aire fresco y sin
concesiones. Militante incansable por los derechos del pueblo palestino,
dirigente reconocido en América Latina y miembro del órgano central de la OLP,
Araya habla sin eufemismos: denuncia que la guerra es el salvavidas político de
Netanyahu, describe la ruptura inédita en la sociedad israelí y detalla cómo la
solidaridad internacional empieza a mover piezas que parecían inmóviles.
En esta conversación con Barrio Adentro,
las cifras se mezclan con imágenes concretas —jóvenes judíos en Nueva York con
carteles que dicen “No en mi nombre”, góndolas vaciadas de productos israelíes
en supermercados europeos, miles marchando en Buenos Aires pese al clima
adverso— para mostrar que la causa palestina no es una bandera lejana, sino una
lucha que interpela la conciencia de todos.
Lo que sigue no es solo una entrevista: es un mapa de la resistencia política,
social y cultural frente a un genocidio que busca imponerse por el silencio.
Diego Molinas: Rafael, venimos alertando sobre la
agudización del genocidio contra el pueblo palestino a partir de la decisión
del gobierno de Israel de intentar tomar control total de la Franja de Gaza.
¿Cómo analizás este momento?
Rafael Araya
Masry: Hemos visto
hasta dónde es capaz de llegar Netanyahu para mantenerse en el poder. Si mañana
terminara la agresión a Gaza, estaría buscando atacar a Irán, al Líbano, a
Siria o a Yemen. Siempre va a encontrar un enemigo, porque la guerra es su
única tabla de salvación política.
Tiene causas judiciales por corrupción y sabe que, si avanza el juicio, puede
terminar en la cárcel. Por eso el alto el fuego es un peligro real para él:
abriría la puerta a que la sociedad israelí mire hacia adentro y cuestione su
gestión. La paz es la mayor amenaza para su continuidad.
Diego Molinas: ¿Qué señales ves en la sociedad
israelí?
Rafael Araya
Masry: Hay algo
inédito: miles de personas en Tel Aviv pidiendo no solo la liberación de
rehenes, sino el fin de las matanzas en Gaza. Esto no pasaba desde 1982, con la
invasión al Líbano, cuando marcharon 400.000 personas.
Además, hay profesionales y familias que se van del país, hartos de vivir en
estado de alerta permanente, con un gobierno que aplica medidas cada vez más
fascistas para silenciar voces disidentes.
La política es un lenguaje de gestos, y que en una sociedad históricamente
cohesionada frente a Palestina se abra esta grieta es muy significativo.
Diego Molinas: ¿Cómo se está moviendo el tablero
internacional?
Rafael Araya
Masry: El “mundo
árabe” no es homogéneo: conviven monarquías alineadas con EE.UU. y gobiernos
con otras posturas, como Argelia. Esa diversidad explica por qué no hay una
reacción unificada.
En cambio, en Europa se ven cambios claros: Francia replanteó su política,
otros países se preparan para reconocer a Palestina, aunque Alemania sigue como
aliado incondicional por la culpa histórica y el chantaje político vinculados
al Holocausto.
Y algo importante: la Unión Europea es el principal socio comercial de Israel,
representa el 63% de su comercio. Si aplicara sanciones por violaciones a
derechos humanos, el impacto sería enorme.
Diego Molinas: En Argentina, este fin de semana hubo
una movilización importante.
Rafael Araya
Masry: Fue
emocionante. Más de 10.000 personas en las calles pese a un gobierno argentino
alineado incondicionalmente con Israel. Estuvieron legisladores como Lorena
Pokoik, Myriam Bregman, Eduardo Valdés, Santiago Cafiero y referentes de
izquierda que siempre han acompañado la causa palestina. También hubo
solicitadas firmadas por intelectuales en medios como Tiempo Argentino, Perfil
y La Nación.
Esto rompe un cerco de autocensura que llevaba años: el miedo a ser acusado de
antisemita, a perder pauta o a quedar estigmatizado. Ese dique empezó a quebrarse.
Diego Molinas: Recién mencionaste el boicot como
herramienta. ¿Qué está pasando ahí?
Rafael Araya
Masry: El boicot, la
desinversión y las sanciones están funcionando. En Irlanda y Francia se retiran
productos israelíes de las góndolas, McDonald’s perdió 17 mil millones de
dólares en 2024 y Starbucks 11 mil millones. Universidades de EE.UU. cortaron
vínculos académicos y financieros con empresas que operan en territorios
ocupados.
Incluso en EE.UU., donde el año pasado el 82% apoyaba a Israel y solo el 18% a
Palestina, hoy están 50 y 50. Y hemos visto a miles de jóvenes judíos
norteamericanos protestar con la consigna “No en mi nombre”, o tomar estaciones
de metro y campus universitarios. Eso es un golpe directo al lobby sionista en
Estados Unidos.
Diego Molinas: ¿Qué puede hacer una persona común
desde acá?
Rafael Araya
Masry: Mucho.
Recomiendo la aplicación No Thanks: escaneás el código de barras y te
dice si un producto está vinculado a Israel. Si lo está, elegís otra marca. Son
gestos pequeños, pero millones de gestos así pueden cambiar el curso de las
cosas.
El pueblo palestino no olvida la solidaridad, y el día de mañana la historia
preguntará: ¿qué hiciste vos mientras en Gaza asesinaban a 20.000 niños?




