"Vayan quemando sus viejas fotos del Che Guevara mirando al horizonte. Escondan los libros de Galeano. Den vuelta otra vez esos mapamundis donde alguna vez escribieron que nuestro norte era el Sur. Guarden las estrellas rojas, las banderas antiimperialistas y todas esas antiguallas con las que durante décadas intentaron representar la rebeldía de los pueblos. El mundo ha cambiado y la nueva iconografía de la emancipación global exige otros símbolos. Ahí lo tienen: Felipe VI, heredero de una monarquía restaurada por el franquismo, levantando la Copa del Mundo junto a la Selección española, convertido por una extraña operación ideológica en la imagen del progreso, la democracia y la dignidad del Sur Global".
La ironía sería apenas un chiste si no expresara una contradicción política mucho más profunda. Porque mientras la presencia del monarca español fue presentada como un gesto de normalidad institucional, la posibilidad de que la Selección Argentina levantara la Copa fue narrada por ciertos sectores progresistas como una amenaza política. La Argentina popular aparecía asociada anticipadamente al fascismo, a Milei, al nacionalismo reaccionario y a una supuesta celebración de la barbarie; la España monárquica, en cambio, podía desfilar tranquilamente hacia el Palacio de la Zarzuela sin que aquello alterara la sensibilidad anticolonial de quienes hasta el día anterior denunciaban los privilegios heredados, las jerarquías imperiales y la persistencia de las estructuras franquistas.
El contraste no puede explicarse únicamente como una inconsistencia discursiva. Lo que quedó expuesto es una mutación en la forma de mirar al Sur. Durante mucho tiempo, el pensamiento anticolonial sostuvo que los pueblos periféricos debían recuperar la capacidad de nombrarse, producir sus propios símbolos y construir una conciencia histórica desde su experiencia concreta. La emancipación no consistía solamente en expulsar al poder extranjero, sino en dejar de buscar en Europa la medida de todas las cosas. Sin embargo, una parte del progresismo contemporáneo parece haber invertido ese principio: acepta al Sur mientras el Sur se mantenga dentro de una representación previamente diseñada, pero lo condena cuando aparece con sus contradicciones reales, con su identidad nacional, con sus símbolos populares y con formas de rebeldía que no han sido autorizadas por los tribunales morales de las élites ilustradas.
Los mismos jugadores que fueron presentados como instrumentos inevitables de una celebración con Milei ya habían evitado, en otras ocasiones, transformarse en escenografía del poder. No corrieron a sacarse una fotografía con el presidente argentino, no se prestaron dócilmente a una operación propagandística y tampoco convirtieron sus victorias en un acto de adhesión al Gobierno. Del mismo modo, cuando tuvieron delante a Donald Trump, varios de ellos evitaron el gesto de pleitesía que tantos suponían obligatorio, marcaron una distancia. No eran militantes de un partido ni tenían por qué serlo. Eran jugadores capaces de reconocer que representar a la Argentina no equivale a representar al gobierno circunstancial de la Argentina.
Esa distinción, elemental para cualquier pensamiento democrático, desapareció por completo en el juicio previo que se construyó sobre ellos. La Selección fue reducida a la figura de Milei, como si un pueblo entero pudiera ser confiscado por quien ocupa temporalmente la Presidencia. Esa operación tiene una larga tradición colonial: negar la pluralidad de una sociedad, borrar sus luchas internas y presentar a la población sometida como una masa homogénea definida por su élite gobernante. Bajo esa lógica, los argentinos habrían dejado de ser un pueblo complejo, atravesado por resistencias, contradicciones y memorias populares, para convertirse simplemente en “los que votaron a Milei”. España, en cambio, quedaba liberada de toda responsabilidad por su monarquía porque el rey no había sido elegido. Así, de una manera bastante curiosa, el hecho de que Felipe VI ocupe el trono por herencia franquista pasaba a ser una credencial democrática, mientras el voto popular argentino era utilizado como argumento para degradar moralmente a toda una sociedad.
Esa inversión revela un desprecio que no se dirige únicamente contra la derecha argentina. Se dirige contra la posibilidad misma de reconocer que en la Argentina existe un pueblo que continúa luchando a pesar de Milei, contra Milei y más allá de Milei. Un pueblo que resiste en los sindicatos, en las universidades, en los hospitales públicos, en las organizaciones sociales, en las plazas y en los barrios. Un pueblo que ha sufrido represiones en el Obelisco por el solo hecho de ocupar colectivamente el espacio público y celebrar sus alegrías. Un pueblo al que se intenta fragmentar, enfrentar y convencer de que ya no posee ninguna historia común, pero que vuelve a reconocerse cuando una bandera, una canción o una camiseta permiten que aparezca momentáneamente ese nosotros que el neoliberalismo necesita destruir.
La bandera de Malvinas mostrada por los jugadores debe comprenderse en esa trama. Era una bandera pintada a mano por un hincha sobre una sábana de hotel, una pieza precaria nacida de la cultura popular y transmitida desde abajo hacia quienes representaban al país. En ese gesto se condensaba una memoria que pertenece a una sociedad que continúa reconociendo en Malvinas una herida colonial abierta. Los jugadores no levantaron el símbolo de una potencia, ni el emblema de una empresa, ni la insignia de una campaña cuidadosamente preparada. Levantaron una bandera construida por un hincha anónimo y con ella hicieron visible una continuidad histórica entre el barrio, la Selección y la causa nacional.
Ese gesto resultó intolerable para quienes solo pueden reconocer una causa anticolonial cuando se expresa en el vocabulario adecuado. Malvinas incomoda porque obliga a admitir que la Argentina también fue objeto de una agresión imperial y que la memoria nacional-popular puede contener una dimensión emancipadora. Incomoda porque rompe con la representación de una Argentina esencialmente blanca, europea y privilegiada frente al resto de América Latina. Incomoda, sobre todo, porque devuelve al pueblo argentino su derecho a narrarse no como una prolongación fallida de Europa, sino como una comunidad latinoamericana marcada por el mestizaje, las migraciones, el trabajo, la desigualdad y una larga historia de resistencia frente a los poderes coloniales.
El origen social de buena parte de los jugadores profundiza todavía más esa contradicción. No estamos hablando de una aristocracia aislada de la vida popular, sino de pibes formados en clubes de barrio, hijos de trabajadores, nacidos en periferias urbanas, pueblos del interior y familias que conocieron la precariedad mucho antes que la fama. Su argentinidad no es una identidad europea trasplantada, sino una experiencia plebeya construida en la mezcla de las provincias, las migraciones regionales, las culturas barriales y la sociabilidad popular. Cuando esos jugadores son llamados “simios de mierda” por un futbolista europeo, el insulto no puede reducirse al exceso verbal de una competencia deportiva. Allí aparece, desnuda, la mirada colonial que durante siglos animalizó a los pueblos del Sur para negarles humanidad y justificar su subordinación.
El cachetazo con el que un jugador argentino respondió a esa agresión tampoco necesita ser convertido en una doctrina moral. Su sentido político reside en otro lugar: en el rechazo inmediato a ocupar dócilmente el lugar de inferioridad que el insulto pretendía asignarle. Fanon comprendió que la colonialidad se inscribe también en los cuerpos, en la distribución de quién puede mirar, nombrar, humillar y exigir obediencia. Frente a una agresión racista, el cuerpo del insultado es empujado a elegir entre aceptar la definición del agresor o rebelare. Lo que se quebró en ese instante fue la expectativa de que el insultado debía bajar la cabeza para conservar la aprobación de quienes ya lo habían deshumanizado.
Resulta significativo que muchos de quienes encontraron intolerable esa reacción no demostraran la misma indignación frente al insulto racista que la provocó. Allí reaparece la vieja distribución colonial de la sensibilidad: la violencia del poderoso se vuelve paisaje, mientras la respuesta del humillado es convertida en escándalo. Europa conserva el derecho de nombrar al otro como animal, pero el otro pierde legitimidad cuando se niega a aceptar ese nombre. La agresión original se evapora y toda la condena recae sobre quien interrumpió la escena. No importa ya quién produjo la violencia, sino quién se atrevió a romper el orden jerárquico que la hacía posible.
La Argentina popular incomoda porque no acepta fácilmente ese lugar. Puede ser contradictoria, y atravesada por todas las marcas de una sociedad profundamente desigual, pero conserva una capacidad persistente para producir orgullo desde abajo. Ese orgullo no es necesariamente la exaltación chauvinista de una superioridad nacional. Muchas veces es exactamente lo contrario: es la afirmación de que quienes fueron despreciados, llamados negros, villeros, grasas o cabecitas también tienen derecho a representar a la nación. La camiseta argentina se convierte entonces en un espacio donde sectores históricamente expulsados de la imagen oficial del país irrumpen y dicen: la Argentina también somos nosotros.
Esa es la dimensión que desaparece cuando se interpreta cualquier manifestación de argentinidad como una forma de "racismo". Se confunde el nacionalismo imperial de las potencias con el nacionalismo defensivo de los pueblos periféricos; se equipara la bandera del conquistador con la bandera de quienes intentan preservar una comunidad sometida a procesos permanentes de fragmentación. Pero la nación no ocupa el mismo lugar en el centro y en la periferia. Para los imperios, la nación fue muchas veces una plataforma de expansión; para los pueblos colonizados, pudo ser también una herramienta para recuperar recursos, defender territorios, integrar comunidades dispersas y construir soberanía frente a poderes que necesitaban mantenerlas separadas.
La Argentina fue construida mediante violencias, exclusiones y proyectos oligárquicos que no deben ser ocultados. Pero también fue construida por luchas populares que disputaron el significado de la patria. La patria de las élites agroexportadoras no fue la misma patria de los trabajadores del 17 de Octubre; la bandera de quienes bombardeaban Plaza de Mayo no significaba lo mismo que la bandera sostenida por las Madres; la palabra nación en boca de quienes entregan los recursos estratégicos no tiene el mismo contenido que en la memoria de los conscriptos enviados a Malvinas. No existe una argentinidad pura y homogénea, sino una disputa histórica por decidir quiénes forman parte de ella y al servicio de qué proyecto colectivo debe organizarse.
Por eso resulta tan pobre reducir toda identificación nacional a Milei. El actual presidente intenta apropiarse de los símbolos argentinos mientras entrega dimensiones centrales de la soberanía, admira a Margaret Thatcher y subordina la política exterior a los intereses de las grandes potencias. Su nacionalismo es escénico: necesita banderas para encubrir la desarticulación material de la nación. Pero que Milei intente apropiarse de la Argentina no significa que la Argentina le pertenezca. Abandonar la bandera porque la derecha intenta utilizarla sería regalarle el terreno donde todavía puede constituirse una comunidad popular capaz de enfrentarla.
Los jugadores parecieron comprenderlo mejor que muchos intelectuales. Evitaron convertirse en utilería de Milei y, al mismo tiempo, no renunciaron a expresar la identidad argentina. Mostraron que es posible tomar distancia del Gobierno sin aceptar que la patria sea una palabra prohibida. Levantaron la bandera de Malvinas, representaron a sus barrios y se negaron a reducir la Selección a la foto oficial que el poder esperaba obtener. Esa combinación desconcierta a quienes solo pueden organizar el mundo mediante oposiciones simples: o se rechaza toda identidad nacional o se pertenece inevitablemente a la derecha; o se acepta la pedagogía moral de las élites o se cae en la barbarie.
Allí reside la profundidad del problema. Una parte del progresismo ha reemplazado el análisis de las relaciones reales de poder por una administración superficial de símbolos. Ya no pregunta quién domina, quién posee los recursos, quién impone las condiciones económicas o quién ejerce la violencia colonial. Pregunta quién utiliza las palabras correctas, quién ofrece la imagen adecuada y quién se acomoda mejor a una sensibilidad internacional construida, paradójicamente, en los centros culturales del Norte. De ese modo, una monarquía europea puede ser absorbida sin demasiado conflicto dentro del paisaje democrático, mientras una manifestación plebeya latinoamericana es sometida a un examen de pureza interminable.
Felipe VI levantando la Copa no constituye por sí mismo un problema histórico de enorme gravedad. Lo verdaderamente significativo es que esa imagen haya podido ser presentada como políticamente neutra, mientras se cargaba sobre los jugadores argentinos la responsabilidad imaginaria de representar a Milei, al fascismo y a todos los males del planeta. El rey era apenas un acompañante institucional; los pibes del barrio, en cambio, debían responder por el voto de millones, por las decisiones de un gobierno y hasta por la identidad completa de la Argentina. Europa conservaba el privilegio de ser compleja. El Sur volvía a ser reducido a una esencia.
Eso es colonialidad. No solamente la defensa consciente de un imperio, sino la distribución desigual del derecho a la contradicción. España puede tener monarquía, pasado franquista, racismo, violencia colonial y desigualdad sin dejar de ser tratada como una democracia europea respetable. La Argentina, en cambio, queda definida íntegramente por Milei y pierde de inmediato cualquier legitimidad como pueblo del Sur. A unos se les permite ser sociedades atravesadas por conflictos; a otros se los condena como identidades completas. El Norte conserva individuos y matices. El Sur recibe sentencias.
No era anticolonialismo. Era desprecio por el Sur disfrazado de progresismo. Era la incapacidad de reconocer como sujetos emancipadores a quienes no coincidían con la estética idealizada de la emancipación. Era el rechazo a una Argentina barrial, mestiza, negra, futbolera y malvinera que no necesitaba pedir autorización para formar parte de América Latina. Era, en definitiva, la vieja sospecha colonial frente a un pueblo que, aun bajo un gobierno que intenta desintegrarlo, continúa produciendo símbolos de unidad, memoria y resistencia.
El verdadero acontecimiento no fue solamente una final ni una fotografía institucional. Fue la persistencia de un pueblo que se negó a ser reducido al gobierno que lo gobierna, a los insultos con los que intentaron degradarlo o a la imagen europea que otros habían construido sobre él. Ese pueblo apareció en la bandera pintada a mano, en los jugadores nacidos en los barrios, en el rechazo a transformarse en propaganda de Trump o de Milei, en la respuesta frente al insulto racista y en cada celebración popular reprimida porque desbordaba los límites de una sociedad pensada únicamente como mercado.
Quienes alguna vez dieron vuelta el mapa para afirmar que nuestro norte era el Sur deberían mirar nuevamente la imagen. No para descubrir en Felipe VI un inesperado símbolo revolucionario, sino para preguntarse cómo llegaron a considerar más amenazante a un pueblo latinoamericano que a la continuidad visible de una monarquía europea. Tal vez entonces comprendan que el mapa no se había dado vuelta del todo. Europa seguía ocupando el centro de su mirada y el Sur continuaba bajo sospecha.
La Argentina popular no es inocente, pura ni homogénea. Ningún pueblo lo es. Pero sigue siendo uno de los territorios donde se disputa la posibilidad de construir una comunidad política frente a las fuerzas que pretenden fragmentarla. En sus barrios, sus sindicatos, sus clubes, sus memorias y sus símbolos sobrevive una voluntad de pertenencia que no puede ser explicada únicamente como nacionalismo reaccionario. A veces, la patria es el último nombre que conserva un pueblo para defender aquello que todavía no ha sido privatizado, entregado o convertido en mercancía.
Por eso la bandera de Malvinas es la memoria de una herida colonial sostenida por los hijos de los trabajadores. El cachetazo no era la prueba de una barbarie nacional. Era la interrupción de una humillación racista. La negativa a posar con Milei o a rendir pleitesía a Trump no era una revolución, pero sí la evidencia de que esos jugadores no estaban dispuestos a entregar completamente su imagen al poder. Y la alegría argentina, esa alegría popular que tantas veces fue reprimida en el Obelisco, no era la celebración de un gobierno: era el pueblo recuperando por un instante el derecho a encontrarse consigo mismo.
Que quede entonces Felipe VI como nuevo emblema de la rebeldía global para quienes necesitan una emancipación sin pueblos, una democracia sin conflicto y un anticolonialismo aprobado por Europa. De este lado quedará la Argentina realmente existente: contradictoria, plebeya, herida y obstinada; una Argentina que todavía lleva Malvinas en la memoria, que todavía responde cuando la llaman inferior y que, aun en medio de la fragmentación, insiste en reconocerse como pueblo.
Porque el Sur no es una estética, una consigna ni una identidad disponible para el consumo moral. El Sur es el lugar concreto desde donde millones de personas luchan por no ser narradas, gobernadas y degradadas por otros. Y cuando ese Sur habló con acento argentino, algunos descubrieron que no lo amaban tanto como creían.




