No ser manipulados por la crueldad es, hoy, un acto político.
En un océano de frivolidad y de absurdo —donde el significante se vacía y el sentido se licúa— lo primero que se pierde no es la información, sino la pregunta. ¿Qué huella vamos a dejar en la historia? ¿En el barrio? ¿En lo humano? Cuando esa pregunta desaparece, el presente se vuelve puro consumo de estímulos, una sucesión de impactos que no construyen memoria ni horizonte.
Hablar de instinto de humanidad no remite a lo primario ni a lo irracional. Todo lo contrario. En tiempos de algoritmo y guerra cognitiva, el instinto se vuelve una forma de sospecha lúcida, una herramienta de supervivencia frente al volumen de información impuesto. Es la capacidad de tomar distancia crítica, de interrumpir la inercia, de recuperar el pensamiento propio y la potencia creativa frente a una lógica que busca moldear conductas más que producir ideas.
La economía de la atención ha instalado la búsqueda de dopamina como norte. Likes, escándalos, indignaciones fugaces, recompensas inmediatas. Ese régimen del estímulo permanente posterga —cuando no anula— el análisis cognitivo y lo reemplaza por respuestas condicionadas. No pensamos: reaccionamos. No elaboramos: repetimos. La subjetividad se vuelve terreno colonizado.
En este punto, la soberanía digital y tecnológica deja de ser un debate abstracto o exclusivamente estatal. Se vuelve una cuestión íntima, cotidiana, profundamente política. No hay soberanía colectiva posible sin soberanía individual sobre las propias emociones, sobre la propia opinión, sobre el criterio con el que se interpreta el mundo. Defender esa soberanía implica decidir qué consumimos, cómo lo procesamos y, sobre todo, qué dejamos entrar en nuestra conciencia.
La crisis intelectual que atravesamos no es neutra: impone inmediatamente una crisis ética. Cuando el pensamiento se debilita, la crueldad encuentra terreno fértil. La guerra cognitiva no busca solo confundir, sino deshumanizar. Naturaliza un horizonte brutal donde la plata, el poder y los recursos se imponen como valores absolutos, desplazando cualquier noción de cuidado, de vínculo o de dignidad.
Esa lógica no es accidental: es funcional. La deshumanización permite justificar el descarte, la violencia simbólica y material, la indiferencia frente al dolor ajeno. Un sujeto anestesiado es un sujeto gobernable.
Por eso, lo humano hoy es un bastión de combate. No como consigna romántica, sino como práctica concreta. Se defiende en lo comunitario —en el barrio, en la organización, en el encuentro— pero también en un territorio más silencioso y decisivo: la propia conciencia. Ese espacio íntimo no es individualismo; es trinchera. Ahí se libra una disputa central entre la repetición automática y la libertad de pensar.
Somos protagonistas y defensores de ese territorio. Cuidarlo es cuidar la posibilidad de un mundo mejor, no como promesa vacía, sino como construcción diaria. En tiempos de crueldad organizada, sostener el instinto de humanidad es, quizá, la forma más profunda de rebeldía.




