—¿Qué analisis haces de la Marcha Federal Universitaria?
—Fue una jornada muy fuerte. Nosotros estuvimos en Diagonal Sur y Perú, dentro de la columna del Peronismo de la Soberania, y por momentos no terminás de dimensionar la magnitud de lo que ocurre. Pero en las horas previas, viendo las terminales del Roca, Retiro y la cantidad de gente llegando desde distintos lugares, se percibía algo enorme.
Y había algo particularmente conmovedor: miles de trabajadores, compañeros y compañeras de los barrios populares que quizás nunca pasen por una universidad, pero que entienden perfectamente que la universidad pública representa la posibilidad de que sus hijos puedan realizarse y construir otro horizonte de vida.
Ahí aparece una conciencia social muy profunda. Y eso atravesaba toda la movilización: el movimiento obrero, los jubilados, las organizaciones sociales, los estudiantes. Gente haciendo un esfuerzo económico para viajar y defender algo que siente propio. Eso habla de que hay una sociedad viva, que hay pelea y que existen reservas morales y políticas muy importantes en nuestro pueblo.
—También planteabas que esta movilización rompía parcialmente con el clima de derrota que venía instalando el gobierno.
—Sí. El gobierno de Javier Milei construyó durante mucho tiempo una narrativa muy agresiva: la idea de que la sociedad argentina fracasó, de que cada persona queda sola frente al mercado y que quien no logra adaptarse es responsable individualmente de su destino.
Eso fue erosionando la autoestima colectiva. Y además, durante mucho tiempo, el campo popular no lograba triunfos tácticos concretos: no se frenaban despidos, no se recuperaban puestos de trabajo, no se detenían los ajustes. Todo eso generó desánimo y, en algunos sectores, desmovilización.
Pero algo empezó a cambiar. Incluso aunque el gobierno siga avanzando con medidas de ajuste —porque el mismo día de la protesta volvió a recortar partidas universitarias— aparece otro clima social. Empieza a surgir la percepción de que este gobierno puede ser derrotado políticamente, de que Milei y su entorno atraviesan un desgaste evidente.
—Hay una idea muy fuerte en lo que planteás: el gobierno pudo ganar electoralmente, pero no logró consolidar culturalmente su modelo.
—Exactamente. El gobierno fue votado, pero eso no significa que haya logrado consolidar socialmente un proyecto de transformación profunda en el sentido que pretendía. No hubo una revolución anarcocapitalista ni parece haber condiciones reales para que exista.
Y eso se ve cuando determinados consensos históricos de la sociedad argentina son atacados. La educación pública no es solamente una política estatal: es una idea profundamente arraigada en nuestra cultura política y social. Existe una memoria colectiva vinculada a la movilidad social, a la justicia y a la posibilidad de que los hijos de trabajadores puedan construir una vida mejor.
Cuando eso se pone en riesgo, se activa algo muy profundo en la sociedad.
—También mencionaste varias veces la lucha de los jubilados.
—Sí. En el marco de la jornada también pasé por la movilización de los jubilados y el despliegue represivo era impresionante. Sin embargo, ahí estaban otra vez, como cada miércoles.
Y creo que cuando en algún momento se reconstruya una mayoría capaz de derrotar este proyecto político, una parte importante de esa victoria les va a pertenecer a ellos. Porque ahí hay un reservorio ético enorme: memoria militante, organización comunitaria, dignidad y perseverancia.
Me hace pensar en otras experiencias históricas: Norma Plá, la Carpa Blanca, los piquetes de los años noventa, las puebladas. Hay una continuidad histórica en esas resistencias populares.
—También aparecía una reflexión sobre cómo desde muchos sectores se interpretó el fenómeno Milei.
—Sí. Durante mucho tiempo se instaló la idea de que Milei había logrado consolidar una transformación irreversible en la Argentina, casi como si hubiese fundado un nuevo sentido común imposible de disputar. Y sin embargo, muy rápidamente empezó a discutirse el postmileísmo, incluso después de triunfos electorales importantes del gobierno.
Eso habla de la capacidad de resistencia que tiene la sociedad argentina. Porque aun de manera fragmentada y dispersa, distintos sectores fueron sosteniendo focos de lucha: los jubilados, los estudiantes, trabajadores despedidos, organizaciones sociales, espacios sindicales y comunitarios. Todo eso, acumulado, empieza a producir otro clima político.
Y también deja una enseñanza importante: la energía social por sí sola no alcanza si no existe construcción política, conducción y dirección estratégica. Hay procesos históricos donde grandes movilizaciones o experiencias que parecían abrir una renovación profunda terminaron desinflándose mientras crecían derechas cada vez más duras.
Por eso el desafío no es solamente resistir. El desafío es construir una salida política capaz de interpretar este momento histórico y transformar toda esa energía dispersa en una propuesta colectiva.
Pero lo importante es entender que abajo sigue habiendo pueblo. Sigue habiendo organización, vínculos comunitarios, memoria militante y voluntad de pelea. Y eso, después de tanto intento de instalar resignación y cinismo, ya es un dato político muy importante.




