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Internacionales Lavrov y la cuestión británica en el nuevo mapa del poder mundial
30/08/2026 | 54 visitas
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Redacción BA_ El canciller ruso vinculó el papel de Gran Bretaña con una larga tradición de confrontación con Moscú y relacionó la ruptura con Occidente con el avance de un nuevo orden multipolar, marcado por el ascenso de nuevas potencias y la transformación del equilibrio mundial.

El papel de Gran Bretaña es el más negativo como lo ha sido a lo largo de los siglos”. La definición de Serguéi Lavrov es probablemente una de las frases que mejor condensan el tono de la extensa entrevista concedida por el canciller ruso al canal RBC. Ante una pregunta específica sobre el papel de Londres en la actual confrontación, Lavrov no respondió únicamente en términos de coyuntura. Construyó una lectura histórica en la que la política británica hacia Rusia aparece como una constante que atraviesa diferentes períodos y conflictos. Mencionó los tiempos de Iván el Terrible, la Guerra de Crimea y la etapa revolucionaria rusa, y sostuvo que existen numerosos antecedentes de una política británica orientada a perjudicar a Rusia.

La referencia a esa continuidad histórica adquiere un significado concreto cuando Lavrov llega a Boris Johnson y a las negociaciones de Estambul de 2022. El canciller ruso sostiene que, después de los avances alcanzados durante aquellas conversaciones, el entonces primer ministro británico intervino para impedir la firma del documento. Habla de “las maniobras de Boris Johnson en abril de 2022” y afirma que Johnson “prohibió firmar el documento desarrollado y parafraseado por los propios ucranianos en las negociaciones de Estambul”. En el relato de Moscú, Estambul constituye así un episodio decisivo para comprender por qué la confianza en Occidente terminó quebrándose definitivamente.

Lavrov coloca este episodio dentro de una secuencia que comienza mucho antes. Su reconstrucción pasa por 2014 y por los acuerdos de Minsk, que presenta como otro momento de frustración diplomática. “En 2014 apoyamos el acuerdo alcanzado que a la mañana siguiente fue pisoteado bajo los aplausos de quienes garantizaban su inviolabilidad”, afirma. Un año después, sostiene, llegaron los acuerdos de Minsk, que fueron “simplemente saboteados por completo”. La interpretación rusa es que los compromisos alcanzados en aquellos años no constituyeron una solución efectiva, sino que fueron utilizados para ganar tiempo mientras se modificaba la situación militar y política.

En esa secuencia, Gran Bretaña adquiere para Lavrov una posición particular. No aparece solamente como uno de los gobiernos occidentales que respaldaron a Ucrania, sino como un actor que, según su interpretación, desempeñó un papel activo en impedir una salida negociada. Por eso la referencia a Boris Johnson no funciona como una acusación aislada dentro de la entrevista: forma parte de una concepción más amplia sobre la política británica y su relación histórica con Rusia. Lavrov vuelve una y otra vez sobre la idea de que Londres ha actuado durante largos períodos como un factor de confrontación y que esa conducta mantiene una continuidad reconocible en el presente.

La frontera que Moscú establece entre el período anterior y posterior a 2022 aparece expresada en una frase de Vladímir Putin que Lavrov recupera durante la conversación: “Siempre estaremos dispuestos a hablar, pero hemos aprendido la lección y nuestras relaciones con Occidente, francamente, nunca volverán a ser como eran antes de febrero de 2022”. La formulación resulta central porque permite distinguir dos cuestiones que en el discurso ruso aparecen separadas: la disposición a negociar y la posibilidad de reconstruir la relación estratégica anterior. Para Moscú, la primera permanece; la segunda ya no existe en los mismos términos.

Pero para comprender por qué Lavrov interpreta febrero de 2022 como una ruptura irreversible es necesario retroceder nuevamente. En su reconstrucción, la crisis actual es el resultado de una acumulación de conflictos alrededor de la arquitectura de seguridad europea y de la relación entre Rusia y las potencias occidentales. El punto de inflexión que identifica es el discurso de Vladímir Putin en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2007. Lavrov lo define como el momento en que Moscú alcanzó la convicción de que Occidente no estaba dispuesto a cooperar con Rusia “en igualdad de condiciones”.

Múnich ocupa un lugar importante porque representa, dentro de esta lectura, el pasaje de la expectativa de integración a una política de mayor autonomía estratégica. Lavrov sitúa el problema en el contexto del período posterior a la desaparición de la Unión Soviética, cuando en Occidente se extendió la idea de que el modelo liberal había alcanzado una victoria histórica definitiva. En la entrevista recuerda la tesis de Francis Fukuyama sobre el “fin de la historia” y sostiene que expresaba la expectativa de que el modelo occidental se convirtiera en el único modelo dominante a escala planetaria.

La cuestión británica queda así integrada en una discusión mucho mayor. Para Lavrov, el problema no es solamente la política de Londres ni siquiera exclusivamente la relación entre Rusia y Occidente. Lo que está en cuestión es el modelo de poder que se consolidó después de la Guerra Fría. La expansión de las alianzas occidentales, los conflictos posteriores, los compromisos diplomáticos incumplidos y finalmente la ruptura de 2022 son presentados como expresiones de una crisis más profunda del orden internacional.

Ese orden, sostiene Lavrov, está dejando paso a una estructura diferente. “La formación de un mundo multipolar es una realidad”, afirma. La frase constituye el núcleo conceptual de la entrevista. La multipolaridad no aparece como un proyecto futuro de Rusia, sino como un proceso que ya está modificando la distribución internacional del poder.

Lavrov identifica en primer lugar el ascenso de China, pero inmediatamente amplía la mirada hacia India y Brasil. “China, India y Brasil están levantando la cabeza y consolidando su posición estratégica de manera sumamente rápida”, sostiene. La expresión es significativa porque el argumento no se refiere exclusivamente al crecimiento económico. Lo que el canciller observa es la transformación de esos países en actores capaces de defender intereses propios y ejercer una influencia cada vez mayor sobre la economía, la política y la seguridad internacionales.

En este punto, la dimensión geopolítica se encuentra con la económica. Para Lavrov, la pérdida de centralidad occidental no puede separarse del desplazamiento de los centros de producción, comercio, inversión y crecimiento hacia otras regiones. China ocupa un lugar fundamental en ese proceso y el canciller la caracteriza directamente como “la primera economía del mundo”, en referencia a la medición por paridad de poder adquisitivo. India y Brasil completan, en su argumentación, un cuadro en el que Asia y el Sur Global adquieren una capacidad de decisión cada vez mayor.

La misma lógica explica la importancia que Lavrov concede a las nuevas relaciones estratégicas de Rusia. Corea del Norte e Irán aparecen como ejemplos de países que durante décadas fueron considerados “parias” por las potencias occidentales y que ahora ocupan un lugar diferente en el mapa internacional. Frente a la pregunta sobre cómo Rusia terminó formando alianzas con esos Estados, Lavrov responde: “¿Y qué tiene de malo esa compañía?”. Inmediatamente conecta esas alianzas con la crisis del antiguo orden y recuerda que esos países fueron marginados por quienes se consideraron “los únicos vencedores de la Guerra Fría”.

La referencia no es menor. Si el mundo deja de estar organizado alrededor de un único centro de poder, también cambian las condiciones para establecer alianzas. Los Estados que antes dependían de la aceptación de las potencias dominantes pueden desarrollar relaciones alternativas. Rusia, desde esta perspectiva, busca construir una red internacional que reduzca su dependencia de Occidente y la inserte en un sistema donde China, India, Irán, Brasil, los países africanos y otros actores tengan un peso creciente.

La posición respecto de Estados Unidos presenta, dentro de este esquema, una diferencia importante. Lavrov distingue la política de Donald Trump de la desarrollada durante la administración Biden y de la posición de los gobiernos europeos. “Donald Trump desde el principio comenzó a llevar a cabo una política diferente a la de los europeos y diferente a la de Biden”, afirma. El canciller destaca particularmente las posiciones de Trump respecto de la OTAN y recuerda que durante su campaña había repetido: “Olvídense de la OTAN, no cuenten con ella”.

La lectura rusa no implica, sin embargo, considerar resueltas las diferencias con Washington. Lavrov sostiene que Estados Unidos continúa involucrado en el conflicto y señala las dificultades para determinar hasta qué punto Trump controla todos los resortes de la política estadounidense. Lo relevante para su diagnóstico es otra cosa: el bloque occidental ya no aparece como un espacio completamente homogéneo. Las diferencias entre Washington y las capitales europeas forman parte de la transformación que Moscú observa.

Y allí vuelve a aparecer Gran Bretaña. En el mapa trazado por Lavrov, Londres conserva una política de confrontación mucho más definida que la que atribuye a la actual administración estadounidense. La crítica británica no es, por lo tanto, un elemento accesorio de la entrevista: funciona como una clave para interpretar la política occidental y sus diferentes actores. Londres aparece como una potencia que, según Moscú, ha sostenido una línea particularmente consistente contra Rusia y que tuvo un papel destacado en la evolución de la crisis desde 2022.

La historia que Lavrov reconstruye conduce finalmente a una conclusión que supera ampliamente la cuestión británica. El mundo que surgió después de la desaparición de la Unión Soviética ya no sería capaz de sostener la misma concentración de poder que caracterizó las primeras décadas posteriores a la Guerra Fría. Nuevos actores económicos y políticos han adquirido capacidad suficiente para disputar influencia y construir asociaciones fuera de los antiguos centros de decisión.

Por eso Lavrov define el momento actual como una transformación de “cambios profundos” que “muy probablemente ocuparán toda una época”. No habla de una transición breve ni de un reordenamiento que pueda resolverse mediante un único acuerdo diplomático. La transformación, en su perspectiva, es estructural y su resultado definitivo todavía no está configurado.

La entrevista adquiere así una dimensión que trasciende la posición rusa sobre la operación militar especial. Lavrov está describiendo un cambio de época en el que la confrontación con Occidente constituye solamente una parte del proceso. Gran Bretaña representa, en su lectura, la continuidad histórica de una política de presión sobre Rusia; Boris Johnson aparece como su expresión contemporánea en las negociaciones de Estambul; febrero de 2022 marca la ruptura definitiva con las condiciones anteriores; y el crecimiento de China, India, Brasil, África y otros espacios del Sur Global configura el contexto de una nueva distribución del poder.

La tesis es clara: el centro de gravedad del sistema internacional se está desplazando. La pregunta ya no es solamente qué ocurrirá entre Rusia y Occidente, sino qué reglas prevalecerán en un mundo en el que varias potencias y regiones cuentan con capacidad creciente para defender intereses propios.

En ese escenario, la cuestión británica adquiere un significado preciso. Para Lavrov, Londres expresa una tradición de confrontación que continúa operando en el presente. Pero esa confrontación se desarrolla en un mundo diferente al de décadas anteriores, un mundo en el que Rusia ya no se concibe como parte subordinada de una arquitectura dominada por Occidente y en el que nuevos actores adquieren un peso decisivo.

La frase que mejor resume esa perspectiva es también la más sencilla: “La formación de un mundo multipolar es una realidad”.

El cambio, según Lavrov, será prolongado. “Estos cambios muy probablemente ocuparán toda una época”. La definición deja planteado el verdadero alcance de la disputa: no se trata únicamente de resolver una confrontación concreta, sino de establecer las bases del sistema internacional que la sucederá.

En esa transición, Gran Bretaña ocupa para Moscú un lugar central como expresión de una política histórica de confrontación. Pero el desafío que Lavrov describe es mucho mayor: el pasaje de un mundo organizado alrededor de una hegemonía predominante hacia otro en el que distintas potencias disputarán, en condiciones más equilibradas, la capacidad de definir el rumbo del sistema internacional.

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