En estas horas, las condiciones determinantes del momento histórico exigen mucha responsabilidad en las palabras y en el análisis. Hay un cambio de época en la política, marcado por la incidencia tecnológica y la construcción de líneas retóricas a partir de la manipulación de nuestra reflexión, mediada por la imposición —a veces indescifrable— del algoritmo.
El lenguaje de las redes sociales impone una lógica catastrófica o tragicómica que resulte lo suficientemente llamativa como para captar atención en los posteos e intentar lo viral.
Superada esa descripción de las múltiples formas que inciden en nuestro lenguaje y nuestro análisis, es importante advertir que todo lo que está sucediendo en estas últimas horas es la materialización explícita de una crisis civilizatoria.
Una crisis que se expresa en nuestro estado de ánimo, en la política, en los vínculos y en las relaciones, y que hoy, entre bombas, movimientos de barcos y desplazamientos de tropas, evidencia que el debate es, en esencia, sobre qué mundo queremos.
Se trata de un escenario de disputa en el que se pone en juego la propia conciencia de las cosas, la soberanía comunitaria y nacional, y el derecho a habitar un mundo que no esté gobernado por la brutalidad y la arrogancia. Trump es el presidente de Estados Unidos, pero no el gobernante del mundo.
Esa es la realidad, y venimos hablando de ella desde hace tiempo.
Cada vez que usamos palabras como multipolaridad, declive de Estados Unidos o emergencia de nuevos polos de poder —algunos de enorme volumen, como China—, esa reflexión abstracta, repetida muchas veces sin profundidad, hoy se materializa. Y lo hace en la respuesta estadounidense.
No es una foto ni un reel: es un proceso en desarrollo, un nuevo escenario global a mediano y largo plazo, en el que todos los actores reclaman protagonismo en este tablero de ajedrez.
Estados Unidos movió; todos los demás actores moverán o ya están moviendo. Esto no es una película ni un videojuego. La realidad impone negociación, silencios, conspiraciones y elementos que exceden nuestra curiosidad alimentada por falsas teorías en las redes sociales.
Ante el bombardeo y el secuestro del presidente en ejercicio de Venezuela, emergieron dos líneas de respuesta en una porción importante de nuestra militancia y dirigencia.
Por un lado, el pesimismo: criterios apocalípticos que dan por finalizada la tesis multipolar y saborean la imposibilidad de hacer algo. Por otro, la tesis del pacto entre Trump y una porción del chavismo: nuevamente una posición inmovilizadora que nos invita a la inercia frente a la crueldad.
Militancia es humanidad peleando en la adversidad. Militancia es solidaridad en cualquier circunstancia. Militancia es vivir —y morir si hiciera falta— como uno eligió vivir, sin precio, asumiendo la dignidad como el tesoro más sagrado.
Y si alguien duda de ello, ahí está el ejemplo de los 32 compañeros cubanos que murieron peleando y haciendo temblar a la canallada imperialista.
El mundo, la humanidad, nos necesita militando: leyendo con agudeza la realidad, debatiendo con valentía un sentido ético de la historia que no tenga como ordenadoras del destino común a las bombas ni a la muerte de inocentes.
Y en ese quehacer —que va desde la construcción cotidiana hasta el deseo de un mundo mejor— reside el derecho a ser nosotros mismos y a vivir una vida lcon sentido.




