En estas últimas horas, la locura yankee alteró el orden mundial, pero también cruzó las fronteras emocionales de muchos. La amenaza de guerra en distintas partes del mundo y la invasión a Venezuela vulneraron el concepto de paz que nuestra región había logrado construir. En la borrachera belicista, los gringos amenazaron a Cuba, a Colombia, a México, a Irán y a Groenlandia, mostrando que Estados Unidos vuelve a actuar sin disimulos, nombrando al imperialismo como nombre de pila.
Con el paso de las horas se conocen más datos de lo ocurrido en la madrugada del 3 de enero. Un grupo de cubanos, en inferioridad de condiciones, se enfrentó en soledad y aislamiento a tropas élite norteamericanas, bien equipadas y con una abrumadora superioridad en medios y hombres. Tal fue la resistencia y el heroísmo en el combate que las fuerzas Delta debieron pedir apoyo aéreo. En paralelo, comienzan a circular cada vez con más fuerza rumores persistentes sobre muertos y heridos entre las propias tropas Delta, un dato que el aparato comunicacional norteamericano intenta minimizar o silenciar. La cobardía de las tropas norteamericanas resulta así equiparable al valor de los soldados de Fidel.
Existe una palabra capaz de convocar a un lugar tan alto de lo humano, al altruismo que refunda la idea de una condición humana mejor. La palabra capaz de gestar esa épica en nuestros pueblos es revolución. Y hoy, cuando los yankees recuperan el imperialismo como nombre de pila, la palabra revolución se vuelve contrapeso y necesidad frente al torpe ensayo de un mundo más cruel comandado desde la Casa Blanca.
Lo más mediocre de nuestra corriente política, en nombre del pragmatismo y la búsqueda de votos, impulsó la construcción de un estereotipo de militante superficial, famélico de épica y despojado de densidad histórica. Ese vaciamiento fue funcional a un tiempo donde se intentó desarmar la memoria colectiva y debilitar la capacidad de confrontar con el poder real.
En este escenario, el declive de Estados Unidos ya no se presenta como una retirada ordenada, sino como el zarpazo de un animal viejo, herido, rodeado y muriendo. Un poder que ataca porque no puede convencer y amenaza porque ya no puede conducir. Frente a ese contexto, recuperar al Che, a Fidel, las gestas solidarias de nuestro pueblo latinoamericano, los cortes de ruta, las ollas populares, la solidaridad en la pandemia, las tomas de tierra y, hoy necesariamente hoy, la actitud digna y heroica de los 32 compañeros cubanos, no es una evocación romántica ni un gesto simbólico vacío, sino una disputa concreta por el sentido del presente y por el derecho a seguir nombrando la palabra revolución.




