Empiezan a llegar las columnas a la plaza. Mucha gente organizada, pero también mucha gente suelta, convocada por la injusticia o por una consigna colectiva que logra condensar un malestar más amplio.
Hay un tipo de participante de las marchas forjado en el kirchnerismo sin experiencia de represión ni de intemperie real. Vive la movilización casi como un ámbito recreativo: “outfit militante”, cerveza en mano, selfie con el escudo de un policía de fondo, birra y catarsis melancólica como si fuera una fiesta del reencuentro.
Cuando la movilización se vive así, sin conciencia de la conflictividad que la atraviesa, se corre el riesgo nuevamente de estar por fuera del conflicto real, aun estando. La calle no es un espacio neutral ni un decorado. Es un territorio de tensión. Cuando se la habita como escenografía, se la vacía de sentido.
Esta militancia, poco azotada por la intemperie de lo popular y atravesada por su extracción social, está permeada por un estereotipo de bondad asociado a lo estético: si es posible rubiecito y de ojos claros, mejor. La configuración casi publicitaria de candidaturas y conducciones fue instalando la idea de que existe una militancia “linda y buena”: llega a la plaza, tira unos pasos de murga, mueve los bracitos, se toma una birra y vuelve a su casa o a su departamento. Subte D. Tren a Florida o San Isidro.
Había un sketch de Diego Capusotto —“Horror en San Isidro”— que dramatizaba el escándalo de vecinos acomodados ante la presencia de un Renault 12 viejo en sus calles. Algo tan ajeno a su paisaje de privilegio que resultaba amenazante. Algo parecido ocurre cuando en la marcha aparece lo que no encaja en la postal del esteriotipo de lo "seguro". Se exagera el lenguaje inclusivo, pero se vuelve exclusiva la práctica cuando el otro desborda el núcleo de lo aceptable.
Mientras tanto, la crueldad sistemática del gobierno genera dolor concreto: gente en situación de calle, desalojos, bronca que llega del conurbano o de las casas tomadas en los alrededores del centro porteño. Desposeídos históricos de todo privilegio que la están pasando muy mal y que, frente al maltrato y la represión, pelean. ¿Por qué pelean? Porque saben de maltrato. Porque la policía ya les pegó antes. Porque el desprecio social no es novedad.
La categoría de “infiltrado” muchas veces expresa el escándalo de un sector que se sumó a la militancia en tiempos de comodidad y que nunca atravesó violencia institucional. Si infiltrado es todo aquel que desborda el estereotipo de clase media, entonces el problema es político: se piensa la movilización —como tantas veces la política— sin una parte sustancial del pueblo.
La conflictividad social está creciendo. El pueblo se va sumando en toda su sustancia humana y heterogénea. También crece la bronca. Y se agota la paciencia frente al maltrato y la violencia estatal. El discurso cómodo sobre “los infiltrados” aparece como un intento de hegemonizar lo colectivo desde el privilegio, transformando la inexperiencia militante en una vara moral que arroja sobre lo popular una nueva forma de punitivismo.
Es cierto que en estos días de resistencia a la reforma laboral hubo infiltrados. Pero no estaban mal vestidos ni en la calle. Estaban en las bancas. Y antes, en las boletas del peronismo.
Si alguien quiere buscar infiltrados, que no mire la calle. Que mire el tablero electrónico del Congreso.
Entre los diputados que facilitaron el quórum o votaron a favor de la reforma laboral aparecen:
Misiones:
Alberto Arrúa
Oscar Herrera
Yamila Ruiz
Daniel Vancsik
Salta:
Yolanda Vega
Pablo Ismael Outes
Tucumán (Bloque Independencia):
Gladys Medina
Elia Marina Fernández
Catamarca:
Fernanda Ávila
Sebastián Nóblega
Dante López Rodríguez
Tal vez el infiltrado no es el que rompe una estética de lo “seguro”, sino el que rompe el mandato popular desde una banca.




