Vivimos una época en la que la política se narra a sí misma con categorías teológicas. Se invocan fuerzas del cielo, se habla de cruzadas morales, se construyen épicas de salvación y se legitiman decisiones terrenales con retórica mesiánica. En ese clima, las metáforas bíblicas no son un exceso literario: son parte del lenguaje público con el que se justifican programas económicos, alineamientos parlamentarios y hasta barbaridades institucionales.
En el libro del Éxodo, el pueblo hebreo camina por el desierto después de haber dejado atrás la esclavitud. No tiene mapa, no tiene certezas y, sobre todo, no tiene un ordenador claro. Solo tiene hambre, memoria y ansiedad. Espera una señal.
El peronismo, después de la derrota y de la intemperie, se parece bastante a esa escena. Salió del poder y quedó en un desierto inorganico: disperso, atravesado por tensiones internas, con liderazgos en disputa y con una militancia que busca orientación en medio del exilio del poder. En ese paisaje, un apellido como Moisés no podía pasar inadvertido. La historia, sin embargo, suele jugar con ironías.
Las tablas rotas
El Moisés bíblico sube al monte y baja con tablas que ordenan. Trae ley para evitar que el pueblo se diluya en el caos del becerro de oro, del falso dios dorado. Su gesto es colectivo: organiza, delimita, establece un marco común para que la comunidad no se devore a sí misma.
La senadora Carolina Moisés hizo el movimiento inverso. En lugar de consolidar el interbloque que conduce José Mayans, decidió romper sus propias “tablas” de pertenencia partidaria y fundar un bloque propio: Convicción Federal.
Un nombre potente. Pero también una ironía: ¿convicción federal o convicción de una sola persona?
Aquí aparece el punto central: la prioridad de lo propio por sobre lo colectivo. En un contexto de dispersión, donde el peronismo necesita cohesión estratégica, la decisión de escindirse no es neutra. Es una interpretación personal del peronismo que desplaza la tradición del nosotros hacia la lógica de la subsistencia individual.
Suspendida del PJ tras la intervención partidaria en Jujuy encabezada por Aníbal Fernández y Gustavo Menéndez, Moisés presentó su decisión como una defensa frente a la “intransigencia” del kirchnerismo. La exégesis fue personal: salvar al peronismo de sí mismo.
Pero en esa exégesis también hay oportunismo. En lugar de sostener una ética colectiva aun en la derrota, se impone la racionalidad del cálculo. Si el bloque se debilita, me salvo sola. Si la caravana se dispersa, construyo mi propio refugio.
El efecto político fue claro: fragmentar un poco más un espacio ya atravesado por el desierto.
El nuevo becerro de oro
En el desierto, el oro brilla más fuerte. Las tentaciones se justifican como urgencias. La provincia necesita obras. La Ruta 34 necesita recursos. El presupuesto promete alivio. El RIGI "ofrece inversiones".
Pero la política no es solo administración de necesidades; también es definición de alineamientos históricos.
El apoyo al andamiaje legislativo que requiere el gobierno de Javier Milei en el Senado funciona como ese nuevo becerro de oro: algo que brilla en medio de la aridez y ante lo cual algunos deciden bailar. La justificación es pragmática. El resultado estructural es otro: otorgar oxígeno a un proyecto que necesita grietas ajenas para afirmarse.
Milei encontró su Moisés en Carolina, no porque alguien lo enfrente con tablas que ordenen, sino porque encontró en la ambición individual, en la lógica del oportunismo y en la ruptura de lo colectivo un engranaje funcional. En el desierto, cada dirigente que prioriza su supervivencia personal sobre la cohesión estratégica fortalece, aunque no lo declare, el esquema oficial.
.Funcional a la fragmentación
El peronismo necesita reconstruir comunidad política. Pero en su interior emergen dinámicas que producen dirigentes sin pueblo: figuras que negocian posiciones mientras la base social atraviesa deterioro material concreto.
Cuando la estrategia se reduce al cálculo parlamentario, la política se achica. Y cuando la pertenencia se vuelve condicional, la identidad pierde espesor histórico.
En la inversión del relato bíblico, el que termina orbitando alrededor del oro no es el pueblo confundido, sino la dirigencia que convierte el pragmatismo en doctrina. Mientras tanto, la sociedad real empieza a reorganizarse por otros carriles.
Hoy la resistencia a Milei tiene más vitalidad fuera del peronismo institucional que dentro de sus internas. Se expresa en la calle, en conflictos laborales, en reclamos callejeros, en espacios sociales que no esperan resoluciones partidarias para actuar. Allí hay densidad política. Allí hay comunidad.
Es posible que el peronismo institucional atraviese su propio desierto. Pero el pueblo no suspende la pelea hasta que las conducciones ordenen sus disputas.
Las tablas pueden romperse en el Senado. La organización, en cambio, empieza a recomponerse abajo.
Y esa diferencia —entre la especulación de arriba y la acción colectiva de abajo— es la que, tarde o temprano, redefine quién conduce y quién queda apenas como una nota al pie en el peso especifico de la historia.












