El ánimo colectivo se ve en estas horas golpeado por una ofensiva parlamentaria impulsada por el oficialismo, que tiene mucho de brutalidad en su sentido más amplio. El golpe sincronizado tiene tres zonas sensibles: el agua, los pibes y el laburo.
Estos tres ejes, que complican o ponen en riesgo la vida de muchos, operan también dentro de una lógica de terror psicológico, que pareciera ser la tramitación psicopática de un gobierno lleno de gente rota, con vidas miserables y ansias de dolor ajeno.
No tiene ningún sentido, en estas horas, profundizar en la victimización ni, como un mantra de la derrota, repetir lo crueles, malos y cipayos que son los esbirros de este gobierno. Esas catarsis inconducentes sistemáticamente nos hunden en la indefensión y la inacción.
Los análisis mezclan categorías, épocas, sensaciones objetivas y subjetivas, y todos concluyen en lo mismo: nadie hace nada y la culpa es del otro. Seas diputado, dirigente sindical, periodista, psicólogo o líder espiritual, la conclusión es la misma: “todo está mal y nadie hace nada”. Ese nadie te incluye y funciona como expiación de tu propia inacción.
Ayer, cuando salía de la plaza a paso ligero, escuchando el ruido de las motos, sintiendo de cerca el chorro de agua, habiendo perdido de vista al compañero con el que estaba, doblé por Rodríguez Peña. Entre la soledad y los nervios no vi que caminaba directo hacia un cordón de infantería de la Policía de la Ciudad. Me los encontré de frente. En el desconcierto, a poca distancia de un infante apertrechado que me preguntaba “¿qué hace?”, respondí rápido: “voy al laburo”. “¿Dónde?” “Allá”, señalando detrás de él. “Pase rápido”. Zafé.
Es cierto: se siente miedo, pequeñez incluso, frente a un dispositivo militar tan imponente. Pero algo se podía hacer. Incluso cayendo en cana, algo se puede hacer. La dignidad, la reafirmación de la condición humana, el derecho a ser quienes queremos ser, son territorios de pelea.
Hay mucha gente peleando los miércoles, en las calles, en las aulas, en los barrios, en los pentagramas, en las guardias de los hospitales, en los centros barriales. Hay gente peleando. Pero también hay otros que, en nombre de viejas batallas o de sesudas elucubraciones geopolíticas, le bajan el precio a los pibes de este tiempo y a este ensayo digno de militancia. Paradójicamente hablan de sus hazañas en los 70, pero si ven a un pibe con gorra, o tirando una botella de agua vacía a un cordón de 70 gendarmes, lo acusan de “infiltrado”.
Es necesario enfrentar la crueldad de este gobierno, pero al mismo nivel discutir y deshacer estas pedagogías del desaliento, promovidas por quebrados que no tienen más intención que la búsqueda de un estéril protagonismo circunstancial y berreta, que le resta autoestima colectiva para proponernos que la “jugada magistral” ahora es Pichetto. Los emisarios del desaliento y ese facho pueden irse bien al carajo.
La militancia históricamente fue un territorio esquivo de la comodidad y de la institucionalidad legitimante. Fue y es, más bien, un territorio creativo de dignidad. Es cierto que este gobierno —y consecuentemente estas horas— son una circunstancia adversa. Pero también es cierto que militar es tomar posición, disputar condiciones de vida, defender un estado de ánimo colectivo y rebelde frente a la injusticia.
Hay lucha posible en el lugar en que estés. Cada pequeño gesto que nos permita recuperar humanidad y promover algo bueno cuenta. También en la calle, en cada marcha, en cada lucha.
Faltan pocos días para el aniversario de los 50 años del golpe. Nuestros 30 mil no fueron víctimas: fueron militantes rebeldes que intentaron un país más justo hasta el último aliento de dignidad. Pelear es homenajearlos. Romper la agenda de la crueldad, recuperar la iniciativa y la inventiva, crear victorias pequeñas y gigantes, nuestras, para seguir siendo nosotros.
Este gobierno de mierda se va a ir, tarde o temprano. Nuestra dignidad, no.
Derrotar el pesimismo tiene en este tiempo un valor histórico. Seguir creyendo y creando en lo popular es heroico. Ser nosotros mismos es un derecho y un deber.




